La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
Casi volvió a dormirse. Pena, pena, pena.
Pena no, pensó; aunque al acordarse de Siete Niñas que Esperan y de Mariposas Rosadas y del árbol vivo, pensante, que gobernaba benignamente la laguna y el prado en flor en el país de las piedras resbaladizas, algo le dolió.
Pena, pena, pena, cantaba el viento de la noche, jadeante.
Pena no, se dijo por dentro: odio. Los hombres del pantano han matado a Pies Voladores, que algunas veces, cuando él era pequeño, le había dado de comer de lo mucho que tenía. Matarían a Dedo de Sangre y a Hojas que se Comen, a Dulce Boca y a su madre.
Pena, canta pena.
Pena no, pensó: el viento, el árbol. Se sentó, escuchando para convencerse de que sólo oía los suspiros del viento, o acaso los murmullos del árbol, que estaba recordando sitios mejores. Fuera lo que fuese —quizá, por cierto, se había equivocado respecto a ese solitario árbol con su ruedo de juncos— no era un sonido de enojo. Era… nada.
El viento perdido suspiraba, pero no con palabras. Alrededor las hojas se estremecían apenas. Muy arriba y muy lejos resonó el trueno. Pena, cantaron muchas voces. Pena, pena, pena. Soledad, y la noche que viene para no irse nunca.
El viento no; no el árbol. Los hijos de la Sombra. En alguna parte. Paso en la Arena dijo, en voz baja:
—Cumplida mañana. No me siento solo ni triste, pero cantaré con vosotros.
Pena, pena, pena. Recordó que el Viejo Sabio había dicho: «Porque te hemos nombrado amigo de la Sombra, antes de que termine esta noche has de aprender a pedirnos ayuda cuando la necesites». Con optimismo de niño, había esperado liberar a su gente sin recurrir a extraños, pero si los hijos de la Sombra querían ayudarlo él no se negaría.
—Soledad —cantó con ellos, y entonces, cerrando los labios y abriendo la mente a las nubes y las vacías millas de agua y juncos—, y la noche que viene para no irse nunca.
Pena, pena, pena, cantaron de nuevo los hijos de la Sombra en alguna parte; pero ahora esa canción de la mente parecía menos una expresión de sentimientos y más un rito, una canción tradicional para estas circunstancias. Lo habían oído. Ven a nosotros, amigo de la Sombra. Auxílianos en nuestra pena.
Intentó hacer alguna pregunta, y descubrió que no podía. Porque su pensamiento ya no era el pensamiento de la canción, porque ya no oscilaba ni pedía junto con los demás; el contacto se había roto y él estaba solo.
Auxílianos, auxílianos, cantaron los hijos de la Sombra. Ayúdanos.
Paso en la Arena bajó del árbol, temblando al pensar en el oso demonio. Lejos en la noche un pájaro rió malignamente. No sólo le era difícil decir de dónde venía el canto; al andar la sensación se le confundía con los movimientos de la mente. Se detuvo, primero tieso y de pie, luego apoyado contra el tronco de un árbol, por fin con los ojos cerrados y echando la cabeza atrás.
Pena, pena, pena. Una dirección —tal vez— noroeste; alejándose en diagonal del cauce principal del río. Miró el cielo, esperando orientarse con el Ojo del Frío, pero las nubes, apretadas fila tras fila, no dejaban ver estrella alguna más de un instante.
Anduvo y chapoteó; luego hizo alto, incómodo por su propio ruido. Alrededor el pantano parecía escuchar. Probó de nuevo, y en unos cientos de pasos ideó un modo de caminar razonablemente silencioso. Con las rodillas en alto, movía rápidamente las piernas en el agua y las depositaba arqueando los pies como un buceador. Como un pájaro de vado, pensó. Recordó las veces que había visto al patilargo y emplumado ensartasapos dando zancadas por la margen del río. En verdad que soy Paso en la Arena.
Pero bajo los pies ahora había fango. Varias veces tuvo miedo de hundirse, y varios animales en cierto modo parecidos a las ratas de roca se escabullían ante él o se zambullían en los charcos. Algo que no alcanzaba a ver le silbaba desde matorrales de juncos y negras bocas de madriguera.
Pena, pena, pena, cantaron los hijos de la Sombra, ahora más cerca. El suelo, si bien blando aún, ya no estaba cubierto de agua estancada. Paso en la Arena se movía de una sombra a otra, quieto cuando las nubes filtraban la luz de la esfera hermana. Una voz —una fina voz de hijo de la Sombra, pero voz real que llegaba a los oídos— dijo, a cierta distancia pero claramente:
—Están esperando para atraparlo.
—No lo atraparán —respondió una segunda, mucho menos clara—. Es nuestro amigo. Los matará… los mataremos a todos.
Paso en la Arena se agazapó entre unas cañas. Cinco minutos, diez minutos estuvo sin moverse. Arriba las nubes huían hacia el este y eran reemplazadas por otras. El viento balanceaba los juncos, susurrando. Al cabo de largo rato una voz, no de hijo de la Sombra, dijo:
—Se han marchado. Si es que estuvieron alguna vez. Los oyeron.
Una segunda voz gruñó. A cien o más pasos delante de él le pareció que algo se movía; más que verlo lo oyó. Otros cinco minutos después dio media vuelta y echó a caminar.
Una hora más tarde supo que había cuatro hombres esperando en los ángulos de un tosco cuadrado, y sospechó que en el centro estaban los hijos de la Sombra. Que lo cazaran no era una experiencia nueva —dos veces, de niño, lo habían cazado hombres famélicos— y ahora sería más sencillo escabullirse y encontrar un nuevo lugar de dormir o volver al antiguo. En cambio se arrastró hacia adelante, con miedo y excitación a la vez.
—Pronto habrá luz —dijo uno de los hombres, y otro le respondió:
—Todavía pueden venir más; calla.
Paso en la Arena había llegado casi al centro del cuadrado.
Avanzó despacio, a gatas. Tocó el aire con la mano. Delante de él la tierra ya no era lisa. Tanteó. La tierra caía en una cuesta empinada, muy blanda.
Atisbo la oscuridad, y una aflautada voz de Sombra dijo en un susurro:
—Te vemos. Avanza un poco más, si puedes, y alarga las manos.
Unos diminutos dedos esqueléticos le tomaron las manos. Paso en la Arena sintió que tiraban de él y que muy cerca había una forma pequeña y oscura; un tirón más y hubo otra. Tres, pero la primera ya se había apagado entre las cañas. Cuatro, pero junto a él sólo el recién llegado. Cinco, y él y el quinto estuvieron solos. Casi tendido en el suelo, dio media vuelta y empezó a gatear retrocediendo. Alrededor hubo ruidos sigilosos, y uno de los cazadores, casi al oído —le pareció—, dijo:
—Ve a mirar.
Luego un estruendo, como si se hubieran quebrado cien cañas, y el confuso ruido de una pelea. A la derecha un hombre se incorporó y echó a correr. Cuando pasaba, el hijo de la Sombra más próximo se le lanzó a los tobillos y el hombre del pantano cayó hacia adelante.
Casi antes de que golpeara el suelo, Paso en la Arena estaba sobre él, hundiendo en el cuello los pulgares despiadados como piedras. Destelló el relámpago, y vio la cara contorsionada, y dos manitas que se alargaban a arrancarle los ojos al hombre del pantano.
Luego estuvo de pie; no se veía nada, y los del pantano aullaban y una voz fina estaba gritando. Frente a él asomó un hombre, y Paso en la Arena le dio un experto puntapié, y luego, con las manos, tiró la cabeza hacia abajo y la golpeó con las rodillas; dio un paso atrás y sobre los hombros del hombre había un hijo de la Sombra, las descarnadas piernas trabando la garganta y los dedos hundidos en el pelo.