Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
Justo antes de que oscureciera se declaró un permiso general para que todos pudiéramos volver a casa a echar de comer a los cerdos, encerrar los mulos y las gallinas, cambiarnos de ropa y regresar para el auténtico festejo. Se supone que un cerdo o dos proporcionan prácticamente toda la carne que una familia necesita a lo largo del año venidero, pero a mí me parecía que toda esa carne iba a ser consumida el primer día por los invitados y ayudantes. Pero, en fin, supongo que debieron de quedar algunos restos.
Ana y yo regresamos tambaleándonos río arriba a la luz cada vez más tenue del anochecer.
– No dirás en serio lo de volver, ¿verdad?
– Bueno, en realidad creo que deberíamos…
– ¿Qué estás diciendo? ¿Volver a bajar todo ese camino a oscuras por el río sólo para escuchar más historias ridículas de ésas y comer esa horrible porquería grasienta? ¡Debes de estar chiflado!
Ana es absolutamente sincera, y a veces también tiene razón.
– Tengo que admitir que en este momento preferiría morir antes que dejar que pasara por mis labios cualquier miembro de la familia del cerdo o parte del mismo. Y tampoco quiero más vino…
– Ni falta que te hace.
– Tal vez nos apetezca más dentro de un par de horas, vamos a ver.
Al cabo de un par de horas estábamos ambos profundamente dormidos, soñando con chuletas de frutos secos y quiche de espinacas, pepino y rábanos hervidos con arroz integral…
Contando ovejas
En primavera el florecer de los naranjos te coge desprevenido. Al principio sólo se nota una pálida bruma entre el verde oscuro de las hojas, que es el verde de los capullos de las flores. Entonces, de repente, los capullos se transforman en exquisitas estrellas blancas de cinco pétalos que salen en forma radial de unos pistilos y estambres de color amarillo cremoso. El olor es delicado y embriagador, y cuando cada uno de los árboles se convierte en una masa de flores blancas, queda suspendida en el aire una nube casi tangible de olor a azahar.
La flor, dura muchas semanas, perfumando los meses de abril, mayo y junio, y durante todo ese tiempo los árboles están plagados de abejas zumbando insistentemente a su alrededor. Entonces, cuando las flores se marchitan, aparece en el centro de cada una de ellas una pequeñísima naranja verde que es una perfecta réplica en miniatura de lo que será el fruto completamente formado. Si cada naranjita madurara, un árbol medio soportaría un peso de entre veinte y treinta toneladas de fruta, pero las brisas, los pájaros y los maravillosos mecanismos del propio árbol contribuyen a que su número disminuya. El suelo por debajo de cada naranjo se convierte en un mosaico de flores y naranjitas. Nuestros vecinos extienden sábanas bajo los naranjos para recoger las flores y hacer infusiones de flor de azahar, que al parecer ayuda a conciliar el sueño.
Un día, cuando los árboles estaban llegando, un poco temprano, al punto culminante de su floración, Domingo se encaminó hacia arriba en su burro, Bottom, en dirección a nuestra casa. (Por supuesto, Bottom no es el nombre que Domingo utiliza para su animal, al que llama Burra. Pero una mañana Ana y yo decidimos ponerle el apodo de Bottom, que en inglés quiere decir «trasero», y las asociaciones literarias y escatológicas de esta palabra nos han hecho mantenerlo.)
Nuestro vecino nos traía una noticia.
– Mi amigo Arsenio quiere esquilar sus ovejas con esa máquina que tienes en el establo. Le dije que había que hacerlo, que las cosas van a ser así en el futuro, por lo que más valía ir empezando ya.
Esto me cogió por sorpresa.
– Pero yo creía que tus amigos estaban en contra de esa idea -le recordé.
– Eso era Eduardo, él no sabe nada. No, Arsenio está dispuesto a probar. Su rebaño estará listo para nosotros de mañana en una semana. Vive en Los Caracoles, por ahí -dijo Domingo señalando por encima de los árboles en dirección a las altas montañas.
Aunque éste no parezca ser un intercambio de palabras de enorme trascendencia, para mí significaba mucho. Por primera vez se me estaba ofreciendo un papel que jugar en la vida de Las Alpujarras. Ya no volvería a ser un forastero que observa, sino que iba a meterme en el escenario y convertirme en uno de los observados. Era algo que había anhelado hacer durante todos mis años de viajes. Tal vez, si realmente esto empezaba a tener éxito, hasta podría adquirir un apodo, al igual que los de aquí: «Cristóbal el Pelador» sonaba bastante bien. El dinero también nos vendría bien si me encargaban esquilar un cierto número de rebaños, y aparte de eso estaba el entusiasmo que me producía la introducción de algo nuevo. Pocos pastores de los valles altos habían presenciado las maravillas del esquilado con máquina, y sin duda acudirían a mí para que les mostrara el camino del progreso.
Pasé una feliz semana revisando mi vetusta maquinaria y sumergiéndome en vanagloriosos ensueños cada vez que llegaba a mis oídos el tintineo de un rebaño que pasaba.
Al fin llegó el gran día, y a la luz brumosa de primera hora de una mañana de mayo, Domingo y yo cargamos el Land Rover y partimos hacia La Alpujarra Alta, iniciando el viaje con una parada rápida en Órgiva para tomarnos un café.
En Soportújar dejamos la carretera asfaltada y comenzamos un ascenso serpenteante por el camino forestal, una pista de tierra bordeada de acacias y cipreses polvorientos que conduce a las montañas. Después de una docena o más de curvas muy cerradas pasamos por un letrero de madera en el que aparecían pintadas las palabras«O-Sel-Ling» y por un tosco aunque trillado camino que salía serpenteando de la pista, el acceso al monasterio budista tibetano de Al Atalaya.
Cuando en un pueblecito campesino español cuyas calles adornan parterres de habichuelas y patatas te encuentras con un monje de cabeza afeitada deambulando con sus amplios ropajes de color burdeos y unas botas polvorientas, es posible que creas que tu visión no funciona bien del todo. Pero de hecho los ojos no te engañan.
En 1985 nació en un hospital de Granada un niño de un matrimonio español budista que vivía en La Alpujarra. El niño, llamado Osel Hita Torres («Osel» quiere decir «Luz clara» en tibetano), se descubrió que era la reencarnación del lama Thubten Yeshe, uno de los principales difusores del budismo tibetano en Occidente, que había fallecido hacía once meses en California. El propio Osel ya no honra con su presencia su tierra nativa, puesto que se lo llevaron rápidamente a Dharamsala, la sede del Dalai Lama en el exilio. Pero el monasterio que fue fundado en su nombre ha adquirido pujanza como lugar de retiro budista y templo de meditación, atrayendo a incontables acólitos occidentales y algún esporádico miembro exaltado de la teocracia tibetana en el exilio.
Miré a mi alrededor con la esperanza de ver a algún hombre santo de ésos, pero no apareció ninguno. Domingo, para quien el budismo de los lamas era un tema de muy poco interés, casi ni reparó en el camino del monasterio, aunque incluso él contuvo el aliento cuando nos asomamos al otro lado de la montaña: a nuestros pies, bañado en la luz de la mañana, se extendía el barranco de Poqueira con sus tres preciosos pueblecitos desde los que un humo azulado de leña iba elevándose poco a poco por la atmósfera inmóvil.
Seguimos subiendo, dejando atrás prados de montaña tachonados de amapolas, margaritas, convólvulo y arveja violeta, mientras los valles y pueblos allá abajo se volvían cada vez más azules y difusos. Veía El Valero con sus verdes campos ribereños allá lejos por debajo de nosotros, tal vez a siete u ocho kilómetros en línea recta pero al menos a una hora de camino en coche. Finalmente Domingo me indicó que detuviera el coche junto a un corral de ovejas que había en una empinada pendiente. Apagué el motor y me puse a escuchar los sonidos de la montaña: lejanos cencerros de cabras y ladridos de perros, gallos cantando en los pueblos de más abajo, y alondras y totobías gorjeando allá arriba, muy por encima del campo donde nos encontrábamos.