La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
– ¿Se refiere a un allanamiento? -preguntó Brunetti, a sabiendas de que no era así.
Ella movió los labios y suavizó la voz.
– No, no, nada de eso. No me he expresado con claridad. Me dijo que uno de sus informáticos…, ya sé que tienen título pero no sabría decirle cuál, le había dicho que tenía pruebas de que alguien había entrado en sus ordenadores.
– ¿Y había robado algo? -preguntó Brunetti. Y añadió, con total sinceridad-: Debo confesarle que no soy la persona más indicada para estos asuntos. No poseo grandes conocimientos de lo que la gente puede hacer con los ordenadores -sonrió, para mostrar su buena fe.
– Pero conoce las leyes, ¿no?
– ¿Sobre estas cuestiones? -preguntó Brunetti y, al ver que ella asentía, tuvo que añadir-: Me temo que no. Debería preguntar a un magistrado, o a un abogado -entonces, como si acabara de ocurrírsele la idea, dijo-: Sin duda su esposo tendrá un abogado al que consultar.
Ella se miró las manos, que mantenía juntas en el regazo, y dijo:
– Lo tiene, pero me dijo que no quiere preguntarle a él. Es más, después de hablarme de eso, dijo que no quiere hacer nada al respecto -levantó la cabeza y miró a Brunetti.
– No sé si he entendido bien -dijo el comisario mirándola a los ojos.
– El que le habló del caso, el técnico informático, le dijo que esa persona se había limitado a abrir algunos de los archivos de sus cuentas bancarias y carpetas de valores, como si tratara de averiguar cuánto posee y cuál es su valor -volvió a mirarse las manos y, al seguir la dirección de su mirada, Brunetti vio que eran manos de mujer joven-. El hombre dijo que podía tratarse de una investigación de la Guardia di Finanza.
– ¿Puedo preguntarle entonces por qué ha venido? -inquirió el comisario con sincera curiosidad.
La mujer tenía labios gruesos y rojos, y él vio que se frotaba el inferior con los dientes de arriba, como si lo masticara ligeramente. La joven mano apartó un pálido mechón que le rozaba la mejilla, y él se preguntó si su piel tenía la sensibilidad normal o ella lo había notado porque le había caído sobre el ojo.
Después de un lapso de tiempo -y Brunetti tuvo la impresión de que la mujer buscaba las palabras para explicarse la idea incluso a sí misma-, ella dijo:
– Me preocupa que él no quiera hacer nada -sin dar a Brunetti tiempo de preguntar, añadió-: Eso es ilegal. Es decir, supongo. Es una intrusión, una invasión. Mi marido dijo que el informático se ocuparía de ello, pero sé que no piensa hacer nada.
– Aún no estoy seguro de entender por qué ha venido a hablar conmigo -dijo Brunetti-. No puedo hacer nada, a menos que su esposo formule una denuncia. Y entonces un magistrado tendría que examinar los hechos y las pruebas para determinar si existe delito, de qué clase y en qué grado -se inclinó hacia adelante y, añadió, como hablando a una amiga-: Y me temo que todo eso requeriría tiempo.
– No, no -dijo ella-. Yo no quiero eso. Si mi marido no desea tomar medidas, está en su derecho. Lo que me preocupa es por qué no quiere -lo miró fijamente al decir-: Y he pensado en preguntárselo a usted -no dijo más.
– Si ha sido la Guardia di Finanza -empezó Brunetti al cabo de un momento, sin ver motivo para no hablar sinceramente, por lo menos acerca de esto-, será por cuestión de impuestos, otro de los campos en los que no tengo competencias -ella asintió y él continuó-: Sólo su esposo y sus contables pueden responder.
– Sí, ya lo sé -admitió ella rápidamente-. No creo que haya de qué preocuparse.
Eso, pensó Brunetti, podía significar muchas cosas. O bien que el marido no defraudaba, lo que parecía dudoso, o que sus contables eran especialistas en enmascarar el fraude, que parecía lo más seguro. A no ser que Cataldo, con su fortuna y posición, conociera a alguien de la Guardia di Finanza que pudiera hacer desaparecer cualquier irregularidad.
– ¿Se le ocurre alguna otra posibilidad? -preguntó.
– Podría ser cualquier cosa -dijo ella con una seriedad que a Brunetti le pareció inquietante.
– ¿Como, por ejemplo? -preguntó.
Ella rechazó la pregunta con un ademán, luego volvió a juntar las manos, entrelazó los dedos y dijo mirándolo de frente:
– Mi marido es un hombre honrado, comisario -esperó un comentario y, como no llegaba, repitió-: Honrado -volvió a dar a Brunetti ocasión de responder, que él no aprovechó-. Ya sé que eso no parece lo más probable en un hombre tan próspero -con repentina vehemencia, como si Brunetti hubiera manifestado sus reservas en voz alta, ella prosiguió-: No me refiero a sus negocios. No sé mucho de ellos, ni deseo saber. Eso es asunto de su hijo, y no deseo inmiscuirme.
No puedo hablar de lo que hace en sus empresas. Pero lo conozco como hombre y sé que es honrado.
Mientras escuchaba, Brunetti hacía la lista de los hombres que a él le constaba que eran honrados y que habían sido empujados al fraude por las varias depredaciones del Estado. En un país en el que la quiebra fraudulenta ya no se consideraba delito grave, no hacía falta mucho para que a cualquiera se le tuviera por hombre honrado.
– … en Roma se le consideraría una persona honorable -concluyó ella, y Brunetti no tuvo dificultad en imaginar las frases que su divagación le había impedido escuchar.
– Signora -empezó, decidiendo tratar de establecer un tono más formal-, aún no estoy seguro de poder serle de ayuda en esto -sonrió, para demostrar su buena voluntad y añadió-: Me sería muy útil que me dijera, concretamente, qué es lo que teme.
Con un movimiento que a él le pareció totalmente maquinal, ella empezó a frotarse la frente con la mano derecha. Entonces se volvió hacia la ventana y Brunetti pudo observar, no sin cierto malestar, cómo se le blanqueaba la piel bajo las yemas de los dedos. Entonces ella lo sorprendió levantándose de pronto y yendo a la ventana y lo sorprendió de nuevo al preguntar, sin volverse a mirarlo:
– ¿No es San Lorenzo eso de ahí delante?
– Sí.
Ella siguió mirando a la iglesia en eterna espera de restauración que se levantaba al otro lado del canal. Finalmente, dijo:
– Murió asado sobre una parrilla, ¿verdad? Querían hacerle abjurar de su fe.
– Eso cuenta la historia -respondió Brunetti.
Ella se volvió y regresó hacia él diciendo:
– Cómo sufrían aquellos cristianos. Realmente, adoraban el sufrimiento, nunca tenían bastante -se sentó y miró al comisario-. Creo que una de las razones por las que admiro a los romanos es que a ellos no les gustaba sufrir. No parece que les importara morir, lo hacían con nobleza. Pero no gozaban con el sufrimiento -por lo menos, el que ellos tuvieran que padecer- como gozaban los cristianos.
– ¿Es que ya ha terminado con Cicerón y pasado a la Era Cristiana? -preguntó él con ironía, tratando de animarla.
– No -respondió ella-; los cristianos no me interesan. Como le decía, les gusta demasiado sufrir -calló, lo miró largamente y dijo-: Ahora leo los Fastos de Ovidio. No lo había leído, aún no había sentido la necesidad -entonces, con énfasis, como si le arrancaran las palabras y como si pensara que Brunetti desearía correr a casa para empezar la lectura, añadió-: Libro Segundo. Todo está ahí.
Brunetti sonrió y dijo:
– Hace tanto tiempo, que ni siquiera recuerdo haberlo leído. Tendrá que perdonarme -no se le ocurrió mejor manera de expresarlo.
– No hay nada que perdonar, comisario, por no haberlo leído -dijo ella, mientras sus labios hacían un amago de sonrisa. Entonces volvió a cambiarle la voz y su cara recuperó la inmovilidad-. Tampoco hay nada que perdonar en el texto -otra vez aquella mirada larga-. Quizá quiera leerlo un día -entonces, sin transición, como si no se hubiera producido la incursión en la cultura romana o hubiera advertido la impaciencia del comisario, dijo-: Lo que temo es un secuestro -asintió varias veces, reafirmándose-. Ya sé que es una tontería y sé que en Venecia no pasan estas cosas, pero es la única explicación que se me ocurre. Eso puede haberlo hecho alguien que quería saber cuánto puede pagar Maurizio.