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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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– ¿Su gato hace siempre caso omiso a lo que lo rodea? -preguntó Kincaid cuando un traqueteo de loza le indicó que Madeleine Wade había regresado.

– Creo que ni el Apocalipsis perturbaría el sueño de Ginger, pequeño bicho calamitoso. Lo tengo porque relaja a mis clientes. -Colocó una bandeja con tazones y una tetera de barro sobre una mesa baja que había delante del sofá y se sentó. Sin prisa empezó a servir.

Kincaid la miró desde la ventana cómo se concentraba en la tarea. Todos sus movimientos eran elegantes y económicos, y encontró el contraste entre su cara y su porte seguro curiosamente desconcertante.

– ¿Y la música? -preguntó-. ¿Tiene la misma función?

Ella se acomodó en su asiento con su tazón.

– ¿Le gusta? Está estructurada para que el cerebro emita ondas alfa. Al menos esa es la teoría, pero se llama música angelical, y creo que prefiero la descripción más imaginativa.

Deveney, que se había sentado en una de las sencillas sillas artesanales junto al sofá, levantó su taza, olió y sorbió cautelosamente.

– ¿Qué es esto? -preguntó agradablemente sorprendido.

Madeleine Wade se rió.

– Manzana con canela. Encuentro que es una buena elección para los no iniciados. Resulta familiar y nada amenazadora. -Se volvió hacia Kincaid que fue a sentarse junto a Deveney-. Y ahora, ¿en qué puedo ayudarlo, comisario? Supongo que están aquí por la muerte de Alastair Gilbert, ¿no es así?

Kincaid cogió su tazón de la bandeja e inhaló el aroma que subía de la superficie.

– Tenemos entendido que denunció un robo hace unas semanas, señora Wade. ¿Nos puede explicar las circunstancias?

– Ah. La teoría del ladrón-asesino, ¿cierto? -Sonrió mostrando unos dientes no muy bien puestos pero que tenían el aspecto de haber sido cuidados sin reparar en gastos.

– Es la hipótesis más popular en el pueblo. Un vagabundo, creyendo que la casa está vacía, aprovecha la oportunidad para entrar a robar y cuando el comandante lo coge con las manos en la masa se deja llevar por el pánico y lo mata. Eso es muy conveniente para todo el mundo, comisario, pero puedo ver al menos un fallo lógico. Mi robo, si lo quiere llamar así, puesto que nunca hallé señal alguna de que forzaran la puerta, ocurrió hace casi tres meses. Si un vagabundo hubiera estado merodeando por el pueblo durante tanto tiempo, alguien lo hubiera visto.

Aunque en privado estaba de acuerdo con ella, Kincaid estaba empezando a elaborar su propia teoría y se limitó a replicar con otra pregunta.

– Si no forzaron la puerta, ¿qué fue lo que le alertó de que le faltaban algunas cosas?

Mientras hablaban la música había terminado y en el silencio Kincaid oyó el gato moverse, luego oyó su ronroneo al estirarse y cambiar de posición. Le pareció que Madeleine imitaba el gato cuando estiró sus largas piernas y cruzó los tobillos. La mujer dijo:

– Primero fue un anillo antiguo con un granate, regalo de mi madre por mi veintiún cumpleaños. Pensé que lo había perdido por la casa, que volvería a aparecer, y no le di demasiadas vueltas. Luego, un par de días más tarde, eché también en falta un broche y me empecé a preocupar y a buscar un poco. Descubrí que habían desaparecido algunas piezas pequeñas de plata de mi familia, y un par de cosas más. Un hervidor de cerámica para huevos, por ejemplo. ¿Dígame comisario, por qué querría alguien robar un hervidor para huevos Royal Worcester?

– ¿Tiene idea de si todas esas cosas desaparecieron simultáneamente?

Madeleine sopesó la pregunta un momento antes de responder.

– No. Lo siento. Me temo que no lo puedo asegurar. Había usado el anillo más recientemente que los objetos de plata. Más allá de eso no puedo asegurar nada.

– ¿Y no notó nada fuera de lugar en su apartamento? ¿No hubo extraños durante esos días? -Kincaid encontró que no le gustaba el sabor fuerte de la canela en el té y dejó discretamente el tazón en la bandeja sin apartar los ojos de Madeleine.

Ésta hizo un gesto dramático con la mano, con la palma hacia arriba.

– Como puede ver, mis dependencias son bastante pequeñas, tan sólo esta sala, la cocina y un dormitorio. Elegí renunciar a muchas de mis posesiones cuando vine aquí y soy ordenada por naturaleza, así que resultaría difícil para alguien revolver entre mis cosas sin yo darme cuenta. Y sin embargo, no noté nada. -Gesticuló de un modo casi latino en su elocuencia-. Esto me hace pensar en las historias de los Brownies * que oí de pequeña. Si mal no recuerdo, se trataba de elfos benévolos. En estos robos no noto malicia.

Kincaid consideró enigmáticos la referencia a su pasado y este último comentario. Mientras decidía cuál de las dos líneas proseguir, Deveney se adelantó en su silla y dijo:

– Pero sin duda hay otras personas que vienen a su apartamento. Clientes, amigos. ¿Y qué hay de Sarah, la chica que trabaja abajo? ¿Podría ella haberse llevado las cosas?

– ¡Nunca! -Madeleine se puso tensa, recogió sus pies desde su posición relajada y por primera vez parecía torpe, como si fuera demasiado alta para sentarse cómodamente en el sofá. Dijo ferozmente-: Sarah me ha ayudado desde que tenía catorce años. Es una buena chica y la considero como mi propia hija. ¿Por qué iba de repente a robarme cosas?

A Kincaid se le ocurrieron miles de razones por las cuales una chica de diecisiete años podría robar (la más importante, drogas o un novio que las toma), pero no tenía deseos de suscitar aún más el antagonismo de Madeleine. Y al haber conocido a Sarah, se sintió inclinado a coincidir con la valoración de Madeleine. Por un momento deseó urgentemente que Gemma estuviera aquí, porque ella hubiera sido más discreta al hacer la pregunta. Eso si jamás hubiera decidido formularla.

– Nunca se es demasiado prud…

– Estoy seguro de que la señora Wade tiene razón, Nick -interrumpió Kincaid lanzando a Deveney una mirada severa.

Deveney se sonrojó y dejó su tazón con un golpe perceptible.

– Dígame, señora Wade -dijo Kincaid-, ¿a qué se refería exactamente cuando dijo que no notó malicia en estos robos?

Lo miró por un momento, como si estuviera tomando una determinación, y luego suspiró. Su enfado parecía haber consumido el deleite que Kincaid había notado en su actitud y ahora hablaba con sosegada gravedad.

– Comisario, nací con un don. No es que sea poco común. Creo que hay muchas personas con dotes parapsicológicas que o bien utilizan o reprimen según su grado de incomodidad con el fenómeno. Asimismo decidí hace mucho tiempo que el vehículo para expresar estas dotes también es irrelevante. No importa si uno lee la palma de la mano o predice los resultados de las carreras, como tampoco importa si uno escribe una novela a lápiz en una libreta o con el último procesador de textos. Todo viene de la misma fuente.

Aunque Kincaid no había mostrado señal alguna de impaciencia, ella lo miró como si evaluara su respuesta y dijo:

– Tenga paciencia, por favor. Debe comprender que no estoy condenando a aquellos que reprimen sus capacidades. -Sus ojos, verdes y directos, se volvieron a encontrar con los de Kincaid-. Yo era uno de ellos. Para cuando empecé la escuela ya había aprendido que no era aceptable hablar de lo que podía ver y sentir, al menos no a los adultos. No parecía molestar a los otros niños, pero si lo mencionaban a sus padres ya no era bienvenida. Los niños tienen normalmente un instinto de conservación muy desarrollado y yo no era una excepción. Enterré lo que me hacía diferente tan profundamente como pude.

Kincaid pudo imaginar fácilmente a Madeleine como una niña torpe y extraordinariamente poco agraciada. Al no poder controlar las características que la convertían en blanco de burlas, habría de controlar cualquier otra cosa que estuviera en sus manos. Y eso, pensó Kincaid, a cualquier precio.

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* Unos relatos sobre una banda de geniecillos escritos por Palmer Cox a finales del siglo XIX. (N. del T.)

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