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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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Al llegar a El Valero, busqué a toda prisa los nudos de las cuerdas y aflojé febrilmente las crueles ataduras. Las gallinas cacarearon y se escabulleron rápidamente entre las sombras de su nuevo hogar, impertérritas tras todo este episodio. Me puse a mirar con satisfacción cómo se acomodaban y después me fui a pasar una agradable hora buscando información en la sección «Huevos» de mis libros de cocina.

– Elizabeth David [1] calcula que en la cocina francesa existen 685 maneras de preparar los huevos -anuncié.

Nos había entrado una verdadera fiebre. Las siguientes en llegar fueron dos parejas de palomas que nos dio Domingo el Viejo. Llegaron en una caja de zapatos y las metimos en el establo de debajo de nuestro dormitorio, desde donde nos alegraron las noches con su incesante clocleo, su arrastrar de patas, su aleteo y sus arrullos. Domingo el Viejo había dicho que no les llevaría mucho tiempo acostumbrarse a su nuevo hogar.

– No tienes más que echarles de comer dentro durante unos días, y luego abrirles la trampilla y soltarlas. Después volverán, ya verás si no.

De este modo durante un tiempo se unieron al caos de nuestra heterogénea mezcla de aves de corral, hasta que un día les abrimos la trampilla con cierto temor. Por supuesto, nada ocurrió. Pero al cabo de tres días consiguieron al fin encontrar el agujero, salieron revoloteando y se posaron en el tejado, guiñando los ojos a causa del sol -una negra, una gris y dos blancas-. Entonces se lanzaron hacia la libertad que les brindaba la inmensidad del aire del valle, primero remontando el vuelo, y después describiendo círculos y tropezando en las corrientes, poco acostumbradas a usar sus alas. Luego regresaron, se posaron en el tejado para pensárselo y, con un rápido batir de alas, salieron volando una vez más.

Era un espectáculo maravilloso. La verdad es que parecían disfrutar volando tanto como me gustaría pensar que disfrutaría yo. Pasé horas observándolas, el perfecto complemento natural de estos pequeños cortijos blancos de las laderas altas de los valles. Pero al día siguiente sobrevino un vendaval que, azotando y destrozando las hojas de los eucaliptos y de la hiedra, se llevó a las pobrecitas. Me quedé desconsolado. Sin embargo, unos días más tarde tres de las aves regresaron cojeando de dondequiera que las hubiera arrastrado el viento. En cuanto a la cuarta, supusimos que se la había comido un águila.

Dicen que las palomas se reproducen con una rapidez asombrosa. Domingo el Viejo calculaba que con las dos parejas que nos había regalado podíamos esperar más de ochenta pichones al año, y que en el plazo de un mes empezarían a criar. Pero las cosas no salieron exactamente tal y como estaba previsto. Esperamos durante muchas semanas a que una de ellas se pusiera llueca, impacientes por descubrir cualquier signo de actividad amorosa. Resultó evidente que al menos la de color oscuro era diferente de las otras. Sus dos compañeras se posaban juntas en el tejado, mientras la oscura, de tamaño algo mayor, se posaba sola a cierta distancia a mirarlas y, como quien no quiere la cosa, empezaba a acercárseles con malevolencia, ante lo cual las otras dos echaban a volar.

– ¿Crees que es el macho, Ana, y que en el mundo de las palomas eso es el equivalente a una insinuación?

– Sí, estoy casi segura de que es el macho. Pero la situación no parece ser muy prometedora, ¿verdad?

Sin embargo, el macho empezó poco a poco a hacerse más insistente y las hembras más sumisas. En consecuencia, saltaba sobre ellas y les daba feroces picotazos en la parte de atrás del cuello. Resultaba un espectáculo bastante desagradable, por lo que dejamos de observarlas. Pero unas semanas más tarde, tras romper el cascarón, salió un pichón vivo de un huevo. Esta diminuta criatura era el primer animal doméstico que había nacido en El Valero desde nuestra llegada; un momento conmovedor a su manera. Una mañana, mientras daba de comer a las gallinas y a las palomas, había descubierto una cosita descarnada y húmeda en el ponedero, con lo que fui corriendo a decírselo a Ana.

– ¿Sabes qué? ¡Creo que al fin tenemos un pichón!

Ana estaba tan entusiasmada como yo, y dejó lo que estaba haciendo para ir a investigar.

– No es ninguna belleza, ¿verdad? -comentó-. ¿Crees que es realmente una paloma?

– Pues su padre es una paloma, su madre es una paloma y está en un nido de palomas, ¡no sé qué va a ser si no!

– Tal vez sea un cuco…

Ana tenía razón. Era un pájaro muy poco atractivo de color negro pardusco, con plumas deshilachadas y una proporción entre la cabeza y el cuerpo un tanto peculiar. Resultaba difícil de creer que hubiera salido del huevo de un animal tan bonito como la paloma.

– No. Los cucos ponen los huevos en nidos a la intemperie, no en establos. Creo que es una paloma.

Y de hecho lo era. Habían hecho falta unos tres meses para que nuestra población de palomas aumentara desde cuatro individuos… a cuatro individuos. Empecé a considerar las previsiones de Domingo el Viejo como un objetivo optimista. A este paso, con mucha suerte podríamos cenar pastel de paloma una vez al año. De hecho, empezamos a darnos cuenta de que en su conjunto la sección de aves de corral no prosperaba. Estábamos invirtiendo una cantidad considerable de esfuerzo y haciendo todo lo recomendado, pero esto no parecía producir muchos resultados. Se había apoderado del gallinero una resistencia general a crecer, multiplicarse, reproducirse, y hasta a poner huevos. Evidentemente algo pasaba. Nos pusimos a observar y a pensar, y llegamos a la conclusión de que era la antipatía mutua lo que estaba afectando el rendimiento.

Las codornices, que eran las aves más pequeñas de la colección, tenían miedo de las gallinas; a las gallinas no les gustaban las gallinas de Guinea ni las palomas, aunque soportaban a las codornices; a las gallinas de Guinea les resultaban indiferentes las palomas, pero les daban pánico las codornices y detestaban a las gallinas; a las palomas les afectaba el terror que las gallinas de Guinea sentían por las codornices, temiendo la posibilidad de una alianza entre las gallinas y las codornices y heridas en su orgullo por la indiferencia de las gallinas de Guinea, y compartían con todas las demás aves la aversión a las gallinas.

Las cosas no podían seguir así: era necesario tomar medidas. Así pues, diseñamos y construimos un armatoste que pasó a conocerse por el nombre de Centro de Recreo para las Codornices -para abreviar, CRC-. Si conseguíamos que las codornices no entraran en el juego, tal vez nos resultara posible entender la situación del resto de las aves.

Consultamos una serie de trabajos sobre este tema y poco a poco fue surgiendo un plan. Los tres factores que teníamos que tener en cuenta para la construcción eran: felicidad, seguridad y transportabilidad. A fin de obtener el máximo rendimiento de nuestras codornices decidimos que había que simular, dentro de lo posible teniendo en cuenta los límites de una caja cerrada con tela metálica, las condiciones de que disfrutaban en su hábitat natural.

Inventamos una especie de arca portátil con un ponedero cerrado y dependencias nocturnas en un extremo, zona a la que se accedía por una trampilla astutamente ideada. El otro extremo estaba rodeado de tela metálica, pero la parte del fondo estaba abierta para que los inquilinos tuvieran acceso al trozo de terreno en que se hubiera colocado el artilugio. El área exterior estaba bordeada por una tela metálica sujeta con piedras. El objeto acabado me parecía el súmmum de la modernidad y del progreso en la cría de aves de corral.

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[1] Escritora de libros de cocina muy conocida en el Reino Unido, cuyas obras son de consulta obligada en los hogares de ese país. (N. de la T.)

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