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Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos

Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:

Nueve relatos, nueve casos policíacos en los que se ven involucrados inmigrantes albaneses, de países del Este o subsaharianos, en los que intervienen asesinos, sicarios, viejos racistas o camareros, que se desarrollan en Atenas, en los prolegómenos de la cita olímpica de 2004. Historias como el asesinato de tres árabes en las inmediaciones de las instalaciones olímpicas o el que comete un camarero sudanés tras ganar una quiniela muestran la cara más sórdida y grotesca de la actual sociedad griega.
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– ¿Lo has entendido? -preguntó en griego al tiempo que recuperaba la moneda de veinte céntimos. Terminó la lección dándole un pequeño empujón en el trasero, para que supiera que tenía que irse. La niña comprendió y se fue.

– ¡Ay, pobrecita! ¡Se queda sin comer! -dijo la vendedora con pesar.

A su compañera le pareció inútil comentar lo evidente y volvió en silencio al horno.

Aquella noche la negrita apareció de nuevo en el chiringuito, acompañada del hombre que la llevaba por las mañanas al parque. Le mostró los dos euros que llevaba en la mano y luego, la caja. La vendedora se dio cuenta de lo que pretendía y sacó una moneda de veinte céntimos.

– La tarta de queso ha subido veinte céntimos -explicó.

El negro de la cabeza rapada asintió con una sonrisa y acarició el pelo rizado de la pequeña. El día siguiente la negrita llevaba dos euros con veinte.

– ¿Lo ves? Se ha quedado un día sin comer y lo ha comprendido -exclamó en tono triunfal la compañera, orgullosa de que su trato cruel hubiera demostrado ser más eficaz que la bondad, como ocurre siempre.

El viejo no sabía nada de todo eso, ni siquiera sabía que la negrita se alimentaba a base de tartas de queso y agua porque, cuando llegaba a su banco, ella ya había terminado de comer y estaba jugando sola. Al principio el viejo no prestó atención a la niña. Se sentaba en el banco y apoyaba el bastón entre las piernas. Al cabo de media hora cambiaba de postura. Dejaba el bastón a un lado, se reclinaba en el respaldo y enlazaba las manos sobre la barriga. Su mirada vagaba por el horizonte, a unos treinta metros de él. Quién sabe. Quizás añoraba los viejos cafés que antes rodeaban la plaza y donde se podía pasar el día entero con un café, mirando a los amigos que jugaban al chaquete. Los cafés fueron sustituidos por las cafeterías modernas. Una vez intentó sentarse en una de ellas, aunque no sin muchas reticencias, porque no le gustaban las sillas de plástico ni las mesas metálicas. Para él, los cafés han de tener sillas de madera con asiento de enea y mesas también de madera, para estampar encima las cartas de la baraja y hacer temblar los vasos de la mesa contigua. Decidió ir de mala gana, porque no le quedaba más remedio. Apenas se hubo sentado y ya estuvo allí el camarero. Quiso pedir un café dulce, pero el muchacho se le adelantó.

– Abuelo, la cafetería es para jóvenes, aquí no te encontrarás a gusto. -le dijo y añadió-: Además, podrían gastarte alguna broma pesada y amargarte el día. -A continuación señaló el banco-. ¿Por qué no vas a sentarte allí? -propuso-. Mira, los bancos están recién pintados y han plantado parterres. Estarás más cómodo bajo los árboles.

El viejo quiso decirle que, en sus tiempos, los paisajes románticos consistían en pinos, tomillo y florecitas silvestres, y no en tres parterres plantados para fingir zonas verdes con vistas a los Juegos Olímpicos. Pero se calló porque, de pronto, le invadió un gran temor. Que el camarero cambiara de actitud y del paisaje romántico pasara a las vejaciones. Ya sabía que era «un viejo de mierda», pero una cosa es saberlo y otra muy distinta que te lo griten en público. Cruzó en silencio la calle estrecha y se sentó en el parque. A partir de aquel día se sentía agradecido de que le dejaran el banco libre. Claro que pasar de la mesa fija en el café al banco fijo en el parque suponía un retroceso, aunque se alegraba de poder conservar al menos un lugar propio.

Fue la negrita la que primero se fijó en el viejo. Seguramente le llamó la atención su actitud, sentado así con la espalda apoyada en el banco, la mano derecha en el bastón y los ojos cerrados. A lo mejor, hasta llegó a pensar que estaba muerto. Los niños pequeños confunden fácilmente el sueño con la muerte. Por los ojos cerrados y la inmovilidad, no por filosofar sobre el tema, como los mayores. Se acercó, pues, para verlo de cerca y examinarlo con más detenimiento.

Pero el viejo ni dormía ni estaba muerto. Por entre los párpados entornados espiaba a la niña que se acercaba. La vio detenerse delante de él y observarlo. Entonces abrió los ojos de golpe y la amenazó con el bastón.

– ¡Largo de aquí, negrata! ¡Vete! -le gritó, pero no tenía fuerza suficiente para sostener el bastón en alto mucho rato y pronto tuvo que bajar la mano.

La negrita no se asustó demasiado. Se limitó a retroceder y siguió observándolo con curiosidad. Él murmuraba un monólogo exasperado.

– Negros, egipcios, albaneses, de todas partes… Si ahora lo raro es oír hablar griego por la calle… Y luego dicen que estamos en democracia… ¡En tierra de nadie, estamos! Metaxás [14] no permitió que nos invadieran los italianos y los de ahora van y dejan entrar a los albaneses y a los negratas…

La niña escuchaba con atención las palabras del viejo, aunque no entendía nada. Seguramente le resultaba interesante su imagen, la forma en que se inclinaba para mirarse las puntas de los zapatos mientras hablaba solo. Sin embargo, no tardó en perder el interés. Llegó el turno de tarde de los asiduos del parque, y la negrita corrió a participar en el mismo simulacro de juego que había hecho por la mañana, en la periferia del grupo de niños.

Al día siguiente cayó un chaparrón a primera hora de la tarde, y el viejo no fue al parque. La negrita buscó refugio bajo el tejadillo del chiringuito. La vendedora la vio pegada a la pared para no mojarse y se apiadó de ella. La hizo entrar en el chiringuito y le ofreció un taburete.

– Es una pena, pobrecita, quedará empapada -se justificó ante su compañera.

La otra quiso decirle que no era asunto suyo cuidar de niños desconocidos y que la clientela no vería con buenos ojos que una negrita estuviera sentada en el taburete observándolos. Por no mencionar que «negro» significa, ante todo, «sucio» y que esto podía ahuyentar a los clientes. Pero prefirió no discutir con su compañera de trabajo y siguió ordenando en silencio las latas de naranjada en la nevera. A fin de cuentas, no llueve todos los días.

La vendedora interpretó el silencio de su compañera como aceptación, sacó una tarta de espinacas del mostrador y la ofreció a la niña. La otra tampoco protestó, aunque pensó que, si el día siguiente también llovía, debería poner freno a la generosidad de su colega.

Por suerte, a última hora de la tarde dejó de llover. Por la mañana salió el sol y secó los bancos del parque. Así la niña pudo corretear de nuevo a sus anchas y el viejo volvió a encontrar su banco. Y otra vez llamó la atención de la pequeña, aun sin proponérselo. Ella se acercó y se puso a observarle. En esta ocasión no se había reclinado en el respaldo del banco ni tenía los ojos entornados. Apoyaba ambas manos en el puño del bastón y mantenía los ojos bien abiertos, aunque contemplando un punto indeterminado.

Al final, la presencia obstinada de la niña le obligó a dirigir la mirada a ella. Fiel a sus principios y a sus prejuicios, cogió el bastón y la amenazó con él.

– ¡Vete, lárgate! No te acerques, no quiero pillar tus piojos. Sólo me faltaría eso, en mi situación.

El viejo no se dio cuenta enseguida de que la niña estaba sola en el parque. Lo descubrió un día por pura casualidad. Miró a su alrededor y no vio a ningún otro negro. Entonces dedujo que la pequeña se encontraba sola. Al principio pensó que su acompañante habría ido a hacer algún recado, pero al observar lo mismo el día siguiente y el otro, comprendió que la niña se quedaba sin compañía. «Fíjate -se dijo-. Dejan a sus críos en el parque como si fueran perros abandonados. Si no vuelven a casa por la noche, ni preguntarán si se han perdido o los ha atropellado un coche. Se alegrarán de tener una boca menos que alimentar.»

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[14] Dictador ultraderechista, primer ministro de Grecia desde 1936 hasta 1940. No permitió la entrada de las tropas de Mussolini en territorio griego. (N. de la T.)

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