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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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Me encanta el riego, y espero que cuando me haya apuntado veinte o treinta años de práctica, mi vecino llegue a admitir que ya conozco el asunto.

Gatos y palomas

– Lo primero y lo más importante que hay que hacer -anunció Ana, levantando la vista con determinación de un libro en cuya portada se veía la imagen de un gato- es solucionar el asunto de esos gatos. No podemos estar rodeados de animales así, eso nos va a amargar. Hay que rehabilitarlos.

Además de unas cuantas plantas en latas oxidadas, las camalas y el ladrillo, Pedro nos había dejado dos gatos. A los gatos no se les puede cambiar de casa: son animales que echan raíces. Uno de ellos, la madre, era un esqueleto famélico, y su cría era menuda y enclenque. El pobre animal nunca había tenido ocasión de ser cachorro: había nacido para llegar directamente a un mundo de hambre y de golpes. Ambos eran gatos atigrados grises, y tenían gran parte del pelaje chamuscado por haber intentado calentarse en las cenizas aún calientes de la chimenea.

Se movían sigilosamente de un lado para otro, debilitados por el hambre y las lombrices, y eran la imagen del abatimiento. Pedro no había hecho mucho caso a sus perros -ni siquiera a sus tres favoritos, Tigre, Canela y Fantoche-, pero los gatos estaban fuera de toda consideración. Sólo se les permitía agregarse a la casa porque, según Pedro, eran unos fantásticos cazadores de ratas, lo cual resultaba difícil de creer a juzgar por la manera apagada en que deambulaban de un lado para otro. Ana tenía razón: su triste situación ya estaba empezando a afectarme.

Lo primero que teníamos que hacer era amansarlos para poder pasarles por la cabeza un collar antipulgas y librarlos de las lombrices. Ana tiene buena mano con los animales. Hicieron falta unos tres días para que se acostumbraran a que les diéramos de comer, y otros tres días más tarde me encontré a Ana acariciándolos en su regazo.

Pensábamos que el asunto de los collares antipulgas sería poco menos que imposible de llevar a la práctica -unos animales asilvestrados como éstos nunca aceptarían semejantes símbolos de domesticidad-. Pero llegado el momento ambos se quedaron quietos e inclinaron dócilmente la cabeza para recibir los collares. Casi parecían saber que esto simbolizaba que a partir de ahora iban a estar a cargo de personas que los querían -aunque quizás ésta sea una idea demasiado ridícula-. De ahí a ponerles en el pescuezo una rápida inyección antiparasitaria no había más que un paso.

Casi sin darnos cuenta, los famélicos animales empezaron a recuperarse poco a poco. Sus flancos hundidos se rellenaron y desaparecieron las costillas, el pelaje chamuscado e irregular adquirió brillo devolviéndoles un cierto vestigio de orgullo felino, e incluso empezaron a lavarse.

Los gatos tienen que tener un nombre y, por alguna razón que más vale no recordar, a éstos los llamamos Brenda y Elfine. A medida que su estado mejoraba, Elfine empezó a desarrollar lo que los amantes de los gatos llaman una «personalidad». Para mí todos los gatos son más o menos iguales, pero no pude resistirme a sentir un cierto afecto por ella. En el caso de Brenda, la madre, era ya demasiado tarde para que se tomara la molestia de desarrollar su personalidad, y continuó siendo un motivo de vergüenza para su hija, que gozaba de mayor movilidad social, hasta un día fatídico de verano en que un generoso visitante tuvo la amabilidad de traernos una bolsa térmica llena de salmón ahumado. El mecanismo de la bolsa térmica falló, o tal vez alguien la dejó abierta en el interior de un coche caliente, con el resultado de que su contenido se declaró «sospechoso». Brenda murió poco después de un empacho de salmón ahumado. El salmón ahumado es, con mucho, mi comida favorita, y me gustaría pensar que la gata dejó este mundo mientras se relamía con satisfacción.

Elfíne siguió creciendo sana y fuerte y, cuando no se encontraba durmiendo, se convirtió en efecto en una cazadora de ratas excelente. O al menos eso creemos. La presencia de ratas y ratones había quedado demostrada por sus excrementos, unas bolitas negras desperdigadas por toda la casa y la terraza. Pronto éstas desaparecieron totalmente, lo cual nos condujo a dos conclusiones posibles: o bien Elfine estaba matando ratas y ratones muy eficientemente, o estaba comiéndose sus excrementos.

Durante la primavera y el verano de nuestro primer año se acumularon toda una serie de proyectos. Teníamos que volver a construir y equipar nuestra casa según los gustos modernos, aprender a utilizar el sistema de riego, cuidar las hortalizas para su primera recolección, podar los árboles y recoger la fruta. Todas eran tareas absorbentes y necesarias que habrían contado con toda nuestra atención, de no haber decidido dar un paseo por el cauce del río una mañana húmeda y llena de rocío que coincidió con la visita semanal del pollero.

Todos los sábados al rayar el día, después de recorrer los trescientos kilómetros de distancia que hay desde Ciudad Real, aparecía por El Granadino un hombre corpulento y de aspecto jovial en una gran furgoneta blanca. El vehículo estaba provisto de unos compartimentos especiales llenos a rebosar de todas las variedades de aves de corral que pudieran desearse: perdices, gallinas de todo tipo, patos, gansos y gallinas de Guinea, pavos y codornices, y hasta pavos reales. La primera vez que nos encontramos con él nos entró una especie de obsesión avícola. Se nos hacía la boca agua con las enriquecedoras posibilidades de estos animales que, por sólo unas cuantas pesetas, podíamos admitir en nuestra órbita familiar.

Al volver a casa esa noche para dar de comer a la perra y a la gata, nos invadió a los dos una sensación indefinible de soledad, como si de algún modo el cortijo se hubiera vaciado durante nuestra ausencia. Aunque Beaune y Elfine hicieron todo lo posible, no era culpa suya el que no pudieran poner huevos.

El sábado siguiente compramos un par de gallinas de Guinea y unas cuantas codornices, y nos fuimos a casa a toda velocidad, deseosos de introducirlas en nuestro círculo familiar. Unos días más tarde Joop, conmovido por nuestro celo avícola, donó unas gallinas, que al parecer eran unas muy especiales importadas de Holanda. Eran gordas, blancas y muy hermosas -para ser gallinas, claro está- y se decía que su carne era sublime. También se decía que ponían tantos huevos que ni siquiera daba tiempo a contarlos.

– ¿Les tienes preparado un corral? -preguntó Joop.

– Sí -respondí, pensando en la burda chapucería que había preparado en el establo de debajo de la casa-, ya está listo. Pero ¿cómo me las llevo a casa?

– Las atamos juntas por las patas y hacemos una lazada en la cuerda para que las puedas llevar cogidas por ahí. ¿Qué te parece?

– De acuerdo -dije, no del todo convencido.

– Bueno, ¿estás listo? Voy a entrar a cogerlas y te las voy pasando. Pero de ninguna manera las dejes escaparse.

En medio de una cacofonía de cacareos y graznidos, Joop introdujo su bien nutrido corpachón por la diminuta puerta de su gallinero. Agarró dos gallinas, las atamos entre los dos y me dirigí a través del valle al nuevo gallinero de El Valero.

Parece ridículo ser tan sensible en el tema de las gallinas, pero encontraba este método de transporte un tanto brutal. La confusión de los pobres animales avanzando patas arriba a toda velocidad con la cabeza casi a nivel del suelo y las patas apretadas por la cuerda me angustiaba, por lo que crucé con ellas el valle a toda, prisa, tropezándome con las piedras, saltando por encima de las rocas y recorriendo como una exhalación el desigual terreno mientras procuraba mantener las gallinas al mismo nivel y que se zarandearan lo menos posible. Y así regresé corriendo hasta la casa, como participante único en una grotesca carrera de huevos.

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