Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1981
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-0681-0
- Переводчик: Margarita Gonz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:
El hedor a podredumbre corporal le provocó náuseas.
—Mata a los dos —pidió a Na-sinisul—. Y rápido.
—¿Son ésas las instrucciones que me das?
—Mátalos. Y arranca esa cosa de la pared y mátala también.
—No ha cometido ningún agravio —opinó el sulidor—. Sólo ha hecho lo que es natural para su especie. Al matar a estos dos, la despojaré de sus crías, pero no estoy dispuesto a despojarla también de su vida.
—Está bien —accedió Gundersen—. Entonces, sólo los terráqueos. Pero hazlo rápido.
—Lo hago como acto de piedad, según tus órdenes directas —agregó Na-sinisul.
El sulidor se inclinó hacia delante y levantó un poderoso brazo. Las garras salvajes y encorvadas salieron completamente de sus vainas. La garra bajó dos veces.
Gundersen se obligó a mirar. Los cuerpos se quebraron como cáscaras secas; las cosas del interior se derramaron, deformes y descarnadas. Incluso en ese momento, a causa de algún reflejo inesperado, los dos cadáveres se contorsionaban y sacudían. Gundersen miró sus entrañas corroídas.
—¿Me oís? —inquirió—. ¿Estáis vivos o muertos?
La boca de la mujer se entreabrió pero no salió ningún sonido, de modo que no supo si se trataba de un intento por hablar o de una última convulsión de los nervios arrasados. Conectó su antorcha de fusión en alta energía y la paseó por la charca oscura. Soy la resurrección y la vida, pensó, reduciendo a cenizas a Dykstra, a la mujer que estaba a su lado y a las larvas inconclusas que se retorcían. Surgieron humos acres y asfixiantes; ni siquiera la antorcha destruía la humedad del edificio. Volvió a conectar la antorcha en el nivel de iluminación.
—Vamos —dijo Gundersen al sulidor, y salieron—. Siento deseos de quemar todo el edificio y de purificar este lugar.
—Lo sé —comentó Na-sinisul.
—Pero me lo impedirías.
—Te equivocas. Nadie en este mundo te impediría hacer algo.
Pero de qué serviría, se preguntó Gundersen interiormente. La purificación ya estaba cumplida. Había retirado de ese sitio a los únicos seres que eran ajenos.
Había dejado de llover. Gundersen se dirigió al expectante Srin'gahar —y preguntó:
—¿Me llevarás lejos de aquí?
Se reunieron con los cuatro nildores restantes. Como habían estado mucho tiempo allí y la región del renacimiento aún estaba muy lejos, reanudaron la marcha a pesar de que era de noche. Por la mañana, Gundersen oyó el estruendo que producían las Cataratas de Shangri-la a las que los nildores denominaban Du'jayukh.
9
Era como si una blanca muralla de agua cayera del cielo. Nada en la Tierra podía igualar los saltos triples de esa catarata mediante la cual el río Madden, o Seran'nee, caía quinientos metros, luego seiscientos y después otros quinientos, saltando de roca en roca en su descenso hacía el mar. Gundersen y los cinco nildores se detuvieron al pie de las cataratas, donde la violenta cascada caía en una amplia depresión rodeada de rocas y desde la cual el río serpentino seguía su curso sudeste; el sulidor se había despedido durante la noche y avanzaba hacia el norte por su propia ruta. Detrás de Gundersen, a la altura de su hombro derecho, se encontraba la llanura costera y detrás del izquierdo la meseta central. Ante él, en el punto más alto de las cataratas, comenzaba la meseta norteña, las tierras altas que controlaban el acceso a la región de las brumas. Del mismo modo que una titánica hendidura norte-sur separaba la llanura costera de la meseta central, otra que corría de este a oeste dividía la meseta central y la llanura costera de las tierras altas que se alzaban más adelante.
Gundersen se bañó en un lagunajo cristalino que se encontraba apartado del tumulto de las cataratas y a continuación iniciaron el ascenso. La estación de Shangri-la —una de las avanzadas más importantes de la Compañía— era invisible desde abajo; se erigía a poca distancia de la cabecera de la catarata. Antaño habían existido estaciones intermedias al pie de la caída y en la cabecera de la catarata del medio, pero no se veían vestigios de esas estructuras: la selva las había devorado por completo en sólo ocho años. Un camino zigzagueante, con un sinfín de vericuetos, conducía a la cumbre. Cuando lo vio por primera vez, Gundersen supuso que era obra de los ingenieros de la Compañía, pero supo que se trataba de un lomo natural del costado de la meseta que los mismos nildores ampliaron y ensancharon para facilitar su travesía hacia el renacimiento.
El ritmo oscilante de su montura le produjo somnolencia; se aferró a los cuernos en forma de pomo de Srin'gahar y abrigó la esperanza de no caer a causa del amodorramiento. En una ocasión despertó súbitamente y descubrió que sólo estaba sujeto con la mano izquierda, mientras su cuerpo colgaba a medias sobre un precipicio que, como mínimo, tenía doscientos metros. En otro momento, también de somnolencia, sintió espuma fría y prestó atención para ver que la cascada del río pasaba a no más de doce metros de distancia. Los nildores se detuvieron a comer en la cabecera de la catarata más baja y Gundersen se lavó la cara con agua fría para quitarse la pesadez. Avanzaron. Ahora tuvo menos dificultades para permanecer despierto: el aire era más claro y fresca la brisa vespertina. Llegaron a la cabecera de las cataratas una hora antes del anochecer.
La estación de Shangri-la, aparentemente inalterada, se alzaba ante sus ojos: tres bloques desiguales y rectangulares de plástico oscuro y débilmente resplandeciente, un sombrío zigurat que aparecía en la orilla occidental del estrecho desfiladero por el que corría el río. Los simétricos jardines de plantas tropicales —creados hacía como mínimo cuarenta años por un olvidado jefe de sector— parecían primorosamente atendidos. En cada uno de los vericuetos del edificio existía una terraza descubierta que daba al río y todas estaban adornadas con plantas. Gundersen sintió que se le secaba la garganta y se le tensaba el estómago. Preguntó a Srin'gahar:
—¿Cuánto tiempo podemos quedarnos aquí?
—¿Cuánto tiempo deseas quedarte?
—Uno o dos días… aún no lo sé. Depende de cómo me reciban.
—Todavía no tenemos mucha prisa —explicó el nildor—. Mis amigos y yo acamparemos en el monte. Cuando sientas que ha llegado el momento de seguir la marcha, ven a vernos.
Los nildores se movieron lentamente en la penumbra. Gundersen se acercó a la estación. Se detuvo en la entrada del jardín. Aquí los árboles eran nudosos y arqueados, con largas frondas grises y plumosas que colgaban de sus ramas; la flora de las tierras altas era distinta a la del sur, aunque también aquí imperaba el verano eterno, al igual que en los verdaderos trópicos que habían quedado atrás. En el interior de la estación las luces centelleaban. Allí todo parecía sorprendentemente ordenado. El contraste con las ruinas de la estación de las serpientes y la podredumbre de pesadilla de la estación de los fungoides era evidente. Ni siquiera el jardín del hotel estaba tan bien cuidado. Cuatro ordenadas filas de velas del bosque rosadas, carnosas y de aspecto obsceno bordeaban el sendero que llegaba al edificio. Esbeltos y majestuosos árboles de flor de globo, cargados de gigantescos frutos, formaban pequeñas arboledas a derecha e izquierda. Había árboles, frutas amargas —exóticas aquí, importadas de los humeantes trópicos ecuatoriales— e imponentes flores espada totalmente brotadas, que alzaban sus largos y brillantes estambres hacia el cielo. Las elegantes hiedras centelleantes y las enredaderas de nudo de especias se deslizaban por el terreno, aunque no de manera fortuita. Gundersen dio unos pasos y oyó el suave y triste suspiro de un arbusto de sensifrones, cuyas delicadas hojas peludas se enroscaron y encogieron cuando avanzó, se abrieron con cautela cuando terminó de pasar y volvieron a cerrarse cuando se giró para echarles una rápida mirada. Otros dos pasos y se topó con un pequeño árbol cuyo nombre no podía recordar, árbol de hojas lustrosas, rojas y aladas que levantaban el vuelo, apartándose de sus delicados tallos y encumbrándose; sus renuevos comenzaban a surgir instantáneamente. Era un jardín mágico. Pero contenía sorpresas. Más allá de la hiedra centelleante descubrió un manchón en forma de luna creciente de musgo atigrado, el monte bajo carnívoro y oriundo de la hostil meseta central. El musgo fue trasplantado a otras zonas del planeta —una parte de éste crecía descontrolada en el hotel de la costa— y Gundersen recordó que Seena lo aborrecía, del mismo modo que detestaba todos los productos de esa meseta repulsiva. Peor aún, al levantar la mirada para seguir el camino de las hojas que planeaban graciosamente, Gundersen vio grandes masas de jalea temblorosa, cubiertas de fibras neurales azules y rojas, colgando de algunos de los árboles más grandes: más vegetación carnívora, originaria de la meseta central. ¿Qué hacían esas plantas siniestras en aquel jardín encantado? Poco después tuvo la tercera prueba de que el terror de Seena hacia la meseta había desaparecido: por su senda cruzó uno de esos animales rollizos, ladrones de objetos pequeños, parecidos a la nutria, que les habían atormentado cuando quedaron varados. Se detuvo un instante, arrugó la nariz, irguió sus hábiles patas y buscó algo que birlar. Gundersen le silbó y la bestezuela se perdió en un matorral.