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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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Detrás de mis ojos cerrados, pensé en aquella semana de hace dos años, cuando ella había venido a mi cuarto en el momento que sabía que Bruce estaba ausente, y había cerrado la puerta con llave y, sin ningún preámbulo, se había arrodillado y…

– ¿Estás varado aquí?

Me incorporé sobresaltado, sintiendo que me habían atrapado justo en algo, aunque por suerte mis zonas bajas no estaban notoriamente desarregladas. Había una mujer de pie a mi lado, mayor, más o menos entre los treinta y los cuarenta, vestida con uno de esos trajes completamente serios y un peinado tirante, arrastrando una pequeña maleta rodante. Desde mi ventajosa posición inferior, no pude evitar advertir que tenía lindas piernas, al menos desde el tobillo hasta la rodilla. No obstante, el efecto general era formal, prodigiosamente aseñorado.

– Sí. Sobrevendieron mi vuelo, y no tengo otro hasta la mañana, y mi casa está demasiado lejos.

– Nadie debería dormir en un banco. Una sola noche podría arruinarte la espalda para toda la vida. ¿Necesitas dinero? Probablemente podrías conseguir una habitación en uno de esos moteles del aeropuerto por tan sólo cincuenta dólares. El Sleep-Inn es barato.

Extrajo una billetera de su bolso, y aunque esa clase de detalles no es mi fuerte, puedo decir que a mí me pareció que era una billetera costosa, y que estaba repleta de billetes. Casi nunca me siento angustiado por el dinero -tengo apenas veintitrés años y empezando en la vida, ya conseguiré suficiente plata-, pero no me resultó fácil la decisión, viendo todos esos billetes y pensando en la brecha generacional que existía entre ambos. ¿Por qué no podía aceptarle cincuenta dólares? Era obvio que ella no los echaría de menos.

Sin embargo, por alguna razón no pude hacerlo.

– No. Porque nunca se los devolvería. Quiero decir, podría hacerlo, tengo trabajo. Pero me conozco bien. Perdería su dirección o algo por el estilo, nunca le devolvería el dinero.

Ella sonrió, y la sonrisa transformó su rostro. Definitivamente, entre los treinta y los cuarenta, aunque más cerca de los treinta ahora que la observaba con detenimiento. Tenía ojos grises, una boca grande y curva, con el labio superior más grueso que el inferior, de modo que sus dientes sobresalían apenas un poco. Me pierde esa mordida. Y el traje era una especie de camuflaje, me di cuenta, un camuflaje positivo. La mayoría de las mujeres se visten de manera de ocultar sus defectos, pero hay unas pocas que usan la ropa para cubrir sus virtudes. Ella intentaba ocultar sus mejores cualidades, si bien pude distinguir las curvas bajo la ropa… tanto adelante, arriba, como en la espalda, donde su trasero se alzaba casi desafiando la chaqueta de sastrería y la falda recta. Es imposible aplastar un buen trasero.

– No seas tan galante -dijo ella-. No te estoy ofreciendo un préstamo. Estoy haciendo una buena acción. Me gusta hacer buenas acciones.

– No parece correcto -respondí.

No sé por qué me había puesto tan firme, pero creo que era porque ella era básicamente encantadora y dulce. No podía evitar pensar que volveríamos a encontrarnos, y que no querría ser recordado como el tipo que le sacó cincuenta dólares.

– Bien… -y otra vez esa sonrisa, más amplia ahora- llegamos a un callejón sin salida.

– Así parece. Será mejor que vaya hasta la parada de taxis si quiere volver a casa esta noche. Hay una fila de veinte personas.

Miramos por la ventana hacia el nivel inferior, que era un completo caos. Allá arriba, sin embargo, todo estaba silencioso e íntimo, ya que el tipo de la aspiradora se había ido por fin a hacer ruido a otra parte, y todas las ventanillas de venta de pasajes estaban cerradas.

– Soy afortunada, tengo mi propio auto.

– Creo que más afortunado es el hombre que la está esperando en casa.

– Oh -dijo un poco nerviosa, lo que le dio un aspecto aún más sensual-. No hay nadie… quiero decir… bueno, estoy sola.

– Eso es difícil de creer.

El típico y trillado comentario estúpido era, sin embargo, sincero. ¿Cómo podía ser que alguien como esa bruja de los pasajes tuviera un anillo en el dedo, mientras esta mujer andaba suelta por ahí?

– Es un problema como el del huevo o la gallina.

– ¿Eeh?

– Si estoy sola porque soy una adicta al trabajo o si soy una adicta al trabajo porque estoy sola.

– Oh, es muy simple. Es la primera opción. No hay duda.

Su rostro pareció iluminarse y juro que vi que se le nublaban los ojos, como si estuviera a punto de llorar.

– Eso es lo más lindo que me han dicho en mi vida.

– Entonces, tiene que salir con gente un poco mejor.

– Mira… -Puso su mano sobre la mía, y era fresca y suave, la clase de mano que recibe una capa de crema con regularidad, la mano de una mujer que cuida cada parte de sí misma. Sabía que estaría brillante y pulida, con una fina terminación debajo de su traje conservador, con las uñas de los pies pintadas y con un lindo perfume-. Tengo un departamento con dos dormitorios en la parte sur de la ciudad, a pocas calles de los grandes hoteles. Puedes pasar la noche en mi cuarto de huéspedes, alcanzar el primer transporte al aeropuerto que sale del Hyatt a las cinco. Sólo cuesta quince dólares, y llegarás a donde vayas descansado y fresco.

Es raro, pero me sentía protector con ella. Era casi como si fuera dos personas: alguien que quería protegerla de un tipo como yo, que deseaba meterse en su departamento y arrancarle ese traje, ver lo que ella le ocultaba al resto del mundo.

– No podría hacer eso. Ese es un favor aun más grande que darme cincuenta dólares para que me vaya a dormir a un hotel.

– No sé. Me parece que existen maneras en que podrías retribuirme, si te pones a pensarlo un poco.

No sonrió ni arqueó una ceja ni hizo gesto alguno que subrayara lo que acababa de ofrecerme. Simplemente me dio la espalda y empezó a arrastrar su maleta hacia las puertas corredizas de vidrio.

Nunca en mi vida estuve más seguro de que una mujer me deseaba. Me incorporé, aferré mi propia maleta y la seguí, mientras las ruedas de nuestros equipajes iban repiqueteando al unísono. Me condujo hasta un BMW negro estacionado en el área de estadías breves. Ninguno de los dos dijo una sola palabra, apenas si podíamos mirarnos; yo ya le tenía la falda a mitad del muslo mientras ella le entregaba dos dólares al encargado del estacionamiento. Él ni siquiera se molestó en mirar hacia abajo, sino que tan sólo le dio el cambio, aburrido con su vida. Es asombroso lo que la gente no ve, pero después de todo… la gente no la veía a ella, esa asombrosa mujer. Porque era pequeña y modesta, pasaba por el mundo sin que la reconocieran. Me alegré de no haber cometido el error de no haberla visto.

Su departamento estaba a sólo veinte minutos de distancia, y si yo hubiera tenido veinticinco años, creo que la hubiera hecho detenerse a un lado de la calle para no correr el riesgo de reventar. Le había subido la falda hasta la cintura para entonces, y sin embargo ella mantenía el control del auto y los ojos clavados en el camino, algo que me volvió todavía más loco por aquella mujer. Una vez que se detuvo, no se molestó en abrir el baúl, y para entonces yo no estaba demasiado preocupado por mi maleta. No iba a necesitar ropa hasta la mañana siguiente. Ella subió corriendo la escalera y la seguí.

El edificio estaba un poco más venido a menos de lo que yo esperaba, y en un vecindario un poco más dudoso de lo que supuse, pero esos lofts construidos en viejos depósitos suelen estar en zonas raras de la ciudad. Me hizo entrar de un tirón en la sala a oscuras y cerró la puerta con llave, poniendo la traba como si temiera que yo fuera a cambiar de idea, aunque no había riesgo de que se me ocurriera algo así. No tuve tiempo ni disposición para estudiar el ambiente que me rodeaba, aunque sí advertí que la habitación estaba escasamente amoblada… sólo un sofá, un escritorio con una laptop abierta, y ese enorme anaquel lleno de frascos con centelleantes tapas doradas, que se parecían a esos enormes envases de pimientos que se ven en algunas fiambrerías, aunque no exactamente iguales. No pude evitar pensar que era un proyecto de ella, que tal vez fueran jarrones distorsionados por la luz de la luna.

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