Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
– Tengo que rezar el oficio -anunció-. Ésta es la primera persona que vamos a enterrar en la iglesia.
Murmuró un par de oraciones rápidas. No tenía un solo pelo en la cabeza y las luces amarillas se le reflejaban como si estuvieran en un salón de baile. A Fesquet le sorprendió que el sargento primero Piquard se arrodillara y oyera las oraciones con las palmas juntas.
– Kyrie eleison. Christe eleison -rezó el párroco-. ¿Cuál era el nombre del difunto?
– Difunta -corrigió Fesquet-. María M. de Maestro.
– ¿Una dama de beneficencia?
– Algo así. No conozco los detalles.
– ¿Por qué han elegido esta hora?
– Quién sabe -dijo Fesquet-. Oí que Ella lo había pedido en el testamento. Debía de ser una persona rara.
– Odiaría las pompas de este mundo. Quería encontrarse a solas con Dios.
– Algo así -repitió Fesquet, que estaba ansioso por irse.
En el camino de regreso le pidió a Piquard que manejara. Fue la única orden del Coronel que desobedeció. Pensaba que no era importante.
Al camión del capitán Galarza se le reventó una goma en la avenida Varela y la explosión repentina le arrebató el volante de las manos. El vehículo zigzagueó, trepó a la vereda y quedó inclinado, como pidiendo disculpas. Galarza examinó el daño e hizo bajar a los soldados. Todos se creían dentro de una pesadilla y miraban la ciudad con desconfianza. Detrás de una larga reja se alzaban las ventanas del hospital Putero. Los enfermos se asomaban en pijama y chistaban. Una mujer de barriga enorme, con los brazos en la cintura, gritó:
– ¡Dejen dormir!
Galarza sacó el revólver, con expresión indiferente, y le apuntó:
– Si no cerras la ventana te la cierro yo a balazos.
Habló sin levantar la voz y las palabras se perdieron en la noche. Pero el tono debió oírse desde lejos. La mujer se tapó la cara y desapareció. Los otros enfermos apagaron las luces.
Tardaron casi diez minutos en cambiar la goma. A la entrada del cementerio de Flores los esperaba un guardián lagañoso, con una pierna más corta que la otra. Las tumbas eran bajas, modestas, y formaban dédalos que cerraban el paso y obligaban a dar rodeos. Los cuatro soldados llevaban el ataúd. Uno de ellos dijo:
– No pesa casi nada. Parece un chico.
Galarza le ordenó que se callara.
– Pueden ser huesos -dijo el guardián-. Aquí se entierran huesos cada dos por tres.
Pasaron junto al mausoleo blanco del fundador del cementerio y doblaron a la izquierda. La luna salía y se ocultaba a intervalos breves. Detrás de una fila de bóvedas redondas, donde yacían las víctimas de la fiebre amarilla, se abrían dos fosas grandes, revocadas con cemento.
– Es aquí -anunció el guardián. Sacó una planilla y pidió a Galarza que la firmara.
– No firmo nada -dijo el capitán-. Éste es un muerto del ejército.
– Acá nadie entra ni sale sin una firma. Es el reglamento. Si no hay firma, no hay entierro.
– A lo mejor hay más de un entierro -dijo el capitán-. A lo mejor hay dos. Déme su nombre.
– Léalo en mi chapa. Llevo veinte años en este cementerio. Déme usted el nombre del muerto.
– Se llama NN. Es el nombre que les damos en el ejército a los hijos de puta.
El guardián les entregó la soga para que bajaran el ataúd y se alejó por la avenida de pinos, maldiciendo a la noche.
El Coronel imaginaba su misión como una línea recta. Salía de la CGT. Avanzaba dos kilómetros por la avenida Córdoba. Entraba al palacio de Obras Sanitarias por una de las puertas laterales. Ordenaba que descargaran el ataúd. Arrastraba el cuerpo hacia su destino. «Dos cuartos vacíos y sellados», había dicho Cifuentes, «en la esquina sudoeste de Obras Sanitarias». Lo difícil era conseguir que los soldados transportaran el ataúd, sano y salvo, por la escalera de caracol que desembocaba en el segundo piso. Sano y salvo eran adjetivos que jamás había usado en relación a la muerte. Todas las palabras le parecían ahora desconocidas.
Sobre la marcha, el Coronel dibujó sus planes por segunda vez. En la trama había una figura nueva: el sargento ayudante Livio Gandini. A última hora había decidido quitárselo al clarinetista Galarza. Aunque ninguno de los otros lo sabía, era él, Moori Koenig, quien iba a llevar el cuerpo verdadero. Necesitaba más refuerzos, más certezas. Ahora, los hechos iban a ser así:
Los soldados dejarían el ataúd en el segundo piso de Obras Sanitarias. Regresarían al camión, vigilados por Gandini. Él, Moori Koenig, encendería una lámpara sol de noche. Arrastraría a la difunta hacia los cuartos de la esquina sudoeste. Cubriría el ataúd con lonas. Clausuraría la puerta con candado. Et finis coronat opus, como hubiera dicho el embalsamador.
Una y otra vez, durante la tarde, el Coronel había estudiado el lugar. Subió y bajó tres veces por la escalera de caracol. Las curvas eran estrechas y no habría otro remedio que izar el ataúd en posición vertical. Estaba preparado para todo. Repitió la frase, como un conjuro: para todo.
Condujo el camión en silencio por las avenidas. Se estremeció.
La historia: ¿era así la historia? ¿Uno podía entrar y salir de ella tranquilamente? Se sintió liviano, como dentro de otro cuerpo. A lo mejor no estaba sucediendo nada de lo que parecía suceder. A lo mejor la historia no se construía con realidades sino con sueños. Los hombres soñaban hechos, y luego la escritura inventaba el pasado. No había vida sino sólo relatos.
Después del próximo movimiento, él también podría morir. Todo lo que tenía que hacer ya estaba terminado. Había cumplido con doña Juana. Había recuperado los pasaportes de su familia y se los había mandado esa misma tarde, a través de un mensajero. La madre le contestó con una esquela breve, que aún llevaba en el bolsillo: «Yo y mis hijas nos vamos mañana mismo a Chile. Confío en su palabra. Cuide a mi Evita». Ahora, sólo faltaba ocultar el cuerpo. Se sintió respirar. Estaba vivo. Su respiración era un sonido más entre los pliegues de los sonidos infinitos. ¿Para qué morir? ¿Qué sentido tendría?
Vio a lo lejos una columna de humo y, luego, la hebra de llamas. Adivinó un incendio en alguna parte de la ciudad. El fuego se estiraba como una culpa y desaparecía. De pronto, un par de cuadras más allá, las llamas alzaron su cresta y se extendieron por el cielo. Por las veredas se paseaban perros, olfateando las rarezas de la noche. El Coronel disminuyó la marcha. Otros vehículos se detuvieron. La calle se llenó de curiosos y de comedidos. Junto al camión corrieron unas monjas con sábanas en las manos.
– ¡Son para los quemados, para los quemados! -gritaron, respondiendo a una mirada ofensiva del Coronel.
Una mujer estaba sentada bajo un cartel de propaganda, abrazada a una máquina de coser. Lloraba. Dos adolescentes agitaron los brazos ante el camión. El Coronel tocó la bocina. Nadie se movió.
– No puede seguir -le dijo uno de los chicos-. ¿No ve?. Se está incendiando todo.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó el Coronel.
– Explotaron unas garrafas de querosén contestó un hombre alto, que se sujetaba el sombrero, como si luchara contra un viento ilusorio. Tenía manchas de tizne en las mejillas. Dijo: -Vengo del incendio. Uno de los conventillos se ha vuelto cenizas. En menos de diez minutos se vino abajo.
– ¿Es lejos? -averiguó el Coronel.
– A pocas cuadras. Frente a Obras Sanitarias. Si no fuera porque han conectado varias mangueras a los depósitos de agua, las llamas ya estarían acá.
– Tiene que haber una equivocación.
– No -repitió el hombre alto-. ¿No se da cuenta que vengo del incendio?
Fue el azar, diría el Coronel años después, al hablar con Cifuentes de aquella noche. La realidad no es una línea recta sino un sistema de bifurcaciones. El mundo es un tejido de ignorancias. En el despejado horizonte de la realidad, los planes pueden desmoronarse sin ningún aviso ni presentimiento. Caen derrotados por la naturaleza, alcanzados por un ataque al corazón o por el capricho de un rayo. A mí me desconcertó el azar, diría el Coronel. A la luz del incendio, advertí que la difunta ya no podría descansar en los cuartos perdidos del palacio, oculta entre las cisternas. Fue el azar, pero también pudo haber sido un mal cálculo con el tridente de Paracelso. Situé mal sus ejes, calculé mal la posición de su mango.
Subió el camión a la vereda, exhibió el caño del máuser a través de la ventanilla para abrirse paso, y así fue deslizándose hacia una calle transversal. Al otro lado de la ciudad despejada se veía el río. ¿Y si dejaba el cuerpo en un galpón de las dársenas?, pensó. ¿Si lo perdía en el agua? Buenos Aires era la única ciudad de la tierra con sólo tres puntos cardinales. La gente hablaba del norte, del oeste o del sur, pero el este era el vacío: la nada, el agua. Recordó que, en la brújula, el signo de la difunta coincidía con el nortenordeste. Alguna clave secreta habría en esos conocimientos. Paró el camión. Leyó la ficha que llevaba en la guantera. El signo zodiacal de Eva Perón. «Tauro: la humedad triunfa sobre la sequedad, la tierra sobre el fuego. El eje de su cuerpo pasa por el estómago. La nota musical que corresponde a su eternidad es Mi. El dedo con el que señala su destino es el índice.» Hacia el río, hacia el este, repitió.