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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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Trajeron otra oveja a la tabla y la emprendí con ella. Domingo estaba en cuclillas a mi lado, observando atentamente; los espectadores se pusieron a mascullar y a hablarse entre dientes unos a otros. Esta oveja tenía rabo. La mayoría de las ovejas tienen el rabo cortado, por razones que no voy a analizar aquí. Los rabos son odiosos, pues para esquilar uno es necesario agacharse adoptando una postura insoportable durante al menos diez segundos. Lo más difícil es esquilar la lana de la punta, ya que es por ahí por donde se sujeta el rabo y es preciso avanzar esquivando los dedos.

– Déjale la punta del rabo -dijo Domingo-. Aquí es costumbre dejarles una bola de lana en la punta. Les sirve para espantar las moscas.

Eso hice, lo cual facilitó mucho el trabajo. Sin embargo, al ver todas esas ovejas esquiladas con sus fabos de caniche no pude resistir una sonrisita. Arsenio y su hijo Pepe, mientras entraban y salían del rebaño como flechas para ir agarrando cada oveja y llevarla a esquilar, tenían una expresión de disgusto.

– ¿Qué pasa? ¿No estáis satisfechos con la esquila?

– ¿Qué dice, Domingo?

– Ni idea.

El sol estaba cada vez más alto; el sudor me corría por el cuerpo y caía sobre las ovejas; a mi lado, el montón de lana sucia iba creciendo, y la proporción de rabos de caniche respecto a la de rabos sin esquilar iba aumentando continuamente. Esquilé lo que me parecieron unas cien ovejas y entonces hicimos un alto para comer.

Angustias, la mujer de Pepe, que era como tres veces más grande que él, había subido pesadamente desde su cortijo allá abajo, cargada de bolsas y cestas de provisiones. Ana también había venido y, todavía sofocada por la larga subida, contemplaba la escena. Nos lavamos las manos en un riachuelo que había cerca y nos sentamos a almorzar a la sombra de un gigantesco cerezo.

La esquila de las ovejas es un trabajo bien sucio, pero en cambio te lleva a unos lugares maravillosos. Dirigimos la mirada hacia los inmensos riscos cubiertos de nieve del Circo del Veleta bajo un cielo de color azul aciano. Angustias fue pasando unas botellas de lo que se conoce eufemísticamente como vino basto de la tierra, así como unas cervezas que habían estado refrescándose en el riachuelo, y dispuso un festín de aceitunas, tortilla, embutidos de varios tipos, jamón y pan.

– Tú eres el que está trabajando, Cristóbal, tienes que comer más -me recomendó-, antes de que estos vagos se lo acaben todo.

– No, muchas gracias, me encantaría, todo es absolutamente delicioso, pero cuando como demasiado me resulta muy difícil agacharme y trabajar.

Angustias entendía perfectamente lo que decían los extranjeros.

– Quisiera que me explicaras una cosa -comenzó a decir-. Me encuentro con muchos extranjeros aquí en el cortijo. Se apean del autobús en el pueblo y después se pierden buscando ese monasterio de ellos. Tienen cara de muertos de hambre, pero cuando les doy un poco de tocino así -dijo señalando unos pedazos de grasa de cerdo presentados con la misma delicadeza con que se presentaría un plato de pastelillos-, o tal vez un buen cacho de chorizo, lo dejan en el borde del plato y se comen sólo el pan. ¿Por qué hacen eso, cuando parece que tienen tanta hambre?

– Si buscan el monasterio probablemente son budistas, y el tocino tal vez no tenga para ellos exactamente el mismo atractivo que para ti o para mí.

– Budistas, dices… pues a lo mejor lo son, pero entonces ¿con qué se llenan la barriga, Virgen Santísima? Todos están tan delgados y tan pálidos, igual que si vivieran debajo de las piedras. Parece como si se los fuera a llevar el viento.

– Que yo sepa, comen huevos duros y arroz integral, y en ocasiones muy especiales unos pocos frutos secos.

– ¡Ay, los pobrecicos, qué vida másmala! Aunque a lo mejor a mí también me sentaría bien comer un poco menos. Me gustaría ser menuda y delgada como tú, Ana, pero ¿qué voy a hacerle? Me gusta tanto el blanco del jamón… ¿Tú crees que engorda tanto?

– Tal vez un poco -dijo Ana mirando con camaradería femenina el cuerpo macizo de Angustias-. No, el blanco del jamón no es precisamente para adelgazar.

Me puse de pie, me estiré y miré sin entusiasmo al otro lado de la barrera, en donde aún quedaban unas cincuenta ovejas por esquilar. Ya era hora de empezar a trabajar otra vez, por lo que, chancleteando con mis mocasines de esquilar, descendí cuidadosamente la pendiente para poner en marcha el generador. Cuando llegué, Domingo ya estaba en la tabla con una oveja, sujetándola más o menos como es debido y esquilándola de manera más o menos eficiente.

– Domingo, tú has hecho esto antes.

– No, pero no puede ser tan difícil, y te he estado mirando toda la mañana.

En menos de un par de minutos había acabado con la oveja, y ésta se encontraba ya rascándose tranquilamente junto al resto del rebaño. Domingo agarró otra y la esquiló sin demasiada dificultad y con bastante habilidad.

– Venga, hombre, no puedo creer que no hayas hecho esto nunca. Hacen falta muchos años para poder hacerlo tan bien.

– Bueno, he esquilado algunas con tijeras, atándolas y todo eso, pero ésta es una manera mucho mejor de hacerlo.

Esa tarde esquiló alrededor de una docena de ovejas, sin sudar y sin que le doliera la espalda. Para un principiante eso es algo realmente excepcional.

– Te voy a comprar una máquina de segunda mano en Inglaterra, y nos vamos a establecer y a esquilar juntos las ovejas de La Alpujarra.

– Si quieres… -Domingo es absolutamente flemático.

A la caída de la tarde ya habíamos terminado, y el rebaño salió corriendo de buena gana del establo para pastar durante un par de horas en los prados, en donde las sombras de los árboles ya empezaban a alargarse.

– Ciento cuarenta y siete ovejas. ¿Cuánto? -preguntó Arsenio.

– A cien pesetas la oveja…

– Eso me parece mucho dinero.

– Hace catorce mil setecientas pesetas.

Cuando se trataba de dinero, al parecer Arsenio entendía sin ningún problema. Contó quince billetes de mil pesetas y me los entregó.

– Lo siento, no tengo cambio.

– No te preocupes, todos somos trabajadores. Je, je. Podemos olvidarnos del cambio o ajustar la cuenta el año que viene, ¿qué te parece?

– Bien, de acuerdo, muchas gracias.

– ¿Qué dice, Domingo?

Detuvimos el coche al otro lado de la montaña, en un lugar desde el que se veía el valle donde vivíamos. Sentados en la espesa hierba contemplamos cómo los cerros iban cambiando de color.

– Arsenio te ha engañado -dijo Domingo mientras chupaba una larga brizna de hierba.

– ¿Cómo? Me ha parecido que todo estaba bien.

– Había ciento cincuenta y una ovejas.

– ¿Cómo lo sabes?

– Las he contado esta mañana.

– ¿No podrías haberte equivocado?

– Imposible -replicó con la modestia que le caracterizaba-. A la hora de comer Pepe se ha metido con disimulo en el establo y ha escondido en un cuartucho del fondo cuatro ovejas esquiladas. Y, de no haberme visto mirando desde la barrera, habría escondido más todavía.

– No puedo creer que se hayan tomado tantas molestias para ahorrarse cuatrocientas pesetas, y aparte de eso me ha dado trescientas pesetas más de la cantidad que habíamos acordado.

– Mi amigo es así. Hace lo que haga falta con tal de quedar por encima de alguien, no importa quien sea. Por eso es por lo que te he dicho que les dejaras el pompón a las ovejas en la punta del rabo. Eso sí que le ha puesto furioso. No hay nada que odie más un pastor que el que le queden a sus ovejas zonas sin esquilar. Y a él y a Pepe eso les preocupa de manera especial.

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