Culminacion De Montoya
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
– ¿Qué le está dando? -quiso saber el Siútico viendo a María romper la envoltura de los sedativos.
– Aspirinas -repuso ella-, es lo único que tengo. Ayúdeme a levantarle la cabeza…, así.
No era fácil hacerle tragar al coronel las pastillas ni el agua, pero al fin lo consiguió.
– Apenas amanezca tendrá que ir al pueblo y traer medicinas… Busque a un médico, si hay, y trate de que venga… El señor está sintiendo la fuerza de los golpes y los enfriamientos…, puede hasta estar lastimado por dentro…, he oído de casos parecidos. Explíquele eso al doctor, pero vuelva pronto…
María dejaba caer las palabras en voz baja, lenta, pero firme. Obligada a tomar decisiones, el instinto la guiaba a través de su ignorancia. Las horas transcurrieron después en silencio, un silencio pesado de tiempo detenido que los quejidos del enfermo puntuaban sordamente.
Afuera amanecía y comenzaba a levantarse una niebla húmeda y fría. El Siútico se desperezó.
– Voy a aprontar la camioneta -advirtió- Necesito dinero…, estas cosas cuestan caro y yo no tengo un peso.
De golpe apreció María la magnitud del problema. Ahora no estaba el coronel Montoya en condiciones de resolver y ordenar. Pensó en el poco dinero sobrante de sus compras y que el coronel se había negado a recibirle.
«Acostúmbrese a manejarlo, es suyo -solía responderle él ante su insistencia-. No hará la felicidad, pero es mejor tenerlo a mano.»
Con aprensión y hasta vergüenza empezó a revisar las ropas del coronel y entre sus escasos efectos. Allí no había nada. Jorgelina seguía sus movimientos con los ojos. Pasó sus manos bajo la almohada. Tampoco. Al inclinarse, Montoya movió la cabeza, pareció mirarla un instante y murmurar algo. María retrocedió.
– Me parece como si lo estuviera robando -dijo para ocultar su turbación.
– No seas tonta -rezongó su hermana-. Sin plata «ese mono» no va a ir a ninguna parte. Don Luciano duerme vestido, fíjate en su ropa…
Venciendo su resistencia interior María levantó las mantas. La gruesa camisa estaba empapada. Al tocar la cintura palpó el cinturón secreto. Lo llevaba pegado al cuerpo y las dos mujeres debieron realizar grandes esfuerzos para mover el pesado cuerpo, desprender las hebillas de metal y deslizar el cinturón por debajo de la cintura.
Se trataba de una prenda confeccionada especialmente. El cuero fino pero fuerte, escondía una serie de bolsillos cerrados. Al abrir el primero, María tuvo entre sus manos más dinero del que había contemplado en su vida. Jorgelina suspiró admirada. Junto con el cinturón, al costado de su cuerpo, Montoya ocultaba una pistola pavonada metida en una pistolera del mismo material que la faja.
María contó rápidamente algunos billetes de cien pesos y volvió a guardar aquel ignorado tesoro en su sitio. Después introdujo la cartuchera y el cinturón bajo la almohada. Apenas había concluido cuando entró el Siútico.
– Estoy listo… ¿Tiene la plata?
– Tome -dijo María, alargándole cinco billetes de cien-, creo que alcanzarán.
– ¿De dónde los sacó? -preguntó el hombre, mirando intrigado alternativamente a los billetes y a María.
– Me los dio el señor -musitó María, mintiendo sin comprender muy claramente por qué lo hacía-. No ahora sino antes…, por si pasaba algo. Ya ve, llegó la ocasión de usarlos.
El Siútico sonrió ponzoñosamente.
– Será así…, si usted lo dice. Bueno, me voy al pueblo. El viaje es largo, no espere que vuelva en seguida. Necesito nafta, además…
– Bien -urgió María-; apúrese, por favor…
Algunos minutos después escucharon el ronquido del motor. El sonido llenó la mañana, se coló en los oídos de María como un eco esperanzado y resonaba todavía cuando ya el vehículo se encontraba demasiado lejos para ser oído.
«Estoy aquí, señora, todavía estoy aquí; ¿comprende? El está enfermo… lo muerde la fiebre como miles de hormigas, atormentándolo. Pero todo comienza de nuevo. Estoy cansado. Ahora quiere volver a ser… Lo adivino, ¿ser qué?, ¡oh, luto infernal, si pudiera comprender! Veo nacer en él una nueva voluntad. Ya no está solo. Porque yo soy una sombra. Yo no cuento para nada. Me deslizo a su lado…, observo, callo… ¡Ah, señora, qué tarea ha caído sobre mis hombros! No tengo valor para pensar en la otra presencia, me parece que usted, desde allá arriba, recibirá mi pensamiento y su grito quebrará la tierra como un rayo…»
Las ruedas de la camioneta giran… giran hacia el pueblo de San Martín de los Andes por un camino de tierra. Detrás del vehículo se levanta una nube de polvo sutil como un gas grisáceo. Desde una altura del terreno se divisa un pedregal abrupto soslayado por un arroyuelo trivial y melancólico. Lagartijas verdosas se deslizan entre los intersticios de las piedras huyendo del fragor insólito. En el volante se crispa, se encoge y estremece Artemio Suquía, sosteniendo aquel soliloquio que no puede ser diálogo con una imagen ausente. Las ruedas giran sobre la tierra despareja. Los pensamientos del Siútico giran, saltan, retroceden y se enroscan en su cerebro, como monstruosas larvas de locura.
Del diario La Prensa del 29 de abril de 1945:
«Roma. Benito Mussolini habría caído en poder de las milicias populares italianas cuando intentaba huir a Suiza. Se cree que fue ajusticiado en la noche del 28.»
«Buenos Aires. La esposa de un militar, fallecida en circunstancias extrañas, parece haberse eliminado voluntariamente. Tal conclusión se desprende de la declaración de un sirviente, A. Suquía, quien presenció el suceso. Su declaración es terminante. La referida señora se encontraba sumamente deprimida a causa de otro trágico accidente, que provocara la muerte de su hijo, hace apenas seis meses.»
Después el silencio… La guerra… El vértigo de la victoria… Influencias familiares… silencio… reserva… olvido… Proceso del coronel Montoya…
El médico de San Martín de los Andes estaba ausente. No era fácil explicarle al farmacéutico del pueblo la enfermedad del desconocido. “¿Inyecciones? Bueno… ¿sabría colocarlas esa mujer que, según usted, lo acompaña? No; de aquí no puedo mandarle a nadie… Dele esto… y esto también… ¿Cuándo vuelve el médico?… ¡Vaya uno a saber! Espere un momento, están llegando noticias de Buenos Aires… Por la radio…, hombre.»
Entre silbidos de interferencia, el viejo aparato alimentado por un acumulador de camión, desgranaba hechos sucedidos a cientos de leguas, en la ciudad que se asomaba al gran río de aguas opacas; pero la voz y la onda llegaban desde Chile:
«Ayer, diecisiete de octubre, una multitud delirante desbordó la Plaza de Mayo. Desde Avellaneda y Lanús; desde Quilmes y Lomas de Zamora; desde Mataderos y Matanzas; desde Barracas y Nueva Pompeya, la marea humana reclamó la presencia del Coronel Perón. Al fin, antes de la medianoche, sus reclamos fueron satisfechos y el Coronel Perón, hasta ese momento alojado en el Hospital Militar, donde aparentemente convalecía de ciertos malestares, fue presentado al pueblo…
»El Gobierno parece haberse rendido ante la multitud enardecida y desde los balcones de la Casa Rosada, las máximas autoridades contemplaron a los miles de "descamisados", versión actualizada de los "sans culottes", mientras aclamaban a su líder…»
El Siútico regresó al anochecer. El coronel Montoya había sido desnudado y lavado, aunque la fiebre, los miles de hormigas, seguían acosándolo. Por primera vez María contempló la desnudez viril del hombre que la salvara. Pero sus ojos sólo retuvieron de su cuerpo el lamentable encadenamiento de círculos violáceos que jalonaban en su pecho, su vientre y su espalda, la feroz trayectoria del coraje.
María y Jorgelina leyeron y releyeron las instrucciones escritas por el farmacéutico. Después comenzaron a pelearle al dolor con la obstinada energía con que las mujeres enfrentan esa oscura circunstancia que llaman Muerte. Por las noches el aire era seco, frío, y la cúpula del silencio recibía por igual los quejidos del enfermo, el cansado velar de María y la pertinaz indagación del Siútico.