Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:
Y me voy a dormir.
Paso dos días tranquilos encerrada en casa. No suena el teléfono ni nadie llama a la puerta. No sé si debo alegrarme o preocuparme. A lo mejor Andreas escondió tan bien mi pasaporte, que nadie lo ha encontrado, me digo para animarme.
Al tercer día por la mañana me despiertan varios porrazos en la puerta. Varia y Nina salen sobresaltadas y soñolientas de sus habitaciones. Nos miramos asustadas mientras los golpes siguen y suena una voz imperiosa:
– ¡Policía, abrid la puerta!
Mando a las otras dos de vuelta a sus habitaciones y abro la puerta. Me encuentro cara a cara con dos polis jóvenes. Uno es delgado y lleva gafas. El otro, corpulento y rapado, es el que manda.
– ¿Tú eres Sonia?
– Sí, señor -respondo amablemente. Empiezo a calcular cuántas noches tendré que dormir en una celda hasta que preparen los documentos de la deportación.
– Vístete, que nos vamos.
– ¿Adonde?
– ¡No te preocupes! -me tranquiliza el gafitas-. Sólo quieren interrogarte.
El cachas le dirige una mirada de cabreo, porque me ha revelado nuestro destino y le ha quitado el placer de meterme en el coche patrulla y verme temblar de miedo a lo largo de todo el recorrido, sin saber adonde me llevan.
Me pongo rápidamente los tejanos y una camiseta y me echo la cazadora de piel a la espalda. Varia y Nina no dicen ni mu.
El coche patrulla enfila la avenida Alexandras y deduzco que me llevan a jefatura. Esto me tranquiliza, porque demuestra que el gafitas no me ha mentido. Me conducen al tercer piso y me hacen sentar en un banco.
– Espera aquí -dice el gafitas-. Pronto te llamará el teniente Jaritos.
Pasa media hora, más o menos, y otro policía me conduce al despacho de enfrente. Me encuentro delante de un teniente de mediana edad y a primera vista ya sé que no me importaría tenerle como cliente. Es de los que vienen al local cuando su mujer está de viaje, echan un polvo sin decir palabra, pagan tranquilamente y se van.
– ¿Eres Sonia Pétrova? -pregunta.
– Sí, señor.
Abre el cajón de su escritorio y saca mi pasaporte. Lo hojea rápidamente y me lo entrega.
– Es tu pasaporte. Lo encontramos en casa del asesino.
Lo cojo y me dispongo a marcharme, pero vacilo. Estoy convencida de que no voy a librarme tan fácilmente, pero resulta que me equivoco.
– Esto es todo, puedes irte -dice el teniente.
Doy media vuelta y me encamino a la puerta, tratando de disimular las prisas. No quiero que vean que estoy impaciente por largarme, para no despertar sospechas. Estoy a punto de abrir la puerta cuando oigo de nuevo la voz del teniente:
– ¿Pusiste toda la heroína? ¿No te quedaste un poco para ti?
Se me aflojan las rodillas. Me detengo para recobrarme del susto.
– ¿De qué está hablando? -pregunto con toda la sangre fría de que soy capaz.
– La que metiste en el armario debajo del fregadero. La pusiste toda, ¿no? ¿No se te habrán despistado unos gramos?
– No tengo nada que ver con la heroína -respondo, cosa que no es del todo mentira, aunque tampoco la pura verdad.
– No vuelvas a hacerlo -replica él, en tono casi paternal-. Reconozco que nos ha convenido, porque queríamos encerrar a ese hijo de puta, pero es posible que no tengas tanta suerte la próxima vez.
Nos miramos un instante. Luego doy media vuelta y salgo del despacho, con el pasaporte en el bolsillo.
Un cuento infantil
El viejo iba al parque todos los días a las tres de la tarde. En cualquier época del año, siempre llevaba la misma americana a cuadros y los mismos pantalones de color oscuro, desgastados en las rodillas. Fuera invierno o verano, se cubría la cabeza calva con una gorra, en invierno para protegerse del frío, en verano para resguardarse del sol. Se sentaba invariablemente en el mismo banco. Pasaba la primera media hora apoyado en el respaldo, dormitando con los ojos entornados. A la media hora se despertaba, sujetaba el bastón entre las dos piernas, apoyaba las manos en el puño y se dedicaba a observar a los parquícolas.
Era inexplicable cómo lograba encontrar desocupado el mismo banco. Tal vez porque los asiduos lo veían llegar a la misma hora y procuraban dejárselo libre, por discreción o por respeto a su avanzada edad. O, tal vez, porque a esa hora las madres ya se habían llevado a los niños a casa para darles de comer, y los ociosos preferían las cafeterías de los alrededores, donde servían cafés y capuchinos.
La única asidua que encontraba el viejo cuando llegaba al parque era una niña pequeña de piel negra, tan negra que por la noche seguro que se la tragaba la oscuridad. Sólo su pelo rizado tenía reflejos entre castaños y rubios. Llevaba la ropa limpia, a veces tejanos y camiseta; otras, un vestidito floreado; y siempre, las mismas zapatillas deportivas de talla liliputiense.
El viejo encontraba a la pequeña en el parque incluso cuando ya no quedaban otros niños. No sabía que llegaba a las ocho de la mañana y se pasaba allí el día entero. La llevaba un hombre que rondaba los treinta, tan negro como la chica y con la cabeza rapada. La sentaba en un banco y se marchaba. La niña tendía ambas manos y tanteaba los asientos vacíos a su lado, como si explorara las habitaciones de una casa. Después se levantaba, daba un paseo con paradas ocasionales en otros bancos y volvía al primero. Algunas veces se inventaba juegos, como pasar corriendo junto a los árboles y rozarlos con la mano o trazar círculos a la pata coja. Así llenaba las dos primeras horas, hasta las diez, cuando aparecían los primeros niños, en compañía de sus madres o abuelas.
No es que los niños jugaran con ella. En el parque regían unas estrictas normas de comportamiento. Las madres y las abuelas se hacían compañía, y su relación se reflejaba en los pequeños. La negrita no tenía a nadie y, por lo tanto, se quedaba sola. Además, no hablaba griego. Cuando unos niños intentaron incluirla en su grupo, vieron que no podían comunicarse y perdieron el interés. Pero la negrita había aprendido a moverse en la periferia de las tribus indígenas. Jugaba sola siguiendo los pasos de los demás niños, de manera que formaba parte del juego sin añadirse al grupo.
A la una de la tarde la negrita abandonaba por un rato la plaza, cruzaba la calle estrecha y se dirigía al chiringuito de enfrente. Sacaba dos euros del bolsillo y los dejaba encima del mostrador. Luego se acercaba a las bandejas con las tartas de queso, de espinacas y las pizzas e indefectiblemente señalaba con el dedo la misma tarta de queso. Por supuesto, la vendedora sabía bien qué tarta pediría la niña, pero ésta seguía indicándola con el dedo. Después, tarta y servilleta en mano, se encaminaba a la nevera donde guardaban los refrescos y las botellas de agua, la abría y sacaba un botellín de agua mineral. Volvía a la plaza con la tarta de queso y el agua, se sentaba en el banco y comía. Luego tiraba la servilleta y el botellín de plástico en la papelera. Antes de terminar de comer, la plaza ya estaba medio desierta.
Un día, cuando fue a buscar su comida, el precio de la tarta había subido veinte céntimos y no le alcanzaba el dinero para ambas cosas. La vendedora intentó explicarle que debía pagar veinte céntimos más pero, como ya hemos dicho, la niña no entendía ni una palabra de griego. La vendedora lo intentó otra vez y desistió.
– Escucha, hoy pongo yo los veinte céntimos que faltan, pero mañana tendrás que traer dos con veinte. ¿De acuerdo? -La negrita la miraba sin comprender.
– Pero bueno, ¿lo dices en serio? -intervino su compañera, la que horneaba las bandejas con las tartas-. ¿Cómo esperas que entienda que necesita más dinero si tú pagas la diferencia?
Dejó la bandeja que llevaba, cogió del mostrador los dos euros que había dejado la niña como todos los días y volvió a depositarlos en la palma de su mano. Después le señaló la bandeja con las tartas de queso, la nevera con las botellas de agua y los dos euros, e hizo un gesto de negación. Sacó veinte céntimos de la caja y los puso en la mano de la niña. Luego volvió a señalar las tartas y la nevera.