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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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En realidad, sabía la respuesta. El tipo estaba jugando con nosotros. Un poco de guerra psicológica, hecha con un rifle mortal en vez de con panfletos o con emisiones de Radio Hanoi. Un mensaje para los americanos. Y el juego aún no había terminado.

Los francotiradores piensan y actúan de manera diferente que la gente normal, y a nuestros propios francotiradores, algunos de los cuales yo había conocido, también les gustaban esos jueguitos. Es aburrido esperar horas o días o semanas hasta que aparece un blanco. La mente de un francotirador imagina cosas extrañas durante las esperas largas y solitarias, de manera que cuando finalmente aparece un blanco en su mira telescópica, el francotirador se convierte en un cómico que hace cosas graciosas. Graciosas para él, no para sus blancos. Un francotirador estadounidense me contó una vez que de un disparo le había quitado la pipa de hashish de la boca a un soldado enemigo.

Pensé en compartir esos pensamientos con mis hombres, pero si no se habían dado cuenta para entonces, no tenían necesidad de saberlo, o lo sabrían muy pronto.

Momento de tomar decisiones.

– Okey -dije-, tenemos que dejar a estos hombres aquí para el cálculo de recuperación de cadáveres. Desnuden los cuerpos, y pongámonos en marcha.

No hubo ningún movimiento entusiasta hasta que finalmente el sargento Dawson se puso de pie y dijo:

– Ya escucharon al teniente. ¡Muévanse!

Todo el mundo se incorporó lentamente, y todas las cabezas y los ojos se movían de un lado a otro como presas acorraladas. Los hombres desnudaron los cuerpos de los dos operadores de radio muertos, quitándoles todo lo que pudiera resultarle de utilidad al enemigo: rifles, municiones, cantimploras, placas de identificación, raciones, brújulas, botas, morrales y demás.

Dawson me preguntó:

– ¿Y las radios?

– Las llevamos -respondí-. Tal vez entre las dos podamos armar una que funcione.

Salimos con rapidez del área deforestada y nos internamos en un denso bosquecillo de bambú que ofrecía algún reparo, pero que nos delataba por el movimiento de las cañas altas y frondosas a medida que nos abríamos paso con nuestros machetes.

Pasamos la noche entre los bambúes, formando un perímetro defensivo, y nos permitimos creer que nos habíamos sacado de encima al francotirador.

Algunos de los muchachos intentaron armar una radio que funcionara con los restos de las dos destruidas, pero los que sabían de radios habían quedado seis kilómetros atrás y en un estado en el que no podían ayudarnos.

Al amanecer abandonamos el intento y enterramos las radios junto con nuestras herramientas para hacer trincheras para no regalarle nada al enemigo.

No habíamos podido transmitir nuestro informe de situación durante la noche, así que ahora nuestro jefe, el coronel Hayes, también conocido como Pato Real Seis, sabía que su patrulla, conocida como Comadreja Negra, tenía algún problema. Un problema con la radio, pensaría, o tal vez un problema de captura, o un problema de muerte.

Esas cosas suelen pasar con las patrullas de reconocimiento de largo alcance. Un momento uno está allí y al siguiente ha desaparecido para siempre.

Cargamos nuestro equipo y nos pusimos en marcha hacia las coordenadas que en el mapa señalaban nuestra Cita Alfa.

Salimos de los bambúes a un hermoso tramo de espesa selva. Llegamos a un arroyo pedregoso que debíamos cruzar y allí hicimos un alto. Los cauces son como campos de tiro al blanco. Dawson se ofreció como voluntario para cruzar primero y atravesó como un rayo la corriente que le llegaba a las rodillas y trepó con premura a la ribera opuesta, donde se tendió boca abajo en posición de tiro, barriendo con su rifle M-16 el arroyo hacia ambos lados.

Dos fusileros, Smitty y Johnson, lo siguieron y llegaron sin contratiempos a la otra margen. Después el paramédico, García, cargando a la espalda el pesado botiquín, se lanzó al cauce y los otros lo ayudaron a trepar la orilla. El hombre que llevaba el lanzagranadas, Beatty, respiró hondo y se desplazó con tanta velocidad que me pareció que caminaba sobre las aguas. Otro fusilero, Andolotti, esperó cinco segundos y luego corrió tan rápido que casi alcanzó a Beatty.

Quedamos Markowitz y yo en la orilla, y le dije:

– Tu turno.

El sonrió y respondió:

– Lo está esperando a usted, teniente. Su turno.

– Cubriré la retaguardia. Buena suerte.

– Lo veo del otro lado -dijo Markowitz.

Se lazó al arroyo y cuando estaba en la mitad del cruce, resbaló y cayó. Esperé que se levantara y siguiera su marcha, pero no parecía poder incorporarse. Entonces vi que el agua se volvía oscura a su alrededor. Volvió a caer y se quedó allí, sumergido pero todavía moviéndose.

– ¡Francotirador!

García, el paramédico, y yo, nos lanzamos simultáneamente desde ambas orillas en dirección a Markowitz. Los que estaban en la otra orilla abrieron fuego, rastrillando y acribillando los árboles en ambas direcciones del arroyo.

García y yo llegamos hasta Markowitz al mismo tiempo, y cada uno aferró un brazo y lo arrastramos mientras corríamos hacia la orilla. Le eché un vistazo al herido, y vi que su boca estaba llena de sangre con espumarajos blancos.

Nos encontrábamos a unos cuatro metros de los árboles que crecían en la ribera cuando la muñeca de Markowitz se me escapó de la mano, propinándome un tirón. Me volví y vi a García tendido boca arriba en la pedregosa corriente, con un enorme orificio en el lado izquierdo de su cara, lo cual significaba que era el orificio de salida, lo cual a su vez significaba que el disparo había venido desde la derecha.

Me arrojé de cabeza a la corriente y me arrastré hasta una pequeña roca que me proporcionaría algo de protección si me acurrucaba tras ella.

Miré corriente arriba en la dirección de la que había venido el disparo, sin esperar ver a nadie, pero allí, en un prominente recodo del arroyo a unos cien metros de distancia, había un tipo vestido de negro arrodillado entre las rocas. Lo miré fijo, y el tipo pareció devolverme la mirada. Desde donde estaban mis hombres, en medio de la maleza, no podían ver lo que yo veía desde el arroyo.

Lentamente, extraje mis binoculares del estuche y los dirigí hacia la figura. No parecía tener un rifle, lo cual era bueno, y llevaba puesto el tradicional pijama vietnamita de seda negra. Lo enfoqué más claramente y vi que no era un hombre; era una mujer de cabello largo y negro. Una mujer joven, tal vez de poco más de veinte años, con pómulos altos y grandes ojos que me miraban directamente sin un solo parpadeo.

Se me ocurrieron dos cosas completamente contradictorias: es el francotirador; no puede ser el francotirador. Sólo para asegurarme, me descolgué el fusil del hombro, pero antes de que pudiera adoptar la posición de tiro ella meneó la cabeza y se incorporó. Ahora pude ver el rifle en su mano, de caño largo, probablemente un rifle Draganov ruso, equipado con mira telescópica.

La miré fijamente a través de mis binoculares, y supe que si me movía o movía el rifle, ese Draganov estaría entre sus manos, y yo estaría muerto. Yo estaba a su alcance, como podrían probarlo Markowitz o García si hubieran podido hablar, y con seguridad la maldita sabía muy bien cómo dispararlo.

Mis muchachos seguían disparando salvajemente desde la orilla, y en medio de los disparos escuché que me gritaban:

– ¡Vamos, teniente! ¡Salga de ahí! ¡Tenemos que irnos de este agujero! ¡Vamos, venga!

Miré una vez más a la mujer de pie en el prominente recodo del arroyo, y me pareció absolutamente tranquila. Tal vez estaba desilusionada porque no representábamos un desafío para ella.

La observé con fijeza. Levantó la mano con cuatro dedos extendidos, después apretó el puño y me señaló. Se me heló la sangre. Ella se volvió y desapareció entre la maleza.

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