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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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Leonid sintió un agudo dolor en el lugar en el que estaba situado su hígado. Se alejó de un salto del hombre de la moto, agarrándose el vientre. Había sangre en la mitad inferior de su camisa.

– ¡Mierda! -gritó.

Su mente retrocedió hasta noviembre de 1963. Tenía quince años y estaba anonadado por el asesinato de Kennedy. Después Oswald fue baleado por Ruby. El disparo le dio en el hígado y sufrió un dolor atroz.

En ese momento Leo se dio cuenta de que el dolor se le había pasado. Se volvió hacia su contrincante y lo vio yaciendo en el suelo, debatiéndose por respirar. Y de pronto, en medio de un jadeo, dejó de respirar.

Al darse cuenta de que la sangre de su camisa era del muchacho, Leo se puso de pie.

Karmen yacía en el suelo en un rincón, desnuda. Tenía los ojos abiertos y muy inyectados de sangre. Tenía el cuello oscuro por el estrangulamiento.

Pero no estaba muerta.

Cuando Leonid se inclinó sobre ella, sus ojos destruidos lo reconocieron. En lo profundo de su garganta surgió un confuso gorgoteo y ella trató de golpearlo. Graznó una inarticulada maldición, muy audible, y se sentó. El esfuerzo fue demasiado. Murió sentada, con la cabeza apoyada sobre las rodillas.

No tenía sangre debajo de las uñas.

“¿Por qué está desnuda?”, se preguntó Leonid.

Fue al baño para ver si había agua en la bañera… pero estaba vacía. Pensó en llamar al hospital, sin embargo…

El muchacho había usado una pistola de cañón largo de calibre 22. Leonid estaba seguro de que era la pistola que Nora Parsons dijo que había perdido diecisiete años atrás.

En la billetera de la muchacha, su licencia de conducir estaba a nombre de Lana Parsons.

En ese momento Leonid sintió dentro de su propio bolsillo el calor de las joyas y el dinero.

El asesino tenía una mochila. Contenía dos sobres estampillados, uno estaba dirigido a un abogado llamado Mazer y el otro a Nora Parsons, de Montclair, Nueva Jersey.

La carta dirigida a su madre incluía una de las fotografías que Leonid le había sacado a Richard Mallory y a su novia.

Querida mamá:

Mientras estuviste con Richard en las Bahamas el año pasado fui a tu casa a buscar cualquier cosa que hubiera pertenecido a papá. Sabes que lo amaba muchísimo. Sólo pensé que podrías tener algo que yo podría guardar como recuerdo.

En el garaje encontré una vieja caja de metal oxidada. Todavía conservabas la llave en el cajón de las herramientas. Supongo que no debería sorprenderme que hubieras contratado a un detective privado para probar que papá le estaba robando a su empresa. Debe habértelo contado y tú supusiste que podías quedarte con su dinero y con tus novios mientras él se moría en la cárcel.

Esperé mucho tiempo hasta saber qué debía hacer. Finalmente decidí usar al hombre que usaste para matar a papá para romperte el corazón. Acá tienes una foto de tu precioso Richard de su verdadera novia. El muchacho que dijiste que amabas. El muchacho que enviaste a la universidad. ¿Qué te parece?

Y me llevé el informe que Leonid McGill te dio sobre papá. Se lo envío ahora a mi abogado. Tal vez él pueda demostrar que existió una conspiración. Estoy segura de que le tendiste una trampa a papá, y si el abogado puede demostrarlo tal vez los mande a los dos a la cárcel. Tal vez incluso el señor McGill atestigüe en tu contra. Te veo en el juicio.

Tu amante hija,

Lana

Al abogado le enviaba el informe, amarillento y gastado, que Leonid había hecho tantos años atrás. En él se detallaba que el esposo de Nora tenía una cuenta secreta con el dinero que había desfalcado de unos fondos que administraba. Leonid recordó su encuentro con la señora Parsons. Ella le había dicho que no podía confiar en un hombre que era un ladrón. Leo no discutió. Sólo estaba allí para cobrar un cheque.

Lana había incluido una copia de la carta a su madre dentro del sobre dirigido al abogado. Le pedía que la ayudara a conseguir justicia para su padre.

Leonid se lavó cuidadosamente las manos y después eliminó cualquier señal de que hubiera estado en el departamento de la chica. Frotó cada superficie y lavó el vaso del que había bebido. Recogió las pruebas que había traído y las cartas, después se abotonó la chaqueta sobre la camisa ensangrentada y salió rápidamente de la escena del crimen.

Twill levaba puesto un traje azul oscuro con una camisa amarillo pálido y una corbata granate que tenía una ondulada línea azul en el centro. Leonid se preguntó de dónde había sacado su hijo un traje tan elegante, pero no formuló la pregunta en voz alta.

Los dos estaban solos en la pequeña capilla funeral donde Gert Longman yacía en un ataúd de pino abierto. Parecía más pequeña de lo que había sido en vida. Su rostro rígido parecía moldeado en cera.

Los hermanos Wyant le habían prestado dos mil quinientos dólares para el funeral. Se los dieron con su interés preferencial de dos por ciento semanal.

Leonid se demoró junto al ataúd mientras Twill permanecía a su lado… a medio paso de distancia.

Detrás de ambos, dos filas de sillas plegables constituían un mudo grupo de espectadores. El director de la funeraria había dispuesto la sala para un servicio religioso pero Leonid no sabía si Gert era religiosa. Y tampoco conocía a ninguno de sus amigos.

Después de los cuarenta y cinco minutos que se les habían asignado, Twill y Leonid abandonaron la funeraria de Little Italy. Salieron al sol que brillaba con fuerza sobre la calle Mott.

– Eh, León -dijo una voz detrás de ellos. Twill se volvió pero Leonid no.

Carson Kitteridge, vestido con un traje marrón oscuro, se les puso a la par.

– Teniente. Usted ya conoce a mi hijo Twill.

– ¿No tienes escuela hoy, hijo? -preguntó el poli.

– Permiso por duelo, oficial -respondió Twill con soltura-. Hasta las prisiones contemplan esos casos.

– ¿Qué quiere, Carson? -dijo Leonid.

Miró por encima de la cabeza del policía. El cielo estaba de una manera que Gert solía llamar azul glorioso. Eso era en la época en que todavía eran amantes.

– Me pareció que usted querría saber lo de Mick Bright.

– ¿Quién?

– Hace unos cinco días recibimos una llamada anónima -dijo Carson-. Era acerca de un alboroto en un edificio de departamentos del Upper East Side.

– ¿Sí?

– Cuando los agentes llegaron allí encontraron a una muchacha muerta, de nombre Lana Parsons, y a este Mick Bright… también muerto.

– ¿Quién los mató? -preguntó Leonid, controlando la respiración.

– Parece violación y robo. El muchacho era un adicto. Conocía a la joven del instituto de Arte Teatral.

– ¿Pero dijo que él también estaba muerto?

– Sí, eso dije, ¿no es cierto? La mejor versión que pudieron dar los agentes es que el muchacho estaba drogado y cayó sobre su propia pistola. Se disparó y le perforó el corazón.

Twill miró a su padre y después desvió los ojos.

– Cosas más raras han ocurrido -dijo Leonid.

Leonid ya se había dado cuenta hacía rato de que Lana había encontrado también la pistola en la caja metálica de su madre. Sabía por qué ella había matado a Gert y por qué Bright la había matado a ella. Lana quería hacerle daño a él, y después mandarlo a la cárcel como él había hecho con su padre.

Era un plan incriminatorio tan bien calculado como el que él mismo hubiera podido armar. El abogado habría entregado las cartas a la policía. Ya sobre la pista, los polis hubieran comparado el semen de Leonid con el semen hallado en la víctima. Seguramente ella había esperado que él se guardara las costosas joyas. Robo, violación y asesinato, y él habría sido en realidad tan inocente como Joe Haller.

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