Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
– No le pagues nada -me ordenó-. En cuanto le des dinero se largará y ya no le volveremos a ver más ni tú ni yo.
– Pero tendré que pagarle al hombre -protesté-. No puedo tenerle trabajando sin cobrar.
– Pues guárdate el dinero y págale cuando acabe el trabajo. Y no se lo des todo de golpe tampoco.
Eran unos consejos caritativos, aunque había en ellos también un atisbo de interés personal. Domingo me contó cómo una y otra vez se había encontrado a Antonio desplomado en una alcantarilla en uno de los pueblos de las montañas, a menudo malherido por haber caído pesadamente sobre los adoquines, y cómo entonces lo metía en su coche, empapado de vino y de orina, para llevárselo a La Colmena y cuidar de él hasta que estuviera más o menos repuesto. Antonio le devolvía el favor ayudándole con los trabajos del cortijo. Y de pronto un día se largaba por la mañana temprano para iniciar el ascenso de cuatro horas hasta su pueblo, Bubión, deteniéndose a mitad de camino en Las Cañadillas para disfrutar de un litro o dos de vino con otro primo que tenía unas pocas cabras y a quien le gustaba fomentar las malas costumbres de Antonio.
Domingo y Antonio se presentaron armados de picos, palas, azadones y hoces para trabajar en la acequia, acompañados de dos peones más: Manolo, un joven arriero del pueblo con una pelambrera de color negro azabache y una sonrisa encantadora, y Paquito, cuyo aire soñador me hizo dudar de que estuviera realmente con nosotros en este mundo. Pero me aseguraron que con una hoz en la mano rendiría de una manera espectacular.
Subimos al cerro de detrás de la casa y desde allí bajamos al barranco que conduce hasta el túnel. Paquito y Antonio se pusieron enseguida manos a la obra con sus hoces, despejando la maraña de vegetación que obstruía la acequia. En cuanto a mí, me abrí paso con esfuerzo unos metros acequia arriba, hasta donde había una zona de maleza de aspecto particularmente feo. Cogiendo con mi mano enguantada un puñado de púas y espinas, me puse a dar golpes de hoz, enredándome en una sucesión de plantas hostiles. Primero me agarraron las zarzas, después las trompetas trepadoras, y mientras me debatía para intentar escapar de sus pavorosos zarcillos, una rama de granado se doblaba hacia delante y se me metía por el ojo, o bien un carrizo me dejaba un limpio corte en el cuello. No había ni una sola planta benigna entre toda aquella retorcida maraña. Dado que no conseguía avanzar nada, abandoné la tarea de limpieza y, cogiendo la pala, me puse a la cola de la cuadrilla.
Manolo y Paquito parecían no tener ninguno de estos problemas con la jungla de plantas y, a un ritmo constante, iban desapareciendo en la distancia dejando tras sí las orillas cuidadosamente recortadas. Domingo y Antonio iban detrás de ellos quitando el lodo y volviendo a excavar el cauce del canal, mientras yo sudaba y me esforzaba por detrás, quitando los escombros con la pala. Con la excepción del paleador, que pronto empezó a perder terreno, el equipo avanzaba a un paso normal desahogado.
El mirarlos constituía toda una lección de humildad. Cada cinco minutos más o menos, me enderezaba para calmar el fuerte dolor de espalda y secarme el sudor que me caía por los ojos, mientras los otros seguían avanzando inclinados. Al final de la jornada regresamos tranquilamente al cortijo por la suave concavidad que habíamos creado.
– ¿De verdad hemos limpiado todo esto? -me pregunté sin dar crédito a mis ojos a medida que a la vuelta de cada curva iba apareciendo una vista tras otra del canal tan perfectamente despejado que parecía el bien cuidado sendero de un parque.
El segundo día resultó más lento, ya que había que meditar sobre cómo íbamos a sortear el terrible tramo que discurría por debajo de El Avispero, una carrera de obstáculos con zarzas asesinas y zonas de desprendimientos cubiertas de escombros. Pero de algún modo los superamos, y a la caída de la tarde nos encontrábamos avanzando relajadamente por la tierra más blanda y la vegetación más tierna del Barranco del Pino. Para el mediodía del tercer día ya habíamos salido al pasillo de chopos de debajo de la presa.
Ya sólo quedaba abrir el dique de contención para que el agua saliera fluyendo a raudales por el recién despejado canal y se abriera camino hasta nuestro cortijo. Domingo calculaba que tardaría cinco horas en llegar hasta allí, lo que nos dejaba tiempo suficiente para almorzar y limpiar todos los canales del propio cortijo antes de que llegara. Me eligieron para caminar con el agua y asegurarme de que las ramitas y hojas cortadas y caídas de la maleza no atascaran los túneles.
Aunque otras tareas caen en la monotonía cuando se repiten constantemente, el caminar con el agua nunca deja de deleitarme. Me adelanto sigilosamente a su curso y me siento para chupar una brizna de hierba y disfrutar de la paz, vigilando el cauce seco de la acequia y manteniéndome atento al suave murmullo de lo que al principio no se reconoce como el sonido del agua. Ésta aparece en forma de un susurrante mosaico de hojas secas, pétalos, cagadillas y ramitas. De color rosa, blanco y marrón, va avanzando en silencio, precipitándose suavemente para llenar las depresiones y amainando el paso para devorar poco a poco las zonas más altas. Aquel primer día resultó emocionante observar cómo el agua se acumulaba y crecía y cómo iba saturando la tierra reseca. Lentamente iba subiendo de nivel por los bordes, entrando a raudales en los hormigueros y en las toperas, y poco a poco se iba convirtiendo en un auténtico riachuelo. Al verlo, me salpicaba de agua hasta la cabeza y corría hasta la curva siguiente para ponerme a esperar el milagro una vez más.
En Las Alpujarras el riego es una manera de medir la hombría: un hombre que no sepa regar no sirve. Un día Domingo me dijo por despecho: «Cristóbal, tú no sabes de riego. No entiendes el agua». Estas eran las palabras más duras que podía haber elegido, y suponían una acusación despiadada que ponía en entredicho mi valía. Creo que aquel día Domingo tenía resaca, pero la cuchillada me llegó directa al corazón. Herido, me senté bajo un árbol pensando en el riego. Tal vez tenía razón. En el momento de recibir este ataque sólo llevaba unos tres años en el cortijo; no había tenido tiempo de aprender de riego.
Lo que sí sabía era que el agua tiende a fluir hacia abajo, y que si se la deja sola siempre se abre camino hasta donde no quieres que llegue, erosionando bancales, destruyendo muros y dejando expuestas las raíces de los árboles. Si se dejase saturarse demasiado un bancal, se desmoronaría con un ruido atronador, dejando en el de debajo un revoltijo de tierra, piedras y árboles caídos, una vergüenza que es difícil de ocultar y cuya reparación supone mucho trabajo.
Pero en las ocasiones en que el riego va bien, no existe nada semejante. Cuando era pequeño, mi ocupación favorita consistía en construir presas y canales de barro en los riachuelos del bosque, y me considero afortunado por poder disfrutar de esta misma actividad como adulto. En verano riego con sandalias de goma, de manera que mientras el resto de mi cuerpo se quema, mis pies y mis tobillos están sumergidos en agua fresca. Abro con mi azadón el dique del canal principal, trasladando la pequeña presa de tierra y piedras desde la orilla hasta el centro de la acequia. El agua pardusca se arremolina y rebosa por el borde de la charca, para correr a continuación por los canales de la parcela y aminorar su velocidad al llegar a la hierba. Como una gran ameba, en su avance el agua se va dividiendo para rodear las zonas altas, devorándolas después y tiñendo de color oscuro el pálido polvo antes de volver a unirse a la corriente. A medida que el agua va llegando hasta los árboles y descendiendo hasta sus raíces, éstos desprenden una nube de perfume, como si dejaran escapar un suspiro.
A continuación voy de un lado a otro con el azadón ajustando el caudal, metiendo una piedra en un canalillo que corre con demasiada fuerza o dando un buen golpe de azadón para aumentar una corriente demasiado débil. Finalmente consigo que el sistema funcione y que el agua corra con la fuerza adecuada para esparcirse y llegar hasta el fondo de la parcela en unas horas. Pero entonces aparece Beaune y se desploma en la corriente para refrescarse. El agua, represada por la perra, se desborda por las orillas y estropea todo el sistema, por lo que me veo obligado a volver a empezar desde el principio. A medida que va cayendo la tarde, las golondrinas empiezan a bajar de las casas y de las rocas y, rozando la superficie del agua, devoran los innumerables insectos que se aferran a las puntas de las briznas de hierba como si fueran marineros encaramados a los mástiles de sus barcos hundidos.