Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
Ella estaba en cuclillas en una saliente rocosa junto a la cascada, y era fácil verla porque estaba completamente desnuda. Estaba bebiendo del hueco de sus manos, luego se acercó más a la cascada y dejó que el agua corriera sobre su cuerpo mientras se pasaba las manos por el cabello, luego sobre su torso y sus piernas, después por la espalda, después por la entrepierna.
Me quedé mirándola, petrificado por el cuadro. Era muy sensual fuera de contexto, pero dentro del contexto era grotesco, como si uno estuviera viendo a un tigre que se lamía después de una buena comida.
Extendí la mano hacia atrás y apoyé mi rifle M-16 sobre la roca, eché un último vistazo y luego llevé la mira sobre el rifle. Tanteando, tal como me habían enseñado, monté la mira y apunté. Ella aún seguía allí, y había puesto el pie derecho bajo el agua que caía, donde lo mantuvo durante unos segundos antes de cambiar el punto de apoyo para poner el otro pie bajo el agua.
La mira, que cuadruplicaba el tamaño, hacía que pareciera a veinticinco metros de distancia, pero la distancia verdadera, cien metros, era una enorme exigencia para el alcance del M-16, hecho para disparar a una distancia inferior.
La puse en el centro de la mira y apunté con firmeza. Sólo tendría un único disparo. Un disparo estruendoso, ya que no tenía silenciador. Acertara o fallara, tendríamos que salir de ahí más rápido que el demonio.
Se alejó de la cascada y me di cuenta de que se estaba calzando las sandalias. Estaba directamente de frente a mí, completamente desnuda, con el centro de mi mira sobre el corazón.
Por alguna razón, tenía que volver a mirar su rostro, fijarlo en mi memoria, grabarlo a fuego en mi mente. Miré su rostro por encima del centro de la mira, y vi esa misma expresión desinteresada y distante que había observado en la ribera del arroyo.
Extendió la mano y trajo su largo pelo negro sobre su hombro derecho para exprimirle el agua.
Volví a mirar fijamente el sitio entre sus pechos y apreté el gatillo, justo en el momento en que ella se agachaba para recoger su pijama negro.
El estruendo del rifle resonó con fuerza en el silencio de la noche, y el eco rebotó contra las piedras. Los pájaros y animales nocturnos rompieron a chillar, y los tres hombres estuvieron de pie antes de que el sonido del disparo empezara perderse en las lejanas montañas.
Eché una última mirada, pero ella ya no estaba.
– ¿Qué demonios…? -dijo Dawson, alarmado.
– Ella.
– ¡A la mierda! -dijo Smitty.
– ¿Le dio? -preguntó Johnson.
– Tal vez…
– ¿Tal vez? -dijo Dawson-. ¿Tal vez? Tal vez tendríamos que sacar nuestros culos de aquí en el acto.
– Correcto. Carguen.
Recogimos nuestro equipo y, como habíamos dormido con las botas puestas, estuvimos listos para partir en un minuto.
Encabecé la marcha por la ladera sur del terreno rocoso. El avance era lento y traicionero en la oscuridad. Una tajada de luna apenas iluminaba las rocas blancas, y también a nosotros. No oí el disparo porque lo había realizado con silenciador, pero escuché cuando rebotó sobre una roca próxima.
Nos arrojamos al suelo, después nos agazapamos y avanzamos a los tumbos, zigzagueando, cayendo, rodando, haciendo todo lo que podía convertirnos en blancos difíciles.
Otro disparo rebotó en algún lugar hacia la derecha, después otro y otro más. Me la imaginé de rodillas, desnuda detrás de algo, concentrada en la mira, buscando movimiento y sombras bajo la luna, tratando de adivinar nuestros movimientos, disparando de tanto en tanto para hacernos saber que no dejaba de tenernos en cuenta.
Llegamos a un lugar en el que el terreno rocoso se internaba en una fila de árboles, y corrimos a toda velocidad para ganar la protección de la jungla.
Yo iba al frente, y avanzábamos tan rápido como podíamos a través de la oscuridad absoluta que reinaba entre los árboles.
Llegamos a un ancho sendero por el que recientemente habían pasado tanques, vehículos y muchas sandalias de goma. Contrariando lo que me dictaba mi intuición, giré en la misma dirección que habían tomado las tropas enemigas, y seguimos el sendero hacia el sur.
Más o menos una hora más tarde escuché el ronco sonido de un gran motor diesel, y el traqueteo de las orugas de los tanques.
Disminuimos el paso y los seguimos a distancia, esperando que no se les ocurriera detenerse inesperadamente a hacer un descanso.
Caminamos toda la noche, siguiendo al ejército enemigo que avanzaba a paso moderado. Yo sabía que antes del amanecer esos vehículos y hombres se dispersarían en la jungla para esconderse de nuestros aviones y helicópteros. Debíamos hacer un rodeo alrededor de su campamento diurno, así que conduje a mi patrulla hacia el este a través de la jungla. Encontramos un arroyo que fluía desde las montañas hacía la costa, y lo seguimos durante una hora, después volvimos a tomar rumbo sur, esperando haber evitado así al enemigo, que para entonces ya se dispersaba por la densa jungla de tres niveles de follaje.
Al alba nos detuvimos en un bosquecillo de bambú para descansar. De hecho, estábamos tan exhaustos que simplemente nos tendimos en el lugar donde nos detuvimos, y nos quedamos dormidos entre los bambúes y las víboras de los bambúes.
El sol de media mañana me despertó, y me senté, con el sudor que me caía de la cara y corría por mi cuello.
El sargento Dawson también estaba despierto, bebiendo algo que parecía café instantáneo de la tapa de su cantimplora.
– ¿Cómo fue que le erró? ¿Y por qué disparó? -me preguntó.
– Erré porque le erré -respondí-. Y le disparé porque tomé la decisión de hacerlo. ¿Tiene algún problema? Se encogió de hombros.
Estudié mi mapa del terreno, y Dawson me preguntó:
– ¿A qué distancia estamos de Alfa?
Guardé el mapa y respondí:
– No sé dónde estamos, así que tampoco sé dónde está Alfa.
Esa respuesta no le gustó, por lo que añadí:
– Cuando nos pongamos en marcha, encontraré algunos accidentes del terreno y me daré cuenta de dónde estamos. No se preocupe por eso, sargento.
– Sí, señor.
Es necesario dejar en claro quién está al mando si uno quiere sobrevivir, de modo que ordené:
– Despierte a los hombres y póngalos en marcha. Que coman en el camino. Ya hemos estado aquí demasiado tiempo.
– Sí, señor.
El sargento Dawson hizo que Smitty y Johnson se levantaran y en un minuto marchábamos hacia el sur entre los bambúes, que finalmente dejaron paso a unos árboles dispersos, y después a un denso macizo subtropical de arbustos de palma que nos lastimaban los brazos, las manos y las caras.
Al cabo de una hora pude encontrar nuestra localización en el mapa.
– La Cita Alfa está a unos veinte kilómetros hacia el sur y el oeste -anuncié-. No llegaremos con la luz del día, pero debemos estar allí para la cita de las 6.
Todo el mundo asintió, si bien no con entusiasmo, al menos con un poco de optimismo. Un día y una noche más de infierno y con la primera luz estaríamos en la alfombra mágica, y media hora más tarde, comiendo huevos con tocino de verdad y presentando nuestro informe, no necesariamente en ese orden. Tal vez todo al mismo tiempo, si conseguía salirme con la mía.
Me quedaban veintinueve días en este pozo de mierda y, según la costumbre, uno no salía de patrulla si le quedaban menos de treinta días de servicio. En cualquier caso, esa sería mi última patrulla.
Nos internamos en una zona de jungla con tres niveles de follaje donde la falta de sol reducía la maleza al mínimo, por lo que deberíamos haber avanzado a buen ritmo, pero apenas si podíamos poner un pie delante del otro. Todos estábamos cubiertos de erupciones por el calor, infecciones en la entrepierna, llagas causadas por la jungla y ampollas en los pies del tamaño de cebollas. Tenía la impresión de que apenas hacíamos dos kilómetros por hora.