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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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– Cuando nos hemos ido he visto a Pepe emprendiéndola a tijeretazos con los pompones -dijo Ana.

– Ah, claro, tendrán que pelarlos todos. No podrían soportar que otro pastor viera así el rebaño. ¡Aja!, ¡eso sí que les ha dado rabia de verdad!

– Entonces, Arsenio nos ha engañado robándonos cuatrocientas pesetas, pero me ha dado trescientas porque yo no tenía cambio. Eso supone unas ganancias de cien pesetas… y además hemos almorzado bien…

– Bueno, sólo regular.

– Aunque a ti te haya parecido regular, en mi opinión ha sido un buen almuerzo, y la mayoría de sus ovejas han quedado ridículas con los pompones en el rabo… así que ¿quién ha salido ganando hoy?

– Creo que hoy tal vez nosotros -dijo Domingo sonriendo, tras lo cual nos pusimos en pie de un salto y regresamos al coche-. Pero ten cuidado, porque Arsenio nunca deja a nadie quedar por encima de él, y es malo como él solo.

A partir de los fragmentos de conversación entre Domingo y sus primos que reuní durante las semanas siguientes, parecía ser que la prueba de esquila de ovejas a que se me había sometido no había resultado mal del todo. Claro que no se dijo mucho, pero el mero hecho de que ninguna de las ovejas hubiera muerto posteriormente desinfló un tanto al lobby ludita, y poco a poco empezarona llegarme mensajes de interés de otros pastores. Este respaldo, si bien de carácter moderado, resultaba emocionante, por lo que el ataque que al cabo de poco tiempo me iba a llegar desde otro costado me cogió totalmente desprevenido.

Andrew, uno de los miembros de un pequeño grupo New Age que había aparcado un viejo camión Bedford en el cauce de nuestro río y estaba sondeando los cortijos de la zona en busca de trabajo, veía todo este asunto de una manera bastante distinta.

– Tienes que estar loco de remate, tío, para pensar que puedes presentarte aquí sin más y destruir todas las antiguas tradiciones locales con esa máquina tuya.

La vehemencia de esta diatriba me dejó atónito. Andrew no era el tipo de persona que malgastara energía kármica con un arrebato así. De hecho sus palabras, pronunciadas con un fuerte acento de Manchester, solían reducirse a las estrictamente esenciales para aceptar un trabajo, decir a quién le tocaba pagar la ronda siguiente en el bar, o rechazar cualquier comida que contuviera carne. Además, las máquinas eran lo suyo. Me había pasado todo un día agachado a su lado, pasándole un surtido de trozos de metal cubiertos de grasa mientras, tirado en el suelo, Andrew intentaba reparar nuestro Land Rover.

– Pero esto es el progreso -protesté-. ¿No comprendes que beneficia a todo el mundo?

– Te beneficia a ti tal vez. Pero ¿y a los pastores que se reúnen para esquilar, pasar un buen rato bromeando, cogerse una buena curda y hablar de las ovejas y todas esas cosas? ¿Qué les ocurre a sus tradiciones? Pues ni más ni menos que se van al traste, eso es lo que les ocurre.

– Mira, evidentemente tú ni siquiera sabes lo que es una oveja si te crees todas esas estupideces. Pregúntale a un pastor si le atrae la perspectiva de pasarse un día esquilando y a ver lo que te contesta. Esquilar es un latazo, y aunque traten de hacerlo más llevadero consumiendo litros y litros de vino nauseabundo, no supone ninguna diversión el pasarse el día inclinado sobre unas huesudas y mugrientas ovejas cortando sin parar con esas tijeras absurdas que usan, y todo para esquilar veinte o con suerte treinta de ellas. No, en realidad esto es una cosa buena para los pastores, y también mucho más cómoda para las pobres ovejas.

Aunque nunca se lo habría confesado a Andrew, yo también tenía alguna que otra duda sobre la clase de progreso que estaba encabezando. Durante siglos los pastores de montaña se habían reunido en grupos de diez o veinte para esquilar juntos y, como había señalado Andrew, durante esas ocasiones se respiraba un cierto aire de cordialidad, se consumía una gran cantidad de vino y el día se remataba sacrificando una cabra o un cordero. Pero también estaban los forúnculos y las tremendas ampollas, las muñecas hinchadas y las espaldas doloridas, y las moscas, el polvo y el estiércol. Los pastores lo detestaban y, por lo que decía Domingo, estaban deseando acabar con esta tradición.

Prueba de ello era que, una vez demostrada la eficacia de mi maquinaria, empezaron a dejar marcado un camino hasta mi puerta (y, como tal vez el lector haya adivinado, el camino hasta mi puerta no está ni siquiera cerca de la ruta que se seguiría normalmente al regresar del bar del barrio dando un paseo). Para seguir ese camino hay que estar verdaderamente resuelto a hacerlo.

Sin embargo, nada de esto fue suficiente para los fundamentalistas ecológicos de Órgiva, quienes a lo largo de muchos meses seguirían discutiendo conmigo sobre los estragos que estaba causando en el delicado equilibrio entre el hombre y la naturaleza.

Caminando con el agua

Siguiendo los contornos de las montañas, una cinta de follaje de color verde brillante delimita las acequias de Las Alpujarras, un antiguo sistema de canales de riego que conduce el agua de la lluvia y del deshielo desde los altos picos hasta los cortijos de los valles. Se discute vivamente si fueron los romanos hace dos mil años o los moros unos ochocientos años más tarde quienes construyeron por primera vez estos canales. Pero sean quienes sean los que trajeron aquí la idea, las acequias son, juntamente con los bancales que cubren las laderas de las montañas, el elemento artificial que más contribuye a dar su belleza a este paisaje.

El principio de este sistema de riego es muy sencillo: la lluvia y la nieve que caen en la inmensa área de captación de las montañas se van filtrando y creando enormes acuíferos o yacimientos de aguas subterráneas, desde los que éstas van saliendo lentamente a lo largo del año hasta verter en los ríos y fuentes de las zonas bajas de las laderas. A partir de aquí, las acequias canalizan esta agua y, a un suave gradiente, la conducen hasta los cortijos y pueblos de más abajo.

Se producen muchas fugas, pero esto también forma parte del orden natural de las cosas. Al correr por el canal, el agua se va filtrando por la tierra, las grietas y las ratoneras, con lo cual riega las plantas silvestres y los árboles que crecen en las orillas. Las raíces de estas plantas forman unas marañas que sujetan los bordes de los canales y evitan que éstos se desmoronen y caigan al abismo. Los intentos de mejorar el sistema natural cementando algunos tramos de las acequias suelen hacer que el remedio sea peor que la enfermedad, ya que las plantas que bordean el canal se secan, las raíces se pudren y pierden su capacidad de sujeción y, con el peso del cemento y del agua, el canal se hunde y deforma los niveles que son de tan fundamental importancia.

Hay literalmente cientos de kilómetros de acequias en Las Alpujarras, y pasear por los senderos que discurren a lo largo de sus orillas, flanqueados de hierbas y una rica variedad de flores alpinas -gencianas, campánulas, digitalis, saxífragas-, es una experiencia maravillosa que de trecho en trecho ofrece además unas vistas impresionantes del circo de picos que se alzan hasta el Veleta y el Mulhacén. En la parte alta de las montañas, muy por encima de los pueblos, los canales son anchos arroyuelos por donde corre con fuerza un agua clara y helada que resulta deliciosa para beber, ya que está muy por encima de cualquier posible fuente de contaminación. Más abajo, donde las acequias tienen su embocadura en los valles y desfiladeros de los ríos, hay unos tramos espectaculares en que los canales están tallados en unos paredones de roca de centenares de pies de altura. Estos tramos fueron tallados con martillo y cincel hace mucho tiempo por unos hombres colgados de los tajos con unas cuerdas.

En algunos sitios el agua de las acequias discurre por unos acueductos montados en unos muros de piedra y construidos en unas laderas demasiado empinadas hasta para lograr mantener el equilibrio, no digamos para construir un muro de piedra. El agua corre con fuerza por unos túneles llenos de murciélagos y gigantescas mariposas nocturnas, para después salir a la luz deslumbradora del sol o atravesar bosques sombríos y precipitarse por junglas impenetrables de hojas como cuchillas de afeitar y marañas de espinas.

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