Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1974
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
1 ... 22 23 24 25 26 27 28 29 30 ... 55
Перейти на страницу:

VIII

Jorgelina, asomándose a la puerta de la casita, dijo de pronto:

– ¿Por dónde andará metido ese currutaco?

– ¿Qué decís? -replicó María, irritada por el tono mordaz de la pregunta-. Tené cuidado; puede oírte… Ya tenemos bastantes dificultades.

– ¡Que me oiga! -insistió desafiante la muchacha-, ¡estoy harta de su cara! Nos mira como si nos traspasara. ¿Te has fijado cómo nos espía?

María se acercó hasta ella, acomodándose el cabello con un gesto maquinal. Se le notaba la fatiga en las profundas ojeras y el desfallecido timbre de su voz.

– Te repito que no tengo tiempo ni ganas para ocuparme de él. Lo único que cuenta es que lo necesitamos. Hay que convencerlo que vuelva al pueblo, a ver si trae al médico… Pero; Jorgelina… ¡tampoco está la camioneta!

En el aislamiento a que se veía reducida, la falta del vehículo adquirió de pronto para María las dimensiones de un desastre. Una desgracia concreta remplazaba sus presentimientos. El sol mañanero brillaba sobre la hierba húmeda de rocío y agrandaba la soledad. El Lolog recibía la luz y su superficie parecía hundirse, combarse, traslúcidas sus aguas quietas. La escena era la misma de todas las mañanas precedentes, excepto el recuadro ya familiar del vehículo, hacia el cual los ojos de las mujeres convergían cada amanecer, como si su presencia constituyera una garantía, algo palpable y amistoso.

– ¡Dios mío! ¡Se ha ido, Jorgelina…, se ha ido!. ¡Y el señor Luciano quedó solo anoche con él!

Y el oscuro presagio la anegó como un fuego helado, como una ola viscosa que llenaba sus entrañas de miedo creció en ella la absurda premonición del infortunio golpeándola de nuevo y toda la mañana que se insinuaba fresca en la cada vez más luminosa primavera se volvió dudas, sombras y creciente dolor rápido, rápido antes que el miedo te paralice.

Corrió hasta el lecho de «su» enfermo. Demacrado, con el rostro cubierto de barba que, al extenderse sin cuidados se tornaba sedosa, yacía Luciano Montoya. Dormía. Eso pudo comprobarlo María con sólo mirarlo. Una mano se asía a las sábanas inmaculadas, renovadas cada día. Crispada y enflaquecida, se estremecía en cada pulsación, pero viva y cálida, como un pájaro palpitante.

Recobrada, la mujer acarició aquella frente ahora dócil a su contacto. Jorgelina, detrás de ella, suspiró aliviada. Pero de nuevo la inquietud las aprisionó. María inventarió con los ojos cada objeto… ¿Qué faltaba en aquel cuarto impregnado del olor de ungüentos, remedios y hierbas aromáticas?

– ¡El dinero, Jorgelina!… -Las manos de María recorrieron en vano debajo de la almohada-. ¡Se lo llevó todo…, hasta el arma!

– ¡Maldito, miserable…, cobarde, ladrón! -estalló su hermana, al borde la histeria.

– No es posible; no puede ser cierto -se repetía María, queriendo rechazar la realidad-. No lo entiendo; pudo matar al señor ¡y yo dormía como una estúpida! Tal vez ha ido al pueblo a emborracharse y regrese… En Coyhayque nos salvó… Parecía tan pegado a su patrón…, tan sumiso… ¡Dios mío! ¿Qué será de nosotras? ¿Qué le hicimos, hermana…, qué le hicimos?

La vida había dotado a Jorgelina de una madurez superior al común de las jóvenes de su edad y condición.

– El no irá a emborracharse a ninguna parte -dijo-. No comprendes nada María… Ese puerco estaba celoso; celoso de vos y de don Luciano. El se está vengando de ustedes.

María no la escuchaba. El coronel Montoya reclamaba agua. Su instinto vital se refugiaba en los actos primarios. Entre las nieblas de la fiebre ninguna sensación podía conmoverlo, excepto el aguijón de la sed, y María, enajenada, sobreponiéndose al terror que la invadía, fue vertiendo en sus labios, gota a gota, el líquido refrescante. Los ojos del coronel, brumosos y ausentes, resbalaron sobre el rostro inclinado hacia él y volvieron a cerrarse pesadamente. Regresó el enfermo a su noche caliginosa y las dos mujeres lo contemplaron anhelantes. El día desgranó su tiempo de luz; llegaron las sombras nocturnas, pero Artemio Suquía no regresó. De estadio en estadio la soledad abarcó todas las noches del tiempo.

Entonces comenzó para las dos mujeres una lucha huraña, de animales acosados, con el miedo acechando afuera, en cada sombra y dentro, en los cuatro rincones del cuarto del enfermo. Cada objeto de algún valor fue cambiado por comida o remedios entre los escasos pobladores de las cercanías que pasaban ocasionalmente. Y lentamente Luciano Montoya adquirió conciencia de su estado. Quiso vivir y se unió a María en su tenaz esfuerzo.

Cuando la mejoría del coronel se manifestó, María sintió un coraje nuevo junto con un miedo inexpresable. ¿Cuánto tiempo había durado aquella pesadilla? Se miró las manos, temblorosas de debilidad y, casi con la sensación de no existir, se palpó las desmedradas formas de su cuerpo, enflaquecido por las penurias y la escasa alimentación. Confusamente intuyó que había realizado una acción absoluta y sin embargo el antiguo temor de animal perseguido renacía en ella cada vez que pensaba en la falta del dinero y la deserción del Siútico.

– ¡Hola!… -dijo Montoya y por primera vez desde el comienzo de la fiebre, su mirada era clara-. Parece que le he dado bastante trabajo… ¿eh?, ¿cómo están ustedes?

– Bien, señor; realmente lo suyo sí fue serio… Ahora tendrá que cuidarse…

El coronel intentó enderezarse y reprimió un suspiro.

– ¡Uff! Me siento como un muñeco sin cuerda… Todavía parezco flotar… Otra vez usted, señora; seguro que ha estado tirando de mí para sacarme del pozo… y lo ha conseguido. ¿Dónde anda el Siútico?

– Volverá pronto… Descanse otro poco, por favor…

Montoya la observó pensativo. Miró los ojos dilatados de la muchacha y sus pálidas mejillas. Intentó reconstruir su antigua imagen. Sí, mucho había cambiado aquel rostro. Contempló los labios apretados de la explosiva Jorgelina González.

– ¿Qué pasa aquí, Jorgelina? Si se callan será peor…

Jorgelina, como era previsible, estalló incontenible:

– Yo se lo diré, señor. Pasa que ese mal hombre, el Siútico, nos abandonó en el peor momento; pasa que se robó el dinero, todo su dinero… y la camioneta; nos dejó y se fue con todo; mire si pasan cosas aquí…

– ¡Basta, Jorgelina! ¡Te mando que te calles! Don Luciano está todavía demasiado débil para oírte… No la escuche, ¡por favor!

Montoya miró a las dos mujeres. Eran como dos figuras irreales ondulando, ondulando, livianas y gaseosas entre la niebla de los pantanos.

– Tu hermana tiene razón, Jorgelina… Estoy cansado, demasiado cansado, además…, necesito pensar, ¿comprendes?

Se exigió a sí mismo no abandonarse a la sima que amenazaba tragárselo. Apretó los puños y cerró los ojos tratando de concentrarse en un punto. Un hito, una señal, eso era justamente lo que necesitaba ahora, pero: ¿dónde encontrar la señal que le permitiera recomenzar su penosa peregrinación? ¿Conduciría a algo en tales circunstancias interrogar a María, o a Jorgelina? Porque de nuevo su problema no se centraba tanto en el Siútico, ni en el despojo, ni siquiera en su derrotada enfermedad sino en él, en su destino.

Era él, Luciano Montoya y su destino lo que importaba. El objeto de su indagación. Era preciso desvelar ahora, y para siempre, su inescrutable destino.

Entonces recobró la serenidad; aflojó la tensión y hasta pareció adormecerse. Las mujeres lo creyeron así y lo dejaron solo.

«Es curioso -pensó Montoya-. Sin duda María significó una excusa para vivir; ahora el Siútico me ofrece una buena razón para morir… No puedo quejarme, mi destino elige personajes modestos pero eficaces.»

Quizá no fue exactamente eso lo que pensó el coronel Montoya; quizá se atropellaron miles de pensamientos de nuevo atroces, o brutales, o grotescos, pero sólo aquella reflexión emergió triunfante y a ella se entregó por entero y entonces sí el sueño lo sumergió en el primer reposo físico desde el comienzo de su enfermedad. Alta estaba la tarde cuando despertó; hacía frío y María vigilaba inquieta su largo sueño. Extendió la mano y aprisionó la de la muchacha; le sonrió largamente aunque sus ojos conservaban una pesada tristeza. Había vislumbrado la señal y jamás volvería a perderla.

1 ... 22 23 24 25 26 27 28 29 30 ... 55
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)