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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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Nadie me hizo señas cuando entré. Estudié las caras, desorientado. Sentí, de pronto, el roce de un dedo en el hombro. Los tipos que me habían llamado por teléfono estaban a mi espalda. Eran tres: dos debían de tener más de setenta años. El tercero, calvo, de pómulos altos y con un bigote fino, dibujado, era un calco de Juan Duarte, el hermano de Evita que había caído en desgracia con Perón en 1953 y que, por desesperación o por culpa, se había pegado un tiro en la cabeza. Me pareció que el pasado en persona venía a buscarme, arbitrario, implacable.

– Soy el coronel Tulio Ricardo Corominas -habló uno de ellos. Estaba erguido, tieso, tal vez incómodo. Ni siquiera me tendió la mano y yo tampoco se la tendí. -Va a ser mejor que nos sentemos.

Me interné en la franja acústica. Con alivio, advertí que mi depresión estaba retirándose sola. Volví a ver la realidad como un vasto presente donde todo, por fin, era posible. El más alto de los tres militares se instaló a mi lado y dijo, con voz ronca y atropellada:

– Yo no estuve en el grupo que se llevó el cadáver. Soy Jorge Rojas Silveyra, el que lo devolvió.

Lo reconocí. En 1971, el gobierno militar le había dado plenos poderes para negociar con Perón en Madrid. Regresó a Buenos Aires con las manos vacías, pero le entregó a Perón dos regalos envenenados: el cuerpo de Evita, con el que no sabía qué hacer, y cincuenta mil dólares de salarios presidenciales atrasados, que a Perón le quemaron las manos.

El calvo juntó los tacos con marcialidad.

– A mí llámeme Maggi, como las sopas -dijo-. En uno de mis documentos fui, alguna vez, Carlo Maggi.

– Vine porque había una historia -les recordé-. Cuéntenmela y me voy.

– Leímos la novela suya sobre Perón -aclaró Corominas-. No es verdad que el cuerpo de esa persona estuvo en Bonn.

– Qué persona? -pregunté con malicia. Quería saber cómo la nombraba.

– Ella -contestó-. La Eva. -Se llevó las manos a la papada soberbia, colgante, y de inmediato se corrigió: -Eva Perón.

– Como usted dijo, es una novela -expliqué-. En las novelas, lo que es verdad es también mentira. Los autores construyen a la noche los mismos mitos que han destruido por la mañana.

– Ésas son palabras -insistió Corominas-. A mí no me convencen. Lo único que vale son los hechos y una novela es, después de todo, un hecho. Pero el cadáver de esa persona nunca estuvo en Bonn. Moori Koenig no lo enterró. Ni siquiera pudo saber dónde estaba.

– A lo mejor tenía una copia y creía que era el cuerpo verdadero -arriesgué. Habían aparecido artículos que aludían a copias desparramadas por el mundo.

– No hubo copias -dijo Corominas-. Hubo un solo cuerpo. Lo enterró el capitán Galarza en Milán, y desde entonces estuvo ahí, hasta que yo lo recuperé.

Durante dos horas, narró con la prolijidad de un anatomista las desventuras nómades de la Difunta: el fracaso del Coronel en el palacio de las aguas, la noche del vendaval en el cine Rialto, el crimen de Arancibia en el altillo de Saavedra y lo que él llamaba «sacrilegios» de Moori Koenig, que sólo conocía, dijo, «por rumores y delaciones anónimas». También habló de las tenaces, ubicuas ofrendas de flores y de velas. Después, me mostró un fajo de documentos.

– Vea -dijo-. Acá está el acta que firmó Perón cuando recibió el cuerpo. Fíjese en la factura que me dio la aduana cuando embarcamos a la Difunta para Italia. Éste es el título de propiedad de la tumba. Échele una ojeada.

Me tendió un papel amarillo, trasegado, inservible.

– El título de propiedad está vencido -dije, señalándole la fecha.

– No importa. Es la prueba de que la tumba fue mía. -Guardó el papel y repitió: -Fue mía.

Pedí otro café. Sentí que los músculos se me habían cristalizado o alisado por el peso de aquellos recuerdos ajenos. Todos fumaban mucho pero yo respiraba otro aire: el de la calle inmóvil y sin luz, o el del río, allí cerca.

– ¿Usted cree que fue suya, Corominas? -dije-. Siempre, de un modo u otro, fue de todos.

– Ya no es de nadie -dijo-. Ahora está por fin donde debió estar siempre.

Recordé el sitio: el fondo de una cripta en el cementerio de la Recoleta, bajo tres planchas de acero de diez centímetros, detrás de rejas de acero, puertas blindadas, leones de mármol.

– No siempre va a estar ahí -dije-. Tiene la eternidad para decidir qué quiere. Tal vez se ha convertido en una ninfa que está tejiendo su capullo. Tal vez volverá un día y será millones.

Volví a mi casa y, hasta que amaneció, seguí pensando qué hacer. No quería repetir la historia que me habían contado. Yo no era uno de ellos.

Así estuve tres años: esperando, rumiando. La veía en mis sueños: Santa Evita, con un halo de luz tras el rodete y una espada en las manos. Empecé a ver sus películas, a oír las grabaciones de sus discursos, a preguntar en todas partes quién había sido y cómo y por qué. «Era una santa y punto», me dijo un día la actriz que le había dado refugio cuando llegó a Buenos Aires. «Si lo sabré yo, que la conocí desde el principio. No sólo era una santa argentina. También era perfecta.»

Acumulé ríos de fichas y relatos que podrían llenar todos los espacios inexplicados de lo que, después, iba a ser mi novela. Pero ahí los dejé, saliéndose de la historia, porque yo amo los espacios inexplicados.

Hubo un momento en que me dije: Si no la escribo, voy a asfixiarme. Si no trato de conocerla escribiéndola, jamás voy a conocerme yo. En la soledad de Highland Park, me senté y anoté estas palabras: «Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir». Era una tarde impasible de otoño, el buen tiempo cantaba desafinando, la vida no se detenía a mirarme.

Desde entonces, he remado con las palabras, Llevando a Santa Evita en mi barco, de una playa a la otra del ciego mundo. No sé en qué punto del relato estoy. Creo que en el medio. Sigo, desde hace mucho, en el medio. Ahora tengo que escribir otra vez.

RECONOCIMIENTOS

* A Rodolfo Walsh, que me guió en el camino hacia Bonn y me inició en el culto de «Santa Evita».

* A Helvio Botana, que me permitió copiar sus archivos y me reveló casi todo lo que ahora sé del Coronel.

* A Julio Alcaraz, por su relato del renunciamiento.

* A Olga y Alberto Rudni, a quienes debo el personaje y la historia de Emilio Kaufman en Fantasía. Ambos saben muy bien quién es frene.

* A Isidoro Gilbert, que grabó todo lo que Alberto se había olvidado de contar.

* A Mario Pugliese Cariño, por su evocación del primer viaje de Evita.

* A Jorge Rojas Silveyra, que una mañana de 1989 me refirió el final de esta novela. A sus largas conversaciones sobre la devolución del cadáver, a su préstamo de documentos invalorables y a su apoyo en la búsqueda de testigos.

* A Héctor Eduardo Cabanillas y al suboficial que fingió ser Carlo Maggi, por sus relatos.

* A la viuda del coronel Moori Koenig y a su hija Silvia, que una noche de 1991 me refirieron las desdichas de sus vidas.

* A Sergio Berenstein, quien entrevistó al personaje que aquí se llama Margot Heredia de Arancibia. A los viejos proyectoristas y acomodadores del cine Rialto, así como a los herederos del antiguo dueño.

* A mi hijo Ezequiel, que me enseñó como nadie a investigar en archivos militares y periodísticos. A mi hija Sol Ana, que me acompañó armando teatros con muñecas a las que llamaba Santa Evita y Santa Evitita.

* A Paula, Tomy, Gonzalo, Javier y Blas, mis hijos, por el amor, en estos largos meses de ausencia.

* A Nora y Andrés Cascioli, que me dieron todas las facilidades para mis entrevistas con Rojas Silveyra y Cabanillas.

* A Maria Rosa, quien investigó en los diarios de 1951 y 1952 las hazañas y récords que intentaban devolver a Evita la salud perdida.

* A José Halperin y a Víctor Penchaszadeh, que corrigieron, sin impacientarse, las incontables referencias médicas del texto y facilitaron mi búsqueda en los archivos del sanatorio Otamendi y Miroli.

* A Noé Jitrik, Tununa Mercado, Margo Persin y, en especial, a Juan Forn, que leyeron más de una vez el manuscrito y lo salvaron de oscuridades y caídas que yo no había advertido.

* A Erna von der Walde, por sus lecciones electrónicas de alemán. Todas las frases en esa lengua -salvo dos, triviales- provienen del réquiem «Für eine Freundin», de Rainer Maria Rilke.

* A María Negroni, a quien debo una línea de «Venecia».

* A Juan Gelman, que me dio libertad para incluir algunas líneas de sus poemas, sobre todo de «Preguntas». No siempre esas citas están entre comillas, pero se distinguen con facilidad: son lo mejor de este libro.

* A Mercedes Casanovas, por su apoyo y su paciencia.

* Y, sobre todo, a Susana, a quien esta novela debe cada palabra, cada revelación, cada felicidad.

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Сюжет
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Главный герой
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Общее впечатление
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