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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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Las cosas que podían impedir que uno cumpliera con la cita preacordada eran el clima y la actividad enemiga en esa área. Hasta aquel momento, el clima era despejado y no habíamos visto ni oído al enemigo. Pero estaba allí. Vimos surcos y huellas frescas en la telaraña de senderos, y llegamos a campamentos recién abandonados, y de noche olíamos los fuegos en los que cocinaban. Estaban a nuestro alrededor, por todas partes, pero eran invisibles, al igual -esperaba yo- que nosotros.

El Día Diez todo eso cambió.

Estábamos patrullando un área que me preocupaba un poco; era un lugar donde antes había habido un lozano bosque, y que era ahora una extensión de troncos calcinados por el napalm, gentileza de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Nuestra misión era informar los efectos del reciente ataque aéreo, y yo intentaba abarcar y evaluar lo que tenía ante mis ojos: ceniza negra, camiones carbonizados y docenas de cuerpos grotescamente contorsionados e incinerados, blancos dientes que sobresalían de rostros de color carbón. Teníamos que contar los vehículos y los cadáveres.

El problema de ese lugar, además del obvio, era que nos ofrecía muy poco reparo: mis hombres y yo no teníamos dónde ocultarnos ni ponernos a cubierto.

Le hablé en un susurro a mi operador de radio, que estaba a mis espaldas, un tipo llamado Alf Muller.

– Radio -le dije, extendiendo la mano hacia atrás para recibir el auricular, pero no me lo puso en la mano como esperaba.

Me volví para ver a Alf, que yacía boca abajo sobre la ceniza negra, con la radio sujeta a la espalda y los brazos extendidos a cada lado, una mano sosteniendo el teléfono que pendía del cable.

Me llevó medio segundo darme cuenta de que le habían acertado.

Grité “¡Francotirador!” y me arrojé a tierra y rodé sobre la ceniza junto con todos los demás. Yacimos allí, con la esperanza de parecer algo inanimado entre los restos ennegrecidos del terreno calcinado.

Francotirador. La cosa más aterradora en el campo de batalla, donde abundan las cosas aterradoras. Yo no había oído el disparo, y tampoco oiría el siguiente. Tampoco vería al francotirador aunque siguiera con vida después del próximo disparo. El francotirador opera a larga distancia -a cien o doscientos metros- y siempre tiene un rifle muy bueno, equipado con mira telescópica, silenciador y supresor del fogonazo. Lleva ropa de camuflaje y el rostro ennegrecido como la ceniza en la que yo yacía. Es el Sombrío Segador que cosecha a los vivos.

Nadie se movió, porque moverse significaba la muerte.

No había manera de decir de dónde había venido el disparo, así que no podíamos ocultarnos detrás de algo porque eso podría dejarnos directamente en la línea de fuego. No podíamos correr porque tal vez corriéramos directamente hacia donde estaba el francotirador.

Giré lentamente la cabeza hacia Alf. Tenía la cara en la ceniza, y no había señal de que respirara.

En la medida que podía pensar en algo que no fuera el terror, me pregunté por qué el francotirador había elegido a Alf, el operador de radio, en vez de a mí; el hombre que está al lado del operador es el oficial o el sargento, que siempre son los primeros blancos en combate, como inutilizar al capitán del equipo. Raro. Pero no me quejaba de que hubiera sido así.

No hay gran cosa para hacer en esta situación, pero lo mejor que se puede hacer en segundo lugar es no hacer nada. Mis muchachos estaban entrenados, y sabían cómo dominar sus nervios y quedarse inmóviles. Si el francotirador volvía a disparar, y le daba a alguien -suponiendo que nos enteráramos de que alguien había caído-, no tendríamos más alternativa que dispersarnos y correr el albur de que el francotirador sólo pudiera acertarles a algunos blancos móviles antes de que el resto de nosotros quedáramos fuera de su alcance.

Me pagan por tomar decisiones, así que decidí que el francotirador estaba demasiado alejado para escucharnos. Necesitaba que alguien contara cuántos quedábamos, por lo que dije en voz alta:

– Dawson. Informe.

El sargento de la patrulla, Phil Dawson, me respondió audiblemente:

– Le dieron a Landon. Se movía, pero creo que está muerto.

El médico de la patrulla, Peter García, agregó:

– Trataré de acercarme a él.

– ¡No! -grité-. Quédate quieto. Repórtense todos.

Los hombres se reportaron siguiendo el orden del número que se les asignaba en la patrulla. “Smitty presente”, después “Andolotti presente”, seguido de “Johnson presente” y, después de algunos largos segundos, Markowitz y Beatty también se reportaron.

El sargento Dawson, cuya tarea es contar a los efectivos, me informó:

– Nueve presentes, teniente. ¿Muller está con usted?

– Muller está muerto -respondí en voz muy alta.

– Mierda -dijo Dawson.

Así que los dos operadores de radio estaban muertos, lo cual no era una coincidencia. Aunque resultaba desconcertante.

Tenía que acercarme a la radio y pedir que los helicópteros de observación y los de combate formaran un anillo de fuego a nuestro alrededor para que hicieran salir a ese hijo de puta. Eché un vistazo hacia donde estaba Muller, a unos dos metros de distancia. Tenía el radioteléfono en la mano derecha, la que estaba más alejada de mí.

Bien, pensé, podríamos quedarnos aquí para que nos mataran uno a uno, podríamos esperar la puesta del sol y rogar que el francotirador no tuviera una mira nocturna, o yo podría ganarme un poco de paga extra por combate. Tenía la idea, basada en un año pasado con esa clase de situaciones de mierda, de que el francotirador se había ido. Lo pensaba porque toda nuestra estrategia de hacernos los muertos servía de poco, considerando lo expuestos que estábamos en ese terreno calcinado. Entonces, pensaba, si el francotirador estuviera aún allí, ya hubiera hecho algunos disparos más. Grité “reportarse”.

Todos los que estaban vivos unos minutos atrás seguían aún con vida.

Respiré hondo y rodé dos veces, después una tercera por encima del cuerpo de Alf y me detuve, inmóvil, sobre su brazo extendido. Desprendí el radioteléfono de sus dedos, que empezaban a ponerse rígidos, y me lo llevé a la oreja, esperando el disparo que me volaría el cerebro. Oprimí el botón de comunicación y dije en el micrófono:

– Pato Real Seis, aquí Comadreja Negra.

Solté el botón de comunicación y apreté con fuerza el auricular contra mi oreja, pero hubo un silencio mortal. Lo intenté otra vez, pero ni siquiera se escuchaba un zumbido ni descarga radial en el auricular. La radio estaba tan muerta como Alf Muller.

Esperé el impacto de una bala en alguna parte de mi cuerpo. Casi podía sentir el acero hirviente desgarrando mi carne.

Esperé. Me encabroné. Me puse de pie y le grité a mi patrulla:

– ¡Si me bajan, a dispersarse!

Me quedé allí de pie y no sucedió nada.

Volví a ordenar:

– ¡Reportarse!

Los otros siete sobrevivientes volvieron a reportarse.

Bajé la vista para mirar a Alf Muller y entonces vi el agujero de bala en su radio. Caminé siguiendo la fila de la patrulla y vi a mis hombres tendidos en la ceniza negra levantando la cara para mirarme, y algunos de ellos me dijeron:

– ¡Al suelo, teniente! ¿Está loco?

Uno tiene ese sexto sentido que le dice que no le ha tocado el turno ese día, que todo estará bien, que el destino le está reservando algo peor más adelante.

Encontré a Landon tirado boca abajo como Muller y, como en el caso de Muller, se veía un solo orificio de bala en la parte superior de su radio. La batería está en la base; las conexiones están arriba. El francotirador lo sabía y fue capaz de hacer un solo disparo que pasó a través del equipo electrónico y se incrustó en la médula de los dos operadores.

Lo que no entendía era por qué el francotirador no había eliminado al menos a algunos de los otros. Por cierto, había tenido tiempo, había tenido alcance, había tenido un campo de tiro despejado y obviamente era buen tirador.

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