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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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Las paredes eran de piedra, apenas más altas que mi cabeza. El techo, muy empinado, estaba salpicado de unas piedras planas que sostenían la paja cuando arreciaban los vientos. Era, en suma, el hogar de uno de esos campesinos pioneros que son la gloria y la desesperación de nuestra Mancomunidad, que un año producen comida de sobra para sostener a la población de Nessus y al otro tienen que ser alimentados para no morirse de hambre. Cuando delante de una puerta no hay camino pavimentado, uno puede juzgar cuán a menudo entran y salen pies por el grado en que la hierba se incrusta en la tierra hollada. Aquí, frente al escalón de piedra, había solamente un círculo de polvo del tamaño de un pañuelo. Cuando lo vi, supuse que si me presentaba en la puerta sin anunciarme tal vez asustara a la persona que vivía en la cabaña (pues supuse que no podía haber más de una), y como el perro había dejado de ladrar, me detuve al borde del claro y voceé un saludo.

Los árboles y el cielo se lo tragaron, dejando nada más que silencio.

Grité otra vez y avancé hacia la puerta con el perro en los talones, y casi había llegado cuando apareció una mujer. Tenía una cara delicada que fácilmente podría haber resultado hermosa si no hubiera sido por los ojos de posesa, pero llevaba un vestido harapiento que se diferenciaba del de una mendiga sólo porque estaba limpio. Un momento después, por el borde de la falda asomó un niño de cara redonda y ojos aún más grandes que los de la madre.

—Siento haberla asustado —dije—, pero me he perdido en las montañas.

La mujer hizo un gesto de asentimiento, titubeó, luego se apartó de la puerta y yo entré. Dentro de las gruesas paredes la casa era todavía más pequeña de lo que yo había pensado, y hedía a cierta verdura fuerte puesta a hervir en una vasija que colgaba de un gancho sobre el fuego. Las ventanas eran pocas y pequeñas, y a causa del grosor de las paredes más parecían cajas de sombras que aberturas de luz. Sentado en una piel de pantera, de espaldas al fuego, había un anciano; tenía los ojos tan desenfocados e inexpresivos que en el primer momento creí que era ciego. En el centro de la estancia había una mesa, y alrededor cinco sillas, tres de las cuales parecían hechas para adultos. Recordé lo que me había dicho Dorcas sobre los muebles que se traían de las abandonadas casas de Nessus para eclécticos dados a costumbres más cultas, pero todas las piezas mostraban signos de haber sido hechas en el lugar.

La mujer advirtió la dirección de mi mirada y dijo: —Mi marido llegará pronto. Antes de la cena.

Le contesté: —No se preocupe; no tengo malas intenciones. Si me permiten compartir esta noche su comida y su sueño a resguardo del frío, y por la mañana me dan instrucciones, me alegraré de ayudar en el trabajo que haya.

La mujer asintió, e imprevistamente, el niño canturreó: —¿Ha visto a Severa?

La madre se volvió hacia él con tal rapidez que me acordé del maestro Gurloes haciendo una demostración de las llaves que controlaban a los prisioneros. Oí el golpe, aunque apenas lo vi, y el niño aulló. La madre fue a bloquear la puerta y él se escondió detrás de un baúl en la otra punta. Entonces comprendí, o creí comprender, que Severa era una muchacha o mujer que consideraba más vulnerable que ella, y a quien había ordenado que se escondiera (probablemente en el desván, bajo el techo) antes de dejarme entrar. Pero razoné que cualquier defensa de mis buenas intenciones sería un derroche con esa mujer, que aunque ignorante no era ninguna tonta, y que la mejor forma de ganarme su confianza era merecerla. Empecé por pedirle un poco de agua para lavarme, y dije que de buen grado la acarrearía desde la fuente que hubiera si me permitían calentarla al fuego. Ella me dio una vasija, y me dijo dónde estaba el manantial.

Aunque en una u otra ocasión he estado en la mayoría de los lugares que convencionalmente se consideran románticos —en las cúpulas de altas torres, en las entrañas del mundo, en edificios palaciegos, en junglas, a bordo de barcos— ninguno de ellos me ha afectado del mismo modo que esa pobre cabaña de piedra. Se me antojaba el arquetipo de aquellas cuevas en las cuales —como enseñan los estudiosos— la humanidad ha vuelto a refugiarse en el punto más bajo de cada ciclo de la civilización. Todas las descripciones de idílicos retiros rústicos que he leído o escuchado (y era una idea que le gustaba mucho a Thecla) han descansado en la limpieza y el orden. Hay una planta de menta bajo la ventana, leña apilada contra la pared más fría, un suelo de lajas relucientes, etcétera. Allí no había nada de esto, ninguna cosa ideal; y sin embargo su imperfección volvía la casa más perfecta, mostrando que los seres humanos podían vivir y amarse en un lugar tan remoto sin la capacidad de convertir su hábitat en un poema.

—¿Siempre se afeita con la espada? —preguntó la mujer. Era la primera vez que me hablaba sin ninguna cautela.

—Es una costumbre, una tradición. Si la espada no estuviera afilada como para poder afeitarme, me avergonzaría de empuñarla. Y si está lo bastante afilada, ¿para qué necesito navaja?

—Pero tiene que ser incómodo sostener una hoja tan pesada, y ha de tener mucho cuidado para no cortarse.

—El ejercicio me fortalece los brazos. Además, me conviene manejar la espada siempre que puedo, para que se me haga tan familiar como los brazos. —Así que es soldado. Me había parecido. —Soy carnicero de hombres.

Pareció desconcertada, y dijo: —No quería ofenderlo.

—No me ha ofendido. Todo el mundo mata ciertas cosas; usted mató esas raíces al ponerlas a hervir en la vasija. Guando yo mato a un hombre, salvo a todas las cosas vivientes que él habría destruido si hubiese seguido vivo, incluidos quizá muchos otros hombres, y mujeres y niños. ¿Qué hace su marido?

Ante la pregunta la mujer sonrió un poco. Era la primera vez que la veía sonreír, y la hacía mucho más joven.

—De todo. Aquí un hombre tiene que hacer de todo.

—O sea que ustedes no nacieron aquí.

—No —me dijo—. Solamente Severian… —La sonrisa desapareció.

—¿Severian, ha dicho?

—Así se llama mi hijo. Es el que usted vio al entrar; y ahora nos está espiando. A veces es un poco atolondrado.

—Yo me llamo igual. Soy el maestro Severian.

La mujer llamó al niño: —¿Has oído? ¡El señor se llama igual que tú! —Y volviéndose de nuevo hacia mí:— ¿Le parece un buen nombre? ¿Le gusta?

—Me temo que nunca lo he pensado mucho, pero sí, supongo que me gusta. Creo que me sienta.

Yo había terminado de afeitarme, y me acomodé en una silla a repasar la hoja.

—Yo nací en Thrax —dijo la mujer—. ¿Alguna vez ha estado allí?

—De allí vengo, justamente —contesté. Si después de que yo me fuera llegaban a interrogarla los dimarchi, de todos modos mi ropa me delataría.

—¿No conoció a una mujer que se llama Herais? Es mi madre.

Sacudí la cabeza.

—Bueno, supongo que es una ciudad grande. ¿Estuvo mucho tiempo?

—No, no mucho. Desde que viven ustedes en estas montañas, ¿han oído algo de las Peregrinas? Es una orden de sacerdotisas que van vestidas de rojo.

—Me temo que no. Aquí no tenemos muchas noticias.

—Estoy tratando de localizarlas; o, si no puedo, de unirme al ejército del Autarca que combatirá a los ascios.

—Mi marido podrá orientarlo mejor que yo. De todos modos, no habría debido subir tanto. Becan, mi marido, dice que las patrullas nunca se meten con los soldados que van al norte, aun cuando usen los caminos viejos.

Mientras ella hablaba de soldados que iban al norte, alguien, mucho más cerca, también empezó a moverse. Era un movimiento tan furtivo que apenas se oía por encima del crujido del fuego y la pesada respiración del anciano, pero no obstante era inconfundible. Unos pies desnudos, incapaces de soportar más la inmovilidad total a que obliga el silencio, se habían desplazado casi imperceptiblemente, y las maderas que los sostenían habían chirriado a causa de la nueva distribución de la carga.

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