Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
—Se me acaba de ocurrir una idea que a lo mejor también acaba poniéndome enfermo… Ese tipo debe de haberse fugado del hospital. La muchacha que le buscaba era enfermera, y parecía estar muy preocupada. ¿Por qué tenía que estar tan preocupada si ese tipo sólo estaba «un poco enfermo»? Apenas podía hablar y no entendía nada. Lo notaste, ¿verdad?
Un brillo de pánico apareció de repente en los inmensos ojos de Granz.
—No estarás pensando que tenía la fiebre, ¿eh?
—Pues claro que pienso que tenía la fiebre de radiación…, y parecía un caso bastante grave. Además recuerda que estuvo a pocos centímetros de nosotros. Nunca conviene…
Un hombrecillo delgado pareció surgir de la nada junto a ellos. Tenía los ojos brillantes y la mirada muy penetrante.
—¿Qué están diciendo, señores? —preguntó con voz estridente—. ¿Quién tiene la fiebre de radiación?
—¿Quién es usted? —preguntaron los dos conductores de aerotaxi lanzándole miradas desconfiadas.
—Vaya, así que quieren saber quién soy, ¿eh? —exclamó el hombrecillo—. Pues da la casualidad de que soy un mensajero de la Hermandad. —Mostró la pequeña insignia reluciente que llevaba debajo de la solapa del abrigo—. Ahora les exijo en nombre de la Sociedad de Ancianos que me expliquen qué significa esta historia sobre la fiebre de radiación.
—Oiga, yo no sé nada —respondió Messter con voz asustada—. Una enfermera andaba buscando a un tipo enfermo, y yo me pregunté si no padecería la fiebre de radiación. Eso no es ninguna violación de las Costumbres, ¿verdad?
—Así que usted me habla de las Costumbres, ¿eh? Será mejor que se ocupe de sus cosas, y deje que yo me ocupe de las Costumbres, ¿entendido?
El hombrecillo se frotó las manos, miró rápidamente a su alrededor y se alejó con paso presuroso en dirección norte.
—¡Allá está! —exclamó Pola, y apretó nerviosamente el codo de su acompañante.
Todo había ocurrido muy deprisa y con la extraña facilidad de las casualidades. El hombre regordete había aparecido de repente cuando más desesperados estaban al no encontrarle. Estaba junto a la entrada principal de unos grandes almacenes de autoservicio, a menos de tres manzanas del local de alimentómatas.
—Ya le veo —susurró Arvardan—. Ahora quédese atrás y deje que yo le siga. Si la ve y se confunde con la muchedumbre nunca conseguiremos volver a dar con él.
Le siguieron disimuladamente en una especie de cacería de pesadilla. La multitud que llenaba el local era una ciénaga que podía absorber a su presa lenta o rápidamente, y ocultarla indefinidamente para vomitarla en el momento más inesperado, levantando barreras inexpugnables que les impedirían llegar hasta él. La muchedumbre casi parecía tener una malévola y consciente mente propia.
Arvardan dio un rodeo a un mostrador moviéndose tan cautelosamente como si Schwartz fuera un pez atrapado en el extremo de su sedal. Estiró la mano y sus dedos se cerraron sobre el hombro de Schwartz.
Schwartz soltó un chorro de palabras ininteligibles, puso cara de susto e intentó librarse a tirones; pero la mano de Arvardan era capaz de retener a hombres mucho más fuertes que él, y el arqueólogo se limitó a sonreír y mantuvo la presión.
—Hola, viejo amigo —dijo en el tono más normal posible en beneficio de posibles espectadores curiosos—. Hacía meses que no te veía… ¿Qué tal te encuentras?
Arvardan pensó que bastaba con fijarse en las frenéticas protestas de su prisionero para darse cuenta de lo evidente del engaño, pero un instante después Pola ya se había reunido con ellos.
—Vuelva con nosotros, Schwartz —susurró.
El cuerpo de Schwartz se envaró en un instante de rebeldía, pero se rindió casi enseguida.
—Ir… con… ustedes —dijo cansadamente.
Pero sus palabras casi fueron ahogadas por el rugido repentino que brotó del sistema de megafonía del local.
—¡Atención, atención, atención! La dirección solicita que todos los clientes salgan ordenadamente por la puerta de la calle Quinta, donde presentarán sus tarjetas de identificación a los guardias apostados en ella. La salida del establecimiento debe llevarse a cabo con la máxima rapidez posible. ¡Atención, atención, atención…!
La orden fue repetida tres veces. La última vez ya se oyó el ruido de pies de una multitud que empezaba a alinearse delante de la salida. Un rumor emitido por muchas lenguas se hizo audible casi al mismo tiempo, y empezó a formular de diversas maneras la pregunta siempre imposible de contestar: «¿Qué ha sucedido? ¿Qué ocurre?».
—Pongámonos en la fila, señorita —dijo Arvardan encogiéndose de hombros—. Tenemos que salir de todos modos, ¿no?
—No podemos. No podemos… —murmuró Pola.
—¿Por qué no? —preguntó el arqueólogo frunciendo el ceño.
La muchacha se limitó a apartarse de él. ¿Cómo podía explicarle que Schwartz no tenía tarjeta de identificación? ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué la había ayudado? Pola se sintió envuelta en un torbellino de sospechas y desesperación.
—Será mejor que se vaya si no quiere verse metido en un lío —dijo con voz enronquecida.
Los ascensores dejaban en libertad su carga humana a medida que se iban vaciando los pisos superiores. Arvardan, Pola y Schwartz formaban un islote de inmovilidad en medio de aquel río humano.
Cuando repasó los acontecimientos más tarde, Arvardan comprendió que podría haber abandonado a la muchacha en aquel momento. ¡Sí, podría haberla abandonado, no haber vuelto a verla nunca! No habría tenido nada que reprocharse, y entonces todo hubiese sido muy distinto y el inmenso Imperio Galáctico habría acabado desintegrándose en el caos y la destrucción.
Pero no la abandonó. El miedo y la desesperación no la embellecían —nunca producen ese efecto—, pero Arvardan se sintió conmovido por su expresión abatida.
Ya se había alejado un paso, pero se volvió hacia ella.
—¿Va a quedarse aquí?
La muchacha asintió con la cabeza.
—¿Pero por qué? —preguntó Arvardan.
—Porque… —Las lágrimas brotaron de sus ojos—. Porque no se me ocurre otra cosa.
Se trataba de una terrestre, sí, pero no era más que una muchacha asustada.
—Si me explica cuál es su problema intentaré ayudarla —dijo Arvardan suavizando la voz.
No obtuvo respuesta.
Los tres formaban un cuadro extraño. Schwartz se había ido encogiendo poco a poco sobre sí mismo hasta quedar en cuclillas. Se encontraba demasiado aturdido para tratar de seguir la conversación, para sentir curiosidad por la repentina evacuación del local o para hacer otra cosa que no fuese ocultar el rostro entre las manos en un último y mudo sollozo interior de pura desesperación. Pola lloraba, y sólo sabía que estaba más asustada de lo que había creído posible que llegara a asustarse jamás una persona. Arvardan, intrigado y a la expectativa, intentaba consolarla inútilmente con palmaditas en el hombro, y sólo atinaba a pensar que era la primera vez que tocaba a una terrestre.
Y entonces el hombrecillo fue hacia ellos.
9. CONFLICTO EN CHICA
El teniente Mare Claudy de la guarnición imperial de Chica bostezó lentamente y clavó los ojos en la nada sintiendo un aburrimiento tan intenso que rozaba lo inefable. Era el segundo año que pasaba destacado en la Tierra, y esperaba ansiosamente el momento del traslado.
No había ningún lugar en toda la Galaxia donde el problema de mantener una guarnición imperial resultara tan complicado como en aquel planeta horrible. En otros mundos existía cierta camaradería entre el militar y el civil…, especialmente el civil del sexo femenino. Había una sensación de libertad y amplitud de horizontes.
Pero en la Tierra el cuartel era una prisión. Había barracones a prueba de radiactividad, y la atmósfera tenía que ser filtrada para librarla del polvo radiactivo. Las ropas pesadas y frías estaban impregnadas de plomo, y no se podía prescindir de ellas a menos que se estuviese dispuesto a correr un grave riesgo; y como corolario de todo aquello, la confraternización con los habitantes femeninos del planeta (suponiendo que la desesperación producto de la soledad pudiera hacerse lo bastante intensa como para impulsar a un soldado imperial a buscar la compañía de una terraqueja) quedaba totalmente fuera de cuestión.