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Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos

Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:

Nueve relatos, nueve casos policíacos en los que se ven involucrados inmigrantes albaneses, de países del Este o subsaharianos, en los que intervienen asesinos, sicarios, viejos racistas o camareros, que se desarrollan en Atenas, en los prolegómenos de la cita olímpica de 2004. Historias como el asesinato de tres árabes en las inmediaciones de las instalaciones olímpicas o el que comete un camarero sudanés tras ganar una quiniela muestran la cara más sórdida y grotesca de la actual sociedad griega.
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Este pensamiento satisfizo sus convicciones, aunque no su curiosidad. De forma que, cuando al día siguiente volvió a ahuyentar a la niña con la amenaza del bastón, se arrepintió enseguida. Dio la vuelta al bastón y, en lugar de agitarlo contra la pequeña, lo agitó señalándose a sí mismo, al tiempo que susurraba «ven, ven», con esa hipocresía edulcorada que sólo los viejos dominan a la perfección.

– Ven, acércate, quiero decirte una cosa…

La negrita había retrocedido dos pasos, como hacía siempre que el viejo la amenazaba con el bastón, y seguía observándolo con curiosidad renovada. Era como si jugaran cada día al mismo juego. El viejo la amenazaba con el bastón y ella se apartaba un par de pasos y se quedaba mirándolo con curiosidad. Esta vez, sin embargo, la sorprendió el cambio en el tono de voz del viejo y se entretuvo para escuchar un poco más. No entendía qué le decía, pero el sonsonete tembloroso de su voz le resultaba agradable. El viejo se dio cuenta, dejó el bastón a un lado y la llamó con un gesto de la mano.

La niña se atrevió a acercarse un pasito.

– Ven, siéntate a mi lado -indicó el viejo, y dio una palmadita al asiento del banco para transmitirle que la invitaba a sus aposentos. La niña, sin embargo, no se atrevía a acercarse tanto. Hasta hacía un momento, el viejo la amenazaba con el bastón, y esa amabilidad tan repentina le resultaba sospechosa.

El viejo comprendió que la negrita no estaba dispuesta a sentarse a su lado y se apresuró a formularle la pregunta que lo carcomía antes que se marchara.

– ¿Estás sola? ¿No tienes a nadie que te acompañe? -Su voz había perdido el dulce sonsonete y la pequeña se alejó corriendo.

El viejo, sin embargo, no iba a desistir tan fácilmente. Volvió a intentarlo al día siguiente. Esta vez, procuró no asustarla con el bastón. Recurrió enseguida al sonsonete melindroso y al «ven, ven, que te diré una cosa…». Y la invitó de nuevo a sentarse a su lado dando palmaditas en el asiento del banco.

El bastón que no la amenazó, por un lado, y el dulce tonillo que se repitió, por el otro, indujeron a la pequeña a acercarse más, aunque no llegó a sentarse en el banco. Seguramente buscaba la manera de pasar el rato hasta que llegara al parque el turno infantil de la tarde.

– ¿Vienes sola aquí? ¿Dónde está tu madre? -preguntó el viejo a la niña.

Por el tono de voz, ella supo que el viejo quería charlar, así que decidió quedarse, aunque ya iban llegando los primeros niños. Tal vez le pareció más interesante jugar a adivinar qué le decía el viejo que seguir de lejos los movimientos de los niños.

– Os abandonan en el parque como si fuerais perros. Entiendo que tu madre tiene que trabajar para alimentarte, pero ¿no habría sido mejor quedaros en vuestra casa? Ojalá supiera qué tiene este país que os atrae a todos. Es un lugar de mierda. Allí estarías en tu pueblo, y los pueblos son otra cosa. Conoces a todo el mundo y todos te conocen, siempre hay quien te ofrece un plato de comida en un momento de necesidad. Aquí estás en tierra extraña. Cuando yo vine a Atenas tenía veinticinco años, y esto todavía era un pueblo. Ahora vivo en el extranjero. Ni los conozco ni me conocen.

La negrita, absorta en el monólogo del viejo, se había olvidado de jugar. No entendía ni una palabra, aunque quizás el tono de su voz le recordara los viejos de su tierra. Todos los viejos de todos los lugares y latitudes del mundo hablan de la misma manera y agitan el bastón del mismo modo. Las generaciones cambian, pero los viejos son siempre los mismos.

– ¿Y te pasas el día entero aquí sola? -prosiguió él. Ahora la miraba a los ojos. La mirada de la niña delataba que no entendía nada de lo que le decía, pero no le importó en absoluto-. ¿Y quién soy yo?, te preguntarás. Otro tipo solitario. No soy un negrata, como tú, soy griego. En tu caso, se entiende, pero ¿en el mío? Al menos tú puedes corretear de un lado al otro. Yo me quedo sentado durante horas en este banco, hasta que me levanto para ir a casa a sentarme en el sillón. Debes caminar, dice el médico del seguro. Ya camino, pero ¿qué quieres que te diga? Voy arrastrando los pies porque lo manda el médico. -Contempló a la niña como si le acabara de ocurrir una idea genial-: Oye, allí, en tu aldea, los negros viejos se sientan con las piernas cruzadas al suelo, delante de sus chozas, y los jóvenes pasan y les besan la mano, ¿verdad que sí? Aquí nos sentamos en un banco y ni nos miran siquiera. Y el médico del seguro me grita al oído, como si estuviera sordo. Si es viejo, piensa, o está sordo o chochea, lo mejor será gritarle.

De repente, como si se avergonzara de haberle confesado sus debilidades o como si la considerara responsable de sus desgracias, agarró el bastón y empezó a agitarlo.

– Ya basta, vete de aquí. ¡Vete, negrata, largo!

La negrita hacía rato que había asumido los cambios de humor del viejo y no se asustó. Corrió hacia los niños y reemprendió su juego solitario de siempre.

A lo largo de los días siguientes, aquel encuentro del viejo con la pequeña se convirtió en una rutina. El viejo se reclinaba en el respaldo del banco, cerraba los ojos y dormitaba durante media hora. Mientras dormía, la niña no se acercaba. Esperaba que abriera los ojos y la llamara, siempre de la misma manera:

– Ven aquí… ven… que te diré una cosa…

La niña siempre aceptaba la invitación, como si visitar al viejo formara parte de su agenda diaria. Y él le contaba siempre las mismas penas y los mismos lamentos, hasta que se hartaba y la echaba con el bastón.

La relación se estrechó más cuando, por fin, la niña respondió a la invitación persistente del viejo y se sentó a su lado en el banco. Cruzó los brazos y lo miró, esperando que iniciara el sonsonete incomprensible de todos los días. Pero esta vez oyó cosas distintas, al menos eso le pareció, a juzgar por el cambio de su tono de voz. Como si quisiera recompensarla, el viejo empezó a hablarle de su hija, que estaba casada en Canadá y cada año por Navidad le enviaba una postal escrita en inglés y un jersey de lana. En casa tenía catorce jerséis, tantos como años llevaba su hija en Canadá, todos por estrenar, porque estaban hechos para el clima de Canadá y, si te los ponías en Atenas, te asfixiabas de calor. A veces se cabreaba al pensar que su hija había olvidado hasta el clima de Atenas y que lo confundía con el de Vancouver; otras veces se lamentaba de ello.

Aquél fue el principio de una hermosa amistad, como dijo Humphrey Bogart a Claude Rains en la película Casablanca. El viejo invitaba a la niña a su banco y ella se sentaba a escuchar sus monólogos. Seguía sin entender nada, aunque la inflexión de su voz y la expresión de su rostro, surcado de arrugas incontables que se contraían y se dilataban, la ayudaban a imaginar sus propias historias. Del viejo aprendió su primera palabra en griego: «abuelo».

– Yo soy el abuelo -le repetía-. Abuelo… di «abuelo»… -Y silabeaba la palabra.

La negrita pronunció mal la palabra repetidas veces, hasta que consiguió aprenderla. Se sentaba junto al viejo y, cada vez que se acordaba, gritaba sin que viniera a cuento: «¡Abuelo! ¡Abuelo!» Pero llegaba un momento en que se aburría, se levantaba del banco e iba a jugar. El viejo se indignaba por el abandono, pero la niña no volvía, por mucho que la llamara. Entonces el viejo recordó el viejo arte de la compra de la amistad. Unos días después llamó a la negrita:

– Ven, que tengo una cosa para ti. Ven…

Y sacó un caramelo del bolsillo de su chaqueta. Empezó a agitarlo, pero cuando la negrita se acercó para cogerlo, lo retiró bruscamente y exigió que antes se sentara a su lado. A partir de ese día el viejo siempre llevaba en el bolsillo una provisión de caramelos para atraer a la pequeña, aunque ella sólo se quedaba a su lado hasta que la golosina se deshacía en su boca. Alguna vez que quiso masticarla para terminar antes, el viejo la detuvo, agitando un dedo:

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