Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
Me incorporé de un salto y corrí por el cauce, y trepé la barrosa ribera, ayudado por las manos que me tendían desde la maleza.
– ¡Francotirador! ¡La vi! ¡Aguas arriba! ¡Vamos! -Jadeé mientras empezaba a correr por una senda paralela a la sinuosa corriente en dirección hacia el lugar donde la había visto por última vez.
Dawson corrió detrás de mí y me detuvo dándole un tirón a mi morral. Dijo en un audible susurro:
– ¿De qué demonios está hablando?
– ¡La vi! ¡Es una mujer! Está aguas arriba. A unos cien metros.
Los otros nos alcanzaron, y les expliqué rápidamente lo que había visto. Debo haberles parecido un poco chiflado o algo así porque no dejaban de mirarse entre ellos. Finalmente, les entró en la cabeza.
Como dije, son profesionales, y el instinto de supervivencia de un profesional no es salir corriendo sino más bien correr hacia aquello que intenta matarte para poder matarlo antes.
En cualquier caso, teníamos que correr porque habíamos delatado nuestra posición con todos aquellos disparos y nos habíamos adentrado demasiado en territorio enemigo, así que cuando se abre fuego hay que salir de donde uno está con la velocidad de un relámpago.
A nadie le gusta dejar atrás a los compañeros muertos, pero no estábamos en una situación habitual de combate, en la que uno recupera sus muertos y sus heridas a cualquier precio; estábamos en una misión de reconocimiento de largo alcance, donde es absolutamente posible que a uno lo dejen atrás.
Corrimos unos cien metros por la senda, y Andolotti dijo:
– Podríamos estar corriendo directamente hacia una emboscada.
– Prefiero eso antes de que me maten más tarde. ¡Muévete! -respondió Dawson respirando con pesadez.
Llegamos al recodo del arroyo, y yo corrí hasta la orilla, donde vi un cartucho de bronce que centelleaba bajo el sol. Lo recogí y observé que era de 7,62 milímetros, muy probablemente de un Draganov. No necesitaba pruebas, pero el hecho de encontrar el cartucho hizo que de algún modo me sintiera más seguro de que no había sufrido una alucinación. Me guardé el cartucho en el bolsillo.
Volvimos con rapidez al sendero, donde hallé algunas huellas en el húmedo suelo. Con reticencia, aunque sabiendo que se trataba de ella o nosotros, seguimos adelante.
Avanzamos casi al trote durante una hora, pero para entonces ya sabíamos que no íbamos a encontrarla. Ella nos encontraría a nosotros.
Nos habíamos estado alejando de la Cita Alfa, adonde podríamos llegar, si las cosas iban bien, en los tres días que nos quedaban antes del momento del encuentro, planificado al amanecer.
Nunca se debe regresar por el mismo camino en que se ha venido, de modo que nos internamos en la jungla y nos abrimos paso con los machetes entre la maleza hasta que nos topamos con una senda que parecía conducir en la dirección que debíamos seguir.
Avanzamos tan rápido como podíamos, pero el calor y la fatiga, y los casi treinta kilos de equipo que cargábamos se hacían sentir.
Descansamos algunos minutos por hora y seguimos adelante hasta el anochecer sin hablarnos demasiado, pero estoy seguro de que todos, incluyéndome, pensábamos por qué la mujer no me había liquidado cuando me encontraba en el agua. Tenía algunas respuestas a eso, que tenían menos que ver con algún súbito sentimiento compasivo de parte de ella que con el hecho de pudrirnos la cabeza.
El sol se había puesto en Laos, y el enemigo se movía de noche. Oímos camiones y tanques que ronroneaban en algún lugar hacia la derecha; después, hombres que conversaban y se reían a poca distancia de donde nos encontrábamos. Si hubiera tenido una radio, hubiera transmitido su posición a la artillería. En realidad, de haber tenido una, habría llamado a los helicópteros para que nos sacaran de esa mierda inmediatamente después de que la chica liquidara a Muller y a Landon. Pero ella nos había dejado mudos y sordos al mundo exterior.
Nos alejamos rápidamente de los movimientos de las tropas enemigas y alrededor de una hora más tarde hallamos una pequeña colina cubierta de hierba de elefante donde establecimos un perímetro defensivo, aunque servía de poco. Éramos seis tipos con armamento ligero, rodeados de un gran número de tropas enemigas. Más una francotiradora que sabía dónde estábamos, y quería reservarnos para ella.
Comimos algunas raciones deshidratadas que preparamos en sus propios envases con agua tibia de nuestras cantimploras. Nadie dijo gran cosa.
Alrededor de la medianoche nos turnamos para dormir y hacer guardia: dos despiertos, cuatro durmiendo. Pero nadie durmió demasiado. Cerca del alba, yo estaba de guardia con el sargento Dawson, un hombre viejo a los treinta años, que salía de patrulla por segunda vez, probablemente la última.
Me dijo en voz baja:
– ¿Está seguro de que era una mujer?
Yo asentí y solté un gruñido.
– ¿Está seguro? ¿Le vio tetas y esas cosas?
Casi solté una carcajada.
– La vi con los binoculares -respondí-. Era una mujer. -Y añadí:- Son buenas como francotiradoras. Él asintió.
– Me tocó una en Quang Tri una vez. Mató a cuatro de los nuestros antes de que la hiciéramos volar en pedazos con cohetes. -Y agregó:- Encontramos su cabeza.
No contesté. Él hizo la pregunta obvia:
– ¿Por qué no lo liquidó a usted?
– No lo sé.
– Tal vez es… tal vez tiene un límite de dos hombres por día en su permiso de caza.
– No es gracioso.
– No. Nada gracioso -y me preguntó-: ¿Cree que nos la sacamos de encima?
– No.
– Yo tampoco.
Y ese fue el fin de nuestra conversación.
Con la primera luz nos encaminamos hacia el sur, hacia la Cita Alfa.
Alrededor del mediodía empezamos a creer que lo lograríamos. Ya no quedaban corrientes de agua importantes por cruzar, sino apenas unos pocos arroyuelos ahogados por malezas y arbustos que ofrecían buen reparo, y en el mapa no se veían zonas abiertas que no pudiéramos evitar. Entonces advertimos que los árboles y arbustos cobraban una apariencia bastante marchita, y al cabo de media hora nos dimos cuenta de que nos encontrábamos en un Área Naranja deforestada por los bombardeos que no teníamos señalada en nuestro mapa.
Muy pronto avanzábamos a través de una zona muerta, de árboles desnudos y arbustos pardos y marchitos que no nos ofrecían ningún resguardo.
– Teniente, tenemos que regresar y rodear toda esta zona -dijo Dawson.
– No sabemos cuánto terreno abarca -repliqué-. Podría ser un rodeo de un día entero, y no llegaríamos a Alfa a tiempo.
Él asintió y miró a su alrededor.
– Al menos los viets no andan por aquí. No les gustan las áreas defoliadas -dijo.
– Tampoco a mí.
Interrumpimos la marcha, nos dispersamos y nos echamos al suelo, como indica el procedimiento usual cuando una patrulla debe detenerse.
Smitty extrajo una tableta para la selva de su paquete y mordió un pedazo de ese supuesto “chocolate” de consistencia terrosa.
– Esa perra -dijo. Refiriéndose, por supuesto, a la francotiradora-. Esa perra podría habernos liquidado a todos en aquella zona bombardeada con napalm. Podría haberlo liquidado a usted, teniente, en aquel arroyo, y tal vez a algunos de nosotros. ¿A qué carajo está jugando?
No contesté, y tampoco lo hicieron los otros.
Ese lugar me estaba dando mala espina, así que me incorporé, me cargué la mochila a la espalda y dije:
– Carguen su equipo y muévanse.
Todo el mundo se puso de pie y Andolotti se bajó el cierre de la bragueta y dijo:
– Un momento. Tengo que orinar.
Cuando todavía estaba orinando, se inclinó hacia atrás y cayó a tierra ruidosamente, sobre su espalda, todavía sosteniendo su miembro, del que aún manaba una meada amarilla.
Todos nos lanzamos al suelo y yacimos allí, congelados sobre la tierra muerta, que olía a sustancias químicas.