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READ-E-BOOK » Научная фантастика » Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
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Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]

Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:

Cuando los humanos abandonan el planeta Belzagor, siguiendo la política de descolonización consistente en dar independencia a todos los alienígenas con cultura propia, el administrador imperial Gundersen retorna para emprender un viaje etnológico-sentimental-místico-iniciático… donde hallará o no hallará lo que esperaba, pero en todo caso no retornará el mismo que se puso en camino… como tampoco el lector volverá a ser el mismo después del viaje maravilloso que esta novela propone.
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—¡Hola! —gritó Gundersen—. Hola, hola, hola.

A modo de respuesta, oyó un gemido. En la penumbra, trastabilló y resbaló, luchó contra una náusea creciente y se obligó a caminar por entre un laberinto de obstáculos que no veía. Llegó al sitio del que provenía el sonido estrepitoso y chorreante. Algo de color rojo intenso, en forma de cesta y del tamaño del pecho de un hombre se había adherido en lo alto de la pared, perpendicularmente al suelo. A través de las grandes esporas de su superficie esponjosa manaba un líquido espeso y negro, que caía en un permanente chapoteo grasoso. Cuando la luz de la antorcha lo iluminó, la exudación aumentó y prácticamente se convirtió en una cascada de líquido sebáceo. Al apartar la luz de la antorcha, el manantial se tornó menos copioso, aunque seguía siendo fuerte.

Allí el suelo caía en pendiente, de modo que lo que chorreaba de la cesta esponjosa fluía rápidamente y se acumulaba en el otro extremo de la habitación, en el ángulo formado por el suelo y la pared. Gundersen encontró allí a los terráqueos. Estaban juntos en un colchón; el líquido de la cosa chorreante había formado un charco oscuro alrededor de ellos, cubriendo por completo el colchón y fluyendo sobre sus cuerpos. Uno de los terráqueos, con la cabeza caída hacia un costado, tenía la cara totalmente sumergida en ese fluido. Del otro terráqueo surgían los sonidos.

Los dos estaban desnudos. Uno era un hombre y el otro una mujer, aunque al principio a Gundersen le costó trabajo darse cuenta de ello; ambos estaban tan encogidos y delgados que sus características sexuales quedaban ocultas. No tenían cabellos, ni siquiera cejas. Los huesos sobresalían sobre la piel semejante a un pergamino. Los ojos de los dos estaban abiertos pero fijos en una mirada rígida y aparentemente ciega, una mirada vidriosa, sin parpadeo. Tenían los labios apartados de los dientes. Las algas grisáceas brotaban en los pliegues de su piel y los fungoides móviles andaban errantes, alimentándose de esas acrecencias. Con un gesto de asco rápido y mecánico, Gundersen arrancó dos animales parecidos a babosas de los pechos vacíos de la mujer. Esta se movió y volvió a gemir. En el idioma de los nildores murmuró:

—¿Ya ha terminado?

Su voz parecía una flauta tocada por una huraña brisa del desierto.

—¿Quién es usted? ¿Cómo ocurrió esto? —inquirió Gundersen en uno de los idiomas de la Tierra.

La mujer no respondió. Un fungoide reptó por la boca de ella y Gundersen lo apartó. Le tocó la mejilla. Se produjo un sonido seco cuando la mano de él pasó por su mejilla: era como acariciar papel almidonado. Gundersen intentó recordar quién era la mujer e imaginó una cabellera oscura sobre su cráneo desnudo, le puso cejas claras y arqueadas, vio sus mejillas llenas y sus labios sonrientes. Pero no pasó nada; o la había olvidado o no la conocía o dado su estado presente ella resultaba irreconocible.

—¿Terminará pronto? —volvió a preguntar en nildororu.

Gundersen se volvió hacia el compañero de ella. Suavemente, temeroso de que el frágil cuello se quebrara, retiró la cabeza del hombre de la charca de líquido. Al parecer, respiraba el líquido; éste cayó gota a gota de su nariz y sus labios y poco después el hombre dio señales de ser incapaz de habérselas con el aire. Gundersen dejó que la cara volviese a sumergirse en la charca. En ese fugaz instante logró reconocer al hombre como un tal Harold —¿o quizás Henry?—-Dykstra, al que había conocido superficialmente en el pasado.

La mujer desconocida intentaba mover un brazo. Carecía de fuerzas para elevarlo. Esos dos seres vivían como espectros, como muertos en vida, atascados en el líquido pegajoso y totalmente desamparados. Gundersen preguntó en el idioma de los nildores:

—¿Cuánto tiempo lleváis así?

—Eternamente —susurró ella.

—¿Quiénes sois?

—No me… acuerdo. Estoy… esperando.

—¿Qué?

—El fin.

—Escucha —agregó—, soy Edmund Gundersen, ex jefe de sector. Quiero ayudaros.

—Máteme primero a mí y después a él.

—Os sacaremos de aquí y os llevaremos al puerto espacial. En una semana o diez días estaréis de camino a la Tierra y después…

—No…, por favor…

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Liquídelo. Liquídelo.

La mujer reunió fuerzas suficientes para arquear la espalda y alzó la mitad del cuerpo del líquido que prácticamente cubría su mitad inferior. Algo ondeó y se combó fugazmente bajo su piel. Gundersen tocó el estómago tenso y percibió un movimiento en el interior: ese rápido estremecimiento interior fue la sensación más aterradora que experimentara en su vida. Tocó el cuerpo de Dykstra, que también ondeaba interiormente.

Consternado, Gundersen se puso de pie y se alejó de ellos. Mediante la débil luz de la antorcha observó sus cuerpos encogidos: desnudos pero asexuados, hueso y ligamento, despojados de carne y de espíritu pero aún vivos. El pavor dominó a Gundersen.

—Na-sinisul —gritó—. ¡Ven aquí! ¡Entra! —Pocos segundos después, el sulidor estaba a su lado. Gundersen agregó—: Hay algo dentro de sus cuerpos. ¿Algún tipo de parásito? Se mueve. ¿De qué se trata?

—Mira —dijo Na-sinisul y señaló la cesta esponjosa de la que manaba el líquido oscuro—. Contienen a sus crías. Se han convertido en huéspedes. Un año, dos, tal vez tres y las larvas saldrán.

—¿Porqué no están muertos?

—Extraen el alimento de esto —agregó el sulidor y golpeó con la cola el líquido negro—. Se cuela por sus pieles. Los alimenta a ellos y también a lo que está dentro de ellos.

—Si los sacáramos de aquí y los enviáramos hasta el hotel en balsas…

—Morirían instantes después de que los retiráramos de la humedad que los rodea —explicó Na-sinisul—. No hay esperanzas de salvarlos.

—¿Cuándo termina?—inquirió la mujer.

Gundersen tembló. Toda su educación le impulsaba a no aceptar jamás lo definitivo de la muerte; cualquier humano en el que quedaran fragmentos de vida podía salvarse, reconstruirse a partir de unos pocos restos de células hasta lograr un facsímil bastante bueno del original. Pero en aquel planeta no existían medios para semejantes operaciones. Evaluó un remolino de alternativas: dejarlos allí para que cosas extrañas se alimentaran de sus entrañas; intentar llevarlos al puerto espacial para enviarlos al hospital tectogenético más cercano; librarlos de su desdicha de inmediato; intentar liberar sus cuerpos de lo que los mantenía esclavizados. Se arrodilló nuevamente. Se obligó a experimentar por segunda vez ese estremecimiento interior. Tocó el estómago, los muslos y las costillas huesudas de la mujer. Bajo la piel era una masa de extrañeza. Pero su mente aún funcionaba, a pesar de que había olvidado su nombre y su lengua materna. El hombre tenía más suerte: a pesar de que también estaba plagado, Dykstra no yacía allí, en la oscuridad, esperando la muerte que sólo se produciría cuando las larvas hospedadas surgieran de la carne humana esclavizada. ¿Era eso lo que deseaban cuando rechazaron la repatriación de ese planeta que amaban? Un terráqueo puede quedar atrapado por Belzagor, había dicho Vol'himyor, el nildor nacido muchas veces. Pero ésa era una prisión demasiado literal.

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