Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
Centenares de pequeños campesinos dependen de las acequias, y de esta manera ha surgido un sistema social organizado para garantizar un suministro equitativo. Cada acequia tiene su propio presidente, que es elegido cada año, su tesorero y su acequiero. El presidente preside el proceso democrático de toma de decisiones, resuelve las disputas y sirve de enlace con la autoridad hidráulica. El tesorero se encarga de recoger los pagos del agua, que son acordados cada año por los regantes para cubrir los costes de mantenimiento y mejoras. El acequiero recorre cada día toda la longitud de la acequia y es responsable de que el agua fluya sin problemas, vigilando las fugas y puntos críticos y asegurándose de que cada regante corte su agua en el momento debido sin quitarle tiempo de riego al siguiente.
Si eres propietario de un terreno que tenga derecho al agua de una determinada acequia, se te adjudica un determinado período de tiempo y una determinada cantidad de agua. Puede que tengas mala suerte (o no goces del favor del presidente del agua) y consigas, por ejemplo, diecisiete minutos de un tercio de la acequia los jueves a las tres y diez de la mañana, con lo que ese día por la noche, con la linterna en la boca y el azadón al hombro, sales con paso pesado y te diriges a tu huerto de naranjos y hortalizas. A las tres y diez -no a las tres y nueve ni a las tres y once- abres la torna y dejas que todo ese volumen de agua salga a raudales hasta tu terreno. El partidor, una sencilla construcción de ladrillos y argamasa, garantiza que sólo te llegue la tercera parte del agua de la acequia.
Si no tienes un depósito en donde almacenar el agua que te corresponda, te ves obligado a andar corriendo frenéticamente de un lado para otro en la oscuridad, dando golpes de azadón en las pequeñas presas, diques y canales para asegurarte de que cada árbol se empape bien de agua y cada surco de hortalizas se quede lleno hasta los bordes. Las noches de luna llena esta tarea puede constituir un auténtico placer, mientras observas cómo las ondas van tiñendo de plata la superficie del agua oscura con un acompañamiento de cantarines riachuelos. Sin embargo, un depósito resulta más práctico, y todo el que tiene un poco de dinero extra instala uno para llenarlo con sus diecisiete minutos de agua y regar sus tierras al día siguiente a la hora que le convenga.
Siendo el único cortijo del otro lado del río, El Valero es excepcional en cuanto que tiene su propia acequia, es decir, el potencial para veinticuatro horas de agua siete días a la semana. Tampoco hay que pagar ninguna cuota de acequia, partiendo de la base de que si queremos el agua tenemos que limpiar los canales nosotros mismos; un acuerdo que me pareció muy generoso cuando me lo explicaron, pero sobre el que después he empezado a tener mis dudas. Como era de esperar, Pedro Romero no había cumplido con sus deberes como guardián de la acequia de El Valero con demasiado celo, aunque María, con la ayuda esporádica de Joop, había hecho lo que había podido para procurar que entrara un poco más de agua en el cortijo por los canales encenagados y cubiertos de matorrales crecidos y por los acueductos de piedra desmoronados.
Cuando llegamos aquí para tomar posesión del cortijo, la acequia se encontraba en un estado desastroso. Los vecinos movían la cabeza y advertían sobre las dificultades de volver a ponerla en funcionamiento, con lo que a mí casi no me quedaban esperanzas de poder hacerlo algún día. Parte del problema es que se trata de un sistema totalmente estacional. La embocadura de la acequia, situada río arriba a un kilómetro y medio del cortijo, consiste en una charca en el río creada por una improvisada presa de rocas, ramas, unas chapas de cinc oxidadas y unas placas de plástico. Cada año las lluvias del invierno se llevan la presa, lo que hace necesario volver a construirla cada primavera, cuando se lleva a cabo la limpieza del canal.
La presa encauza el agua hacia la estrecha embocadura de la acequia, desde donde comienza a bajar rápidamente por un cauce de tierra roja a lo largo de un pasillo flanqueado por altos chopos. Al separarse del río, el agua continúa por una pendiente cubierta de maleza, trazando su curso a través de túneles de zarzas, ciénagas poco profundas de juncos de color grisáceo y tramos de terreno tan yermo que nada crece en ellos salvo alcaparras. Finalmente el agua desaparece por un túnel bajo la antigua era del cortijo, para emerger, casi en estado cristalino después de haber depositado a lo largo del canal sus sedimentos rojizos, entre las raíces de una vieja higuera.
Desde ahí, en una sucesión de cascadas, el agua corre a raudales atravesando un prado de fuerte pendiente al que llamamos «Pradera de los Siete Alacranes» (justo después de nuestra llegada intentamos despejar de piedras el campo, y debajo de cada una de las primeras siete piedras que levantamos nos encontramos un alacrán) y, finalmente, desciende por el borde de unos bancales de naranjos para unirse de nuevo al río.
A finales de abril, dado que el tiempo se mostraba marcadamente reacio a llover y que en las otras acequias se observaba una actividad febril, comprendí que era necesario hacer llegar algo de agua al cortijo. Como siempre, me encaminé al otro lado del río para ver qué decía Domingo sobre el asunto.
Lo encontré sentado en su «tinao», o terraza, con su primo Antonio, tallando ambos diligentemente con sus navajas pequeñas maquetas de arados, absortos en su tarea. Era una idea bastante extraña que se le había ocurrido a Domingo para ganar un poco de dinero. Un amigo suyo que tenía un bar en las montañas le había prometido exponerlos en la pared y venderlos. Desordenados por el suelo, entre los gatos y las patatas, había marañas de hilo de cobre, tuercas, tornillos y un gran bote de barniz. La «estación de trabajo» de Antonio estaba alimentada por una botella de costa casi vacía que este último atacaba con fruición.
– Tiene ese vicio -explicó Domingo, soplando las virutas de una diminuta cuña que acababa de tallar-. No vale para nada cuando no bebe… pero tampoco vale para mucho cuando bebe. ¡Mira esto, hombre! ¿Cómo carajo vas a arar con una cosa así? Mira, está torcido, se iría para un lado… -Cogió la maqueta en la que estaba trabajando Antonio, agitándola desdeñosamente en el aire en dirección hacia mí.
Antonio sonrió afablemente y me estrechó la mano.
– Encantado -dijo a modo de saludo, volviendo a quitarle a Domingo el diminuto arado y colocándolo cuidadosamente en el montón de maquetas acabadas-. No creo que nadie vaya a arar con él, primo: ¡es demasiado pequeño con mucho! -añadió dirigiéndose a Domingo mientras apuraba su vaso de costa.
Finalmente, le expliqué la razón de mi visita a Domingo, que inmediatamente ofreció su ayuda y la de Antonio («si es que está sobrio», añadió) para limpiar mi acequia, proponiendo que comenzáramos la semana siguiente.
Sentía cierto recelo ante la perspectiva de contratar a Antonio, pero no tenía muchas posibilidades de elegir en este asunto y, en cualquier caso, mis dudas demostraron carecer de fundamento. Aun medio borracho, Antonio demostró ser un hombre que trabajaba con la capacidad de una excavadora mecánica, siempre alegre y hablando de la vida en comentarios aparte de tipo filosófico. El único problema era mantenerle sobrio durante varios días seguidos, ya que, lejos de la vigilancia de Domingo, Antonio se iba de parranda y se ponía como una cuba.
Cuando ambos se presentaron el lunes por la mañana que habíamos acordado, Domingo me hizo una severa advertencia sobre el contrato de trabajo de su primo.