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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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Depositó la copa con sumo cuidado en la mesa baja y se levantó del sofá para acercarse al ventanal. Se plantó de espaldas a él con las manos en jarras.

– Me alegro de que esa marrana esté muerta -dijo. Dejó caer los brazos y volvió la cabeza para mirarlo-. Supongo que pensará usted que soy una furcia de campeonato, señor… Perdone, ¿cómo ha dicho que se llama? Ah, Quirke, eso es, disculpe. Y supongo que sí, que lo soy. Una furcia. Pero ella era una puta despreciable, y con toda franqueza me alegro de que no ande por ahí dando la lata.

Frunció el ceño y ladeó la cabeza como si estuviera escuchando algo en su interior, y entonces se disculpó y pasó veloz a su lado saliendo de la sala. La oyó subir deprisa al piso de arriba, oyó un portazo. Estaba sentado en una silla blanca, cuadrada, con las manos en las rodillas. Poco a poco se fue coagulando el silencio a su alrededor. La casa era como una casa de muñecas desmesurada, con las paredes pálidas y el mobiliario más pálido aún, las coquetas mesitas, las sillas cúbicas. El aire no olía a nada. Era como una casa en la que aún no se hubiera vivido. Miró fuera, el jardín mojado, zarandeado por el viento, en donde brillaba el sol de la tarde. Arriba se oyó una cisterna en un retrete, y el agua borboteó al bajar por un entramado de tuberías. Salió con sigilo al vestíbulo y se encaminaba hacia la puerta de la calle cuando ella apareció encima de él, en lo alto de las escaleras. Se había cambiado de ropa,

se había puesto un suéter negro, con cuello de polo, y unos pantalones negros, de pinzas. Se detuvo y ella bajó hacia donde estaba. Se había quitado el maquillaje y su rostro ostentaba ahora una textura caliza, cruda.

– Vaya, a punto estaba de escaparse, ¿eh? -dijo, y procuró resultar animada, aunque enseguida apartó la mirada-. Lo lamento -dijo-. No soy una gran bebedora.

Lo condujo a la cocina. También allí todo era de plástico blanco y de cristal y de acero inoxidable, gris y mate. El se sentó en un taburete alto, con el codo apoyado en la encimera de cerámica, mientras ella echaba cucharadas de café en una cafetera metálica, con una tapadera de cristal abombada, que puso al fuego. Se las había compuesto para que se le pasara la borrachera, y con su severo atuendo, completamente negro, su contorno se distinguía en pronunciado contraste con el blanco de la cocina, de modo que era una persona distinta de la que se había arrellanado en el sofá, resuelta a seducirle y a lucir su belleza de huesos grandes, ufanándose casi del diluvio de estiércol que se había precipitado sobre su vida.

El agua de la cafetera comenzó a borbotear con el hervor, salpicando la tapadera de cristal. Kate estaba con los brazos cruzados, la cadera apoyada contra la cocina, estudiándose las punteras de los zapatos negros que se había puesto en lugar de las sandalias egipcias. Él le ofreció un cigarro que ella no aceptó.

– ¿Ha tenido celos alguna vez, señor Quirke? -preguntó-. Quiero decir celos de verdad, si ha estado alguna vez celoso no de algo que sospeche, sino de una persona definida, precisa, identificable, de una cara y un cuerpo que sabe que son de verdad, que se puede representar en una cama, haciendo cosas. Esa clase de celos le hacen a una sentirse fatal, se lo digo yo. Físicamente fatal a todas horas, como con la peor resaca que haya podido tener nunca. ¿Ha tenido usted alguna vez el infortunio de verse en ese estado?

Vio de súbito a su esposa, a Delia, antes de que se casaran; la vio alejarse de él, vestida sólo con unas sandalias de tacón alto y un collar de perlas, y volviéndose a mirarlo por encima del hombro con esa sonrisa gatuna que tenía, un mínimo trocito de lengua asomado entre los labios pintados de un rojo intenso.

– No -dijo. Se dio cuenta de que había sacado el bolígrafo de rosca y de que estaba enredando con él entre los dedos-. No de esa manera.

– De lo que nadie avisa, ni los libros ni nadie, es de la soledad que se siente. Los celos a una le hacen sentir que es la única persona que sufre en el mundo, la única persona que sufre esa tortura, que es como tener la hoja de un cuchillo al rojo vivo clavada en el costado, en el lado donde antes estaba el corazón -esbozó de nuevo su sonrisa de ojos humedecidos, una sonrisa llorosa. Quirke se imaginó en el acto de extender las manos y presionar sus dedos sobre sus sienes y acercarse la cabeza de ella hacia sí, muy despacio, para besarla en los párpados, primero el uno, luego el otro. A la cruda luz que se reflejaba en las paredes resplandecientes veía las incontables, minúsculas imperfecciones de su piel y el vello apenas perceptible en su labio superior.

Ella apagó el gas y tomó dos tazas de un armario de encima de la cocina para colocarlas sobre la encimera y servir el café.

– No debería haberle llamado por teléfono, creo yo -dijo-. En el fondo no era nadie, nada más que otra aspirante a puta, una mujerzuela absolutamente corriente, peor aún, deleznable, recogida en los arrabales -se llevó la taza a los labios y entornó los ojos al percibir el calor del café-. Esa es otra cosa que nadie cuenta, el modo en que la otra mujer, ¡la otra!, incluso cuando una la conoce, se convierte en una especie de serpiente perversa, maligna, intrigante, irresistible, que se enrosca en torno a la vida de una y deja un rastro de baba asquerosa en todas las cosas,

extrayendo la bondad que pudiera una tener dentro. En el fondo del corazón una sabe que no pasa de ser una persona como cualquier otra, como una misma incluso, tal vez un poco más egoísta que la mayoría, un poco más despiadada, deseosa de salirse con la suya, decidida a quedarse con el hombre en el que haya puesto los ojos, igual da que esté casado con otra, que ella sigue siendo pese a todo un ser humano. Pero eso es algo que una no se puede permitir, que una no reconoce de ninguna manera. O no lo reconoce al menos si le queda un ápice de respeto por sí misma, claro -se bebió el café a sorbos cortos, torciendo el gesto por el calor que le escaldaba la lengua, como si se castigase. Quirke la observó-. No -dijo-, tiene que ser otra cosa, tiene que ser… ¿Cómo se llama? Una gorgona, algo que no es del todo humano, algo más que humano. Un demonio.

Se llevó la taza a la mesa de plástico que había en el centro de la cocina y se sentó. Miró en derredor. Todo estaba limpio hasta la exageración; la limpieza resplandeciente de todas aquellas superficies le producía un encogimiento interior de rechazo. Incluso el aire, la luz misma de la estancia, parecía purgado de toda posible impureza. Kate lo vio mirar en derredor y le leyó el pensamiento.

– Sí, suelo limpiar muy a menudo -dijo-. Al parecer, ayuda.

Fue a sentarse frente a ella, en la mesa.

– Lo lamento -dijo sin saber de qué estaba pidiendo disculpas exactamente.

– La verdad es que ya soy demasiado mayor para estas cosas, es cierto -dijo ella. Se encorvó sobre la taza de café como si de pronto hubiera sentido frío-. De aquí a dos años tendré cuarenta. ¿Qué hombre se va a fijar en mí cuando sea una cuarentona, eh? -soltó una risa baja, una risa burlona, pero despectiva, y como si entonces aflorase a otro nivel de sobriedad se concentró en él casi con grosería-. ¿Por qué está usted implicado en esta historia -inquirió-, en este repugnante y mezquino melodrama suburbano?

Él se encogió de hombros moviendo uno solo.

– Sufro una curiosidad incurable.

Ella asintió, como si lo considerase respuesta suficiente. Se le ocurrió otra cosa.

– ¿Está usted casado?

– Lo estuve, pero hace ya tiempo. Mi esposa murió.

– Lo siento -dijo, aunque no pareció que lo sintiera; más bien pareció, con la boca apretada y los ojos entornados, que le tuviera envidia por tener un cónyuge difunto-. ¿Qué le sucedió?

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