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Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1974
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
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Debía enfrentarse al Siútico y destruirlo; sólo entonces se haría patente la señal y ganaría la paz.

– Esta será la última jugada, amigo -murmuró con ironía antes de erguirse en la cama-, allí donde voy he de enfrentarte, estoy seguro.

No se le ocurrió en ningún momento desistir de su viaje ni siquiera para regresar a su casa en busca de dinero o descanso. El impulso impreciso que lo condujera hasta el Lolog constituía ahora para él la única salida posible. El resto había quedado atrás, desechado para siempre como un lastre inútil.

Una semana más tarde puso a prueba sus energías realizando una pausada caminata por las riberas del lago. Quería además estar solo. Caminó entre los árboles, pisando las hojas secas que crujían como papeles aplastados. El silencio hubiera resultado excesivo si no estuviera poblado, en sí mismo, con las palabras de María y de las suyas. Aquella mañana y por primera vez desde que la conociera en Coyhayque, hablaron largamente. María le relató, pretendiendo sin éxito restar importancia a su sacrificio, los pormenores de su enfermedad y después la traición de su asistente. Luego le tocó el turno a él y le reiteró, con serenos razonamientos, su voluntad de internarse al oeste de Lolog. Quería ir solo y afrontar en soledad las consecuencias de sus actos, pero María no cedió.

– ¿Por qué tiene que hacerlo, señor? ¿Es acaso necesario? -lo interrogó, incapaz de entender cuestiones tan elusivas.

– Es necesario -repuso él-. Al comienzo no lo sabía yo tampoco con certeza. Creía huir de la ley y estaba equivocado. Después, cuando desapareció la fiebre y supe lo que hizo el Siútico, todo se aclaró en mi mente. Tal vez usted no pueda comprenderme María y es lógico que así sea, porque la sucia carga que acumulé estos últimos años ha sido… ¿cómo podría explicárselo?; un ir paso a paso al encuentro de mi destino. Por algún motivo la contrafigura aparentemente grotesca de mi asistente, se ha convertido en el testimonio ruin de todos mis excesos. No me pregunte cómo lo sé…

– ¡Oh, señor! En vano trataría de entenderlo; eso es cosa de brujería… ¡Vuélvase a su casa…, arránquese de nosotras, que únicamente le causaremos disgustos! No piense más en Suquía. Pero si a pesar de todo, insiste en esta locura, iré con usted.

– No, María; ustedes no me causan disgustos. Ustedes, usted particularmente, ha conseguido que me volviera hacia mí mismo, revelándome verdades que trataba, cobardemente, de callar o ignorar. No hay ninguna brujería. Ninguna bruja llenó mi copa de whisky ni me incita a ir hacia el Oeste sino la conciencia de mi culpa… ¿Con qué derecho voy a arrastrarla conmigo?

Se detuvo: salió de la cabaña y con el brazo extendido señaló a María la picada que bordeaba el lago y se internaba en el bosque.

– Allí estará él, mi testigo, mi demonio, tal vez el juez de mi conciencia. Quienquiera que afirme que Artemio Suquía ha escapado, se equivoca, allí espera… Créame, María, allí lo encontraré; ésa es la mejor justificación para la muerte…

– ¡Usted no debe decir eso! -exclamó María, asustada ante tanta vehemencia.

Montoya la contempló. Su gesto era de nuevo duro y resuelto.

– ¿Acaso hay otra alternativa? ¿Pretende que vuelva entre toda la gente que he insultado y despreciado? ¿Entre los que sufrieron por mí y me odian? Me degradarían de nuevo recordándome mis crímenes… Ellos están hinchados de virtudes, las proclaman como si realmente las tuvieran en propiedad perpetua y todos los «siúticos» se enroscarían entre mis piernas, reiterándome mis atropellos. No les daré esa satisfacción… Mañana me marcho.

Recordaba cómo su antigua índole colérica lo fue invadiendo. Había avanzado unos pasos y vuéltose hacia ella.

– Examinemos ahora la situación desde un ángulo menos metafísico… Imagínese que aparezco en San Martín de los Andes y me anuncio tranquilamente: coronel Montoya, apaleado, a pie y sin un peso; en Chile maté a un hombre, me buscan por eso ¿o no me buscan? Bueno, es igual, aquí estoy… Háganme llegar una remesa de mi Banco en Comodoro. ¡No, María! Piense en la carcajada generaclass="underline" “¿Así que le robaron todo? ¿Qué me cuenta, amigo?…, ¡muy interesante!»

– ¿Usted sabe por ventura cómo puede aniquilarse hoy en día a un hombre envolviéndolo en un escándalo bien explotado? En veinticuatro horas me colgarían un sambenito tal que todo lo malo que pude realmente haber cometido quedaría reducido a una travesura de chiquilines. Prefiero reventar a verme difamado. No es nada fácil, se lo garantizo, vivir pisoteando los convencionalismos y humillando a los hipócritas. Es necesario demasiado coraje y de todas maneras, tarde o temprano, hay que pagar por ello…

De pronto su empecinada resistencia se derrumbó.

– Olvide todo lo que le dije, María; la verdad es que no tengo otra salida. A mi enemigo lo llevo conmigo, día y noche me acompaña… Son demasiados recuerdos atosigándome continuamente. Éramos dos en el círculo de hierro. No quisiera que usted entrara también en él…

Pero María ya había penetrado en el círculo infernal y con ella, pasivamente, la desconcertante Jorgelina.

Regresó lentamente. En la casita brillaba una luz desfalleciente. A pesar de que todavía el sol caía, oblicuo, atravesando el follaje, el lugar donde yaciera tantos días devorado por la fiebre se le antojó un paisaje devastado y vacío, apenas sustituido por una lasitud crepuscular y opresiva. Su espíritu desolado asumía el panorama y a él le transfería su propio drama. María esperaba y al verlo inició un gesto de saludo. Un tímido esbozo pronto borrado por el respeto instintivo que la presencia del coronel le inspiraba.

Aquella noche Jorgelina durmió sola y Montoya, que no amaba a María, tuvo para ella, sin embargo, ternuras de amante. La poseyó como un acto irremediable y, junto a ella, en la negra noche poblada por los murmullos de las aves y animales del cercano bosque, durmió por unas horas en una paz plena y absoluta.

La mañana que partieron prometía una jornada cálida y llena de sol. Bordearon el lago por senderos de carretas, marchando tan ágiles y serenos como si cruzaran un parque. Un aire de juego acompasaba el ritmo de sus pasos. Los músculos parecían templarse y el esfuerzo de cargar sobre las espaldas el atado de prendas y enseres, los obligaba a ahorrar palabras y aspirar profundamente el aire algo húmedo todavía, impregnado de aromas resinosos. Picaba en el fondo de la nariz, como si las finas agujas de los pinos penetrasen en sus pulmones.

La involuntaria desintoxicación alcohólica soportada por el coronel Montoya durante su enfermedad y convalescencia, prolongada después a causa de la falta de dinero, no le había aparejado otras consecuencias que una mayor excitabilidad física. Era esta misma excitación la que le devolvía un renovado vigor, al que no le importaba duplicar su carga llevando la de María o Jorgelina, cuando cualesquiera de ellas mostraba señales de fatiga.

A pesar de la precariedad de los elementos y la impropiedad de sus componentes, Montoya apeló ingeniosamente a su profesionalidad, consiguiendo que los tres formaran un grupo ordenado. Las muchachas fueron instruidas en el compás de la marcha y andaban con pasos firmes y parejos, aspirando pausadamente, haciendo jugar las piernas y los brazos con movimientos precisos, flexionando los músculos sin violencias inútiles. A intervalos regulares se detenían y Montoya ajustaba los bultos, corregía alguna atadura floja, las animaba con frases breves o con ocurrencias amables y luego proseguían, tan decididos los tres como si el fin de la jornada les hubiese de deparar un bien cierto y conocido. Pero el fin era incierto y desconocido y ninguno de ellos podía realmente vislumbrar, en la radiante mañana, el perfil de la incertidumbre ni el contorno de lo desconocido.

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