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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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XV — ¡Va por delante de ti!

El marido que supuestamente tenía que venir a cenar no apareció, y los cuatro —la mujer, el viejo, el niño y yo— cenamos sin él. Al principio yo había pensado que el anuncio de la mujer era una mentira encaminada a disuadirme de cualquier abuso que pudiera tentarme, pero a medida que la torva tarde transcurría en ese silencio que presagia una tormenta, se fue volviendo obvio que yo no había mentido, y que ella estaba sinceramente preocupada.

La cena fue casi todo lo simple que puede ser esa comida; pero yo tenía tanta hambre que me resultó de las más gratificantes que recuerdo. Comimos verdura hervida sin sal ni mantequilla, pan tosco, algo de carne. Nada de vino ni fruta, nada fresco y nada dulce; y sin embargo creo que comí más que los otros tres juntos.

Cuando terminamos, la mujer (que, me había dicho, se llamaba Casdoe) tomó de un rincón una larga vara de hierro forjado y partió en busca de su marido, después de asegurarme que no necesitaba escolta y de decirle al viejo, que pareció no oírla, que no iría muy lejos y volvería pronto. Viendo al viejo tan abstraído como siempre ante el fuego, induje al niño a que se me acercara, y tras haberme ganado su confianza enseñándole TerminusEst y permitiéndole que la empuñara e intentara levantar la hoja, le pregunté si, ahora que se había ido su madre, Severa no bajaría a cuidarlo.

—Anoche volvió —dijo él.

Creyendo que se refería a la madre, le dije: —Seguramente esta noche también va a volver, pero ¿no crees que Severa debería venir a cuidarte, mientras ella no está?

Como a veces hacen los niños que no confían en el lenguaje tanto como para discutir, el chico se encogió de hombros e intentó alejarse.

Lo torné por el brazo: —Severian chico, quiero que vayas arriba ahora mismo y le digas que baje. Prometo que no le haré daño.

Severian asintió y fue hasta la escalerilla, aunque lentamente y de mala gana.

—Mala mujer dijo.

Entonces, por primera vez desde que yo estaba en la casa, habló el viejo: —¡Becan, ven aquí! Quiero hablarte de Fechin. —Tardé un momento en darme cuenta de que me hablaba a mí confundiéndome con su yerno.— Ese Fechin era el peor de nosotros. Un muchacho alto y feroz con pelo rojo en las manos, en los brazos. Parecían de mono esos brazos, así que si se los veía aparecer por la esquina para agarrar algo, se pensaba, salvo por el tamaño, que era un mono agarrando esa cosa. Una vez robó nuestra sartén de cobre, la que madre usaba para hacer las salchichas, y yo vi el brazo pero no dije quién había sido, porque era amigo mío. Nunca la encontré, nunca volví a verla, y eso que estuve mil veces con él. Pensaba que la había usado para hacer una barca y la había echado al río, porque eso era lo que siempre había querido hacer yo con la sartén. Anduve río abajo tratando de encontrarla, y se me hizo de noche antes de darme cuenta, antes de iniciar el regreso. A lo mejor pulió el fondo para poder mirarse… A veces dibujaba su propia imagen. A lo mejor la llenó de agua para verse reflejado.

Yo había cruzado la habitación para escucharlo, en parte porque hablaba confusamente y en parte por respeto, pues el rostro añoso me recordaba un poco al del maestro Palaemon, aunque éste tenía los ojos sanos.

—Una vez conocí a un hombre de su edad que había posado para Fechin —dije.

El viejo levantó la mirada; con la misma rapidez con que la sombra de un pájaro podría atravesar un trapo gris que han arrojado a la hierba desde una casa, vi pasar el descubrimiento de que yo no era Becan. Sin embargo, no dejó de hablar, ni reconoció el hecho de ningún otro modo. Era como si lo que estaba diciendo fuese tan perentorio que había que contárselo a alguien, verterlo en cualquier oído antes de que se perdiera para siempre.

—Pero no tenía cara de mono. Fechin era guapo; el más guapo de los alrededores. Podía sacarle comida o dinero a cualquier mujer. Recuerdo que una vez bajábamos por el sendero que llevaba al lugar donde estaba el viejo molino. Yo tenía un trozo de papel que me había dado el maestro. Papel de veras, no del todo blanco sino con un toque marrón, y pequeñas escamas en algunas partes; parecía una trucha cocida en leche. El maestro me lo había dado para que escribiera una carta a mi madre… En la escuela siempre escribíamos en pizarras, luego las limpiábamos con una esponja para poder volver a escribir, y cuando no miraba nadie le dábamos a la esponja con la pizarra y la disparábamos contra la pared, o a veces también contra la cabeza de alguno. Pero a Fechin le encantaba dibujar, y mientras íbamos andando yo pensaba en eso, y en la cara que pondría si tuviera papel para hacer un dibujo que pudiera guardarse.

»Eran las únicas cosas que guardaba. Todo lo demás lo perdía, o lo regalaba, o lo tiraba, y como yo sabía muy bien lo que madre quería decir, decidí que si hacía letra pequeña podría ponerlo en la mitad del papel. Fechin no sabía que lo tenía, pero yo lo saqué y se lo mostré, luego lo doblé y lo corté en dos.

Por encima de nuestras cabezas yo oía la aflautada voz del niño, pero no podía entender qué estaba diciendo.

—Era el día más luminoso que he visto. El sol tenía una vida nueva, como pasa cuando un hombre estuvo enfermo ayer y va a estar enfermo mañana, pero hoy pasea y se ríe, tanto que si apareciera un extraño diría que no ocurre nada malo, que las medicinas y la cama eran para otro. En las oraciones siempre dicen que el Sol Nuevo brillará demasiado como para poder mirarlo, y hasta aquel día yo siempre había aceptado que era sólo una manera de hablar, como se dice que un bebé es hermoso, o se elogia cualquier cosa que un hombre bueno haya hecho para él mismo, que aunque hubiera dos soles en el cielo uno los podría mirar a los dos. Pero aquel día aprendí que era verdad, y la luz en la cara de Fechin fue demasiado. Me hizo agua los ojos. Gracias, dijo, y seguimos adelante y llegamos a una casa donde vivía una joven. No me acuerdo cómo se llamaba, pero era francamente hermosa, como lo son a veces las más calladas. Yo nunca había sabido que Fechin la conocía, pero él me pidió que esperase, y me senté en el primer escalón del portal.

Alguien más pesado que el niño estaba caminando arriba, acercándose a la escalera.

—No estuvo mucho dentro, pero cuando salió, con la muchacha que miraba por la ventana, supe lo que habían hecho. Lo miré y él abrió esos brazos largos, flacos, de mono. ¿Cómo iba a compartir lo que había tenido? Al final hizo que la muchacha me diera media barra de pan y algo de fruta. Dibujó mi retrato de un lado del papel y el de la chica del otro, pero se los guardó.

La escalera crujió y yo me volví para mirar. Como había esperado, estaba bajando una mujer. No era alta, pero tenía buena figura y cintura delgada; llevaba un vestido casi tan andrajoso como el de la madre del niño, y mucho más sucio. Un pelo negro y espeso se le derramaba por la espalda. Creo que la reconocí antes incluso de ver los pómulos altos y los largos ojos castaños: era Agia.

—Así que supiste todo el tiempo que estaba aquí —me dijo.

—Yo podría hacerte el mismo comentario. Al parecer llegaste antes que yo.

—Simplemente me imaginé que vendrías por este camino. El caso es que llegué un poco antes, y le dije a la dueña de casa lo que me ibas a hacer si no me escondía —dijo ella. Supongo que quería hacerme saber que tenía una aliada, por débil que fuese.

—Desde que te vi en Saltus, entre la multitud, vienes intentando matarme.

—¿Es una acusación? Sí. —Mientes.

Fue una de las pocas veces que vi a Agia tomada por sorpresa.

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