Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– La verdad, me extraña mucho que siendo tan tonto aprendas tan rápido.
Lo dijo con cariño, pero de todas formas sus palabras fueron como un jarro de agua fría para mi orgullo. ¿Por qué tenía que estropear mi alegría de un momento como aquél? Quizá sólo tenía miedo de que alguien como yo fuera por su camino y no siguiera el de nadie más, y que no me conformaría con menudencias; no en vano había sido capaz de amotinarme. Pero casi siempre me he conformado con cualquier cosa, si era por una buena causa: la mía.
El segundo y último desacuerdo de aquel momento vino de Deval. Cuando estibábamos el ancla para volver a casa no me seguía el ritmo y se limitaba a coger lo que corría por mis manos. Cuando íbamos a cambiar la vela trabajaba tan despacio que sólo era un estorbo; colgar y desgarrar trapos era algo que, por lo menos, yo ya había aprendido en el Lady Mary. Cuando alguna vez amarrábamos en el muelle yo hacía nudos con una sola mano, mientras Deval sólo sabía hacer nudos hacia un lado. Cuando izábamos la lancha con las poleas, Deval apenas podía subir la proa a la superficie cuando la popa, que estaba de mi lado, ya la había subido a la altura de la borda. No, la verdad es que no servía para mucho si nos comparamos honestamente.
Le pregunté a England cómo era posible que Dunn hubiera reclutado como marinero a un inútil como aquél.
– Todos tenemos nuestras cosas -dijo England, que ya era un hombre que más tarde sería respetado por su comprensión-. Siempre puede ser útil tener a bordo a un francés.
– Pero seguro que se puede conseguir mejor gente -repliqué.
– No en nuestros círculos -contestó England-. ¿Conoces a muchos lobos de mar que se las arreglen en otro idioma distinto del suyo? ¿En tierra firme?
Tuve que admitir que no. A bordo del Lady Mary se hablaban todos los idiomas posibles a excepción del español y el francés, ya que la guerra los prohibía, pero nosotros teníamos el idioma propio de los lobos de mar, una jerigonza bienaventurada, mezcla de todos los idiomas posibles. Sin embargo, ¿quién iba a utilizarlo con una mínima seguridad y haciéndose entender? Que yo supiera, nadie.
– Además…
England dudaba.
– … además, no se elige a los más cercanos aunque uno quiera.
– ¿Los más cercanos? -repetí-. ¿Qué quieres decir?
– No sé si debiera decírtelo, pero te aprecio y confío en que sabrás cerrar el pico.
– Claro -aseguré-. Siempre se puede confiar en John Silver.
– La madre de Deval también es la madre de Elisa. Elisa y Deval son hermanastros. Cuando era joven, Dunn fue a un burdel en Francia, como todos nosotros solemos hacer. Cuando volvió el año siguiente le comunicaron que era padre de una criatura, si es que eso se puede saber a ciencia cierta en el caso de una puta, pero el caso es que Elisa era igualita que su padre. Desde luego, Dunn no lo dudó. La criatura era suya. Y no te lo creas si no quieres, pero exigió hacerse cargo de ella; su hija no iba a crecer en un burdel mientras él pudiera evitarlo. Y pudo, ya sabes cómo es, pero a qué precio, si me permites que lo diga. La puta accedió a cambio de una determinada cantidad de dinero, pero además obligó a Dunn a que se hiciera cargo de otro de sus vástagos: Deval.
¡Elisa y Deval, hermanastros! Si no podían ser más diferentes…
– ¡Por todos los demonios! -fue lo único que pude decir.
– ¿Verdad que sí? -contestó England-. Dunn es el hombre más justo que conozco, pero tiene sus puntos flacos. Como todos.
En ese instante apareció Dunn en cubierta. Se puso al lado de la amura y miró hacia la oscuridad. England me dirigió una mirada de advertencia.
– Está bien, Edward -dijo Dunn sin darse la vuelta-. Debería habérselo contado yo mismo. Supongo que me daba vergüenza.
– ¿Te daba vergüenza? -pregunté-. ¿Por qué?
– Por navegar con un marinero inútil. Porque eso es lo que es. Pero di mi palabra, así que no se puede hacer nada.
Pensé que no era tan difícil hacer algo, pero no dije ni pío.
– Sin embargo -continuó Dunn-, no di mi palabra de contarle a Elisa cuál es su procedencia. Ninguno de los dos lo sabe. Os pido que lo tengáis muy en cuenta. Sí: a ti, Edward, no necesito decírtelo. Todos tenemos nuestros puntos flacos, es verdad. El mío es Elisa. Así que ya lo sabes, John.
– Hago todo lo que puedo -contesté.
– Es preciso que Elisa sea feliz -dijo Dunn en un tono que no se diferenciaba mucho del de Wilkinson.
Dio media vuelta y se volvió al camarote, ya que no estaba de guardia.
– Nunca entenderé a la gente -dijo England en voz baja al cabo de un rato-. Y mucho menos a los padres. ¿Sabes por qué me pusieron England? Para que nunca olvidara al opresor de nuestro país. Para que me rebelara y luchara contra los ingleses con las manos desnudas si fuera necesario. ¿Te imaginas?
Guardó silencio y continuó tras un momento de reflexión.
– Pero una cosa es bien cierta: aprecio mucho a Dunn, aunque por nada del mundo quisiera ser su yerno.
Yo ya empezaba a creer que algo de verdad había en sus palabras, al margen de lo que yo sintiera por Elisa y por la vida en libertad de los contrabandistas en alta mar, que por lo demás parecía una forma de vida adecuada y agradable para un tipo como yo.
– ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? -pregunté irritado-. Llevamos una vida que ya la quisieran muchos. Igual que ese Deval, que se enfada sólo porque soy mejor que él. Y luego resulta que no se puede hacer nada para remediarlo. Ni siquiera tirar al pobre diablo por la borda.
– No te preocupes -dijo England de buen humor-. Podía haber sido mucho peor.
– ¿Quieres decir que todos tenemos nuestros puntos flacos?
– Exacto.
Estaba claro que tenía mucho en qué pensar, pero no me dejé abatir. No tenía intención de dejar a Elisa mientras ella me permitiera ir a mi aire. Sólo me preocupaba una cosa: saber qué unidad de medida utilizaba Dunn para calcular la felicidad de su hija. ¿De qué se trataba? ¿De que no llorara más que una vez al mes? ¿Que pareciera contenta la mayor parte del tiempo? ¿Que hablara como siempre, a mi costa? Por ejemplo, a ojos de Dunn, ¿era culpa mía que Elisa se pusiera triste porque yo, como ella lo expresó, era demasiado tonto para entender lo que no entendía? ¿Me iba a cargar Dunn con esa responsabilidad? En fin, estuve dándole vueltas a estos asuntos hasta que me rendí, cansado de hacerme preguntas que no podía contestar, por lo menos con toda sinceridad.
Lo cierto es que los enfados de Deval no me preocupaban en absoluto. Al contrario: me hacían ser especialmente amable con él después de entender que estaba a bordo para quedarse. Con amabilidad conseguía más de lo que se podía esperar. Cuando atracamos bajo los muros de granito de Saint Malo había conseguido de él mucho más de lo que hubiera deseado. Ahora era casi como un perro, y me hubiera lamido el culo con sólo pedírselo, cosa que me cuidaría muy mucho de hacer. No estaba el horno para bollos.
Dunn tenía negocios con los armadores bien establecidos de Saint Malo, que cargaban sus barcos con cualquier mercancía, ya fuera bacalao o producto de los saqueos de los corsarios, pasando por los botines logrados y las mercaderías corrientes. Se llevó a Elisa para que no lo engañaran, cosa que podía ocurrir fácilmente con gente tan especuladora como aquélla. England sugirió que nosotros tres, que componíamos la tripulación, nos habíamos ganado merecidamente una noche de asueto sin mujeres ni capitanes, como dijo él.