Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos
Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos

Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:

Nueve relatos, nueve casos policíacos en los que se ven involucrados inmigrantes albaneses, de países del Este o subsaharianos, en los que intervienen asesinos, sicarios, viejos racistas o camareros, que se desarrollan en Atenas, en los prolegómenos de la cita olímpica de 2004. Historias como el asesinato de tres árabes en las inmediaciones de las instalaciones olímpicas o el que comete un camarero sudanés tras ganar una quiniela muestran la cara más sórdida y grotesca de la actual sociedad griega.
1 ... 17 18 19 20 21 22 23 24 25 ... 29
Перейти на страницу:

– No otro domingo. Yo querer mi dinero ahora.

– Basir, escucha. Ya sabes que te quiero.

– Saberlo.

– Sabes que soy tu amigo y te protejo.

– Saberlo.

– Sabes que yo te enseñé griego.

– Saberlo.

– Pues, te doy mi palabra de honor de que no tocaré ni un céntimo del siguiente boleto hasta que tú cobres los diez mil.

– No entender qué dice.

– Te digo que, cuando volvamos a ganar la quiniela, tú cobrarás primero tus diez mil, más lo que te corresponda del nuevo boleto, y luego ya cobraré yo. Te prometo que, a partir de la próxima quiniela, no recogeré ni un euro antes que tú.

– No nueva quiniela. Yo querer de ésta.

– A ver, Basir. ¡Si ni siquiera has decidido en qué gastar el dinero! ¿A qué viene tanta prisa? ¡Primero decide! Si cobras ahora, no sabrás qué hacer con la pasta y la malgastarás. Hazme caso. Es peligroso ganar dinero si no tienes un plan. Estás confuso y se te irá de las manos. Bueno, lo dicho. A partir de la próxima semana, primero cobras tú y luego yo. Y ahora vámonos, hay que currar. Empieza a cortar los tomates…

– Nombre: Basir.

– Sí, señor.

– Apellido: Al Jaled.

– Sí, señor.

– Lugar y fecha de nacimiento: Jartum, 1975. ¿Correcto?

– Correcto.

– Bien, Basir. Volveré a leer lo que me has contado y, si quieres cambiar algo, me lo dices. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– Trabajaba en el asador Ebro desde el año 2002. Allí conocí a Yorgos Tsákonas, que era el cocinero del establecimiento. El arriba mencionado Yorgos Tsákonas fue bueno conmigo desde mi primer día de trabajo. Transcurrido un tiempo nació entre nosotros una sincera amistad. Casi cada semana rellenábamos juntos un boleto de quinielas. Eso es lo que hicimos el jueves pasado, 7 de octubre. Yo no tenía dinero y le pedí a Yorgos Tsákonas que pagara el importe completo, asegurándole que le daría mi parte otro día, cosa que aceptó. El domingo, 10 de octubre, por la tarde, cuando supimos que teníamos trece aciertos, Yorgos Tsákonas cerró el local antes de la hora para celebrar nuestra victoria. Pero por el programa televisivo Domingo de atletismo supimos que, aparte de nosotros, había otros trece acertantes de trece. Entonces Yorgos Tsákonas cambió completamente de actitud. Se enfadó por tener que compartir el premio con trece acertantes más. El lunes por la mañana, a eso de las diez, cuando abre el asador, pregunté al arriba mencionado Yorgos Tsákonas si había cobrado ya el dinero de las quinielas. Me respondió que sí pero, cuando le pedí mi parte, que ascendía a diez mil euros, el mencionado Yorgos Tsákonas no quiso dármela. Al principio, alegó que había pagado el boleto en su totalidad y que, por lo tanto, le correspondía todo el premio. Cuando le dije que estaba dispuesto a entregarle enseguida la parte que le debía, respondió que la aceptaba, pero en depósito para la siguiente quiniela, que rellenaríamos juntos. Luego intentó tranquilizarme diciendo que, cuando ganásemos otra quiniela, yo cobraría primero los diez mil euros que me correspondían del boleto ganador, además de lo que me correspondiera del futuro boleto. No hizo caso a mis protestas y puso fin a la conversación alegando que había trabajo. Me ordenó que empezara a cortar los tomates y las cebollas para los suvlakisde la jornada. Mientras cortaba los tomates con el cuchillo, empecé a sentirme ofuscado por la injusticia que estaba cometiendo conmigo. En esos momentos, el arriba mencionado Yorgos Tsákonas me daba la espalda y estaba colocando la carne en el asador. Sin darme cuenta de lo que hacía, le ataqué por detrás y empecé a clavarle el cuchillo en la espalda, hasta que cayó al suelo, cubierto de sangre. Después recuerdo que tiré el cuchillo y salí corriendo del asador… ¿Has entendido lo que te acabo de leer?

– Sí, señor.

– No has entendido nada pero no importa. Lo he escrito tal como me lo has contado. He añadido la palabra «ofuscado», por si cuela.

– Lo he entendido todo. Sé griego. Lo escribo y lo leo.

– Qué suerte. Lo necesitarás en chirona. Vlasópulos, teniente. Ya está, ha firmado. Hemos terminado. Ahora mismo lo trasladan.

Carta verde

El chico, robusto y achaparrado, daba vueltas, con los brazos abiertos como palas de una veleta que gira a lo loco. Había pocos transeúntes en la acera de la avenida Tres de Septiembre, y su madre no cargaba las compras en una mano mientras sujetaba al chico con la otra. Le dejaba caminar por la parte interior de la acera, bajo régimen de vigilancia parcial.

El pequeño detectó la lata a unos diez pasos, a la altura de la plaza de la Victoria. Hasta el momento había dado patadas a un tetrabric pisoteado, a una bolsa de papel rota, a un limón podrido y a una caja de cartón vacía que, con enorme placer, consiguió mandar tres tiendas más allá. Aún no había ninguna lata en su repertorio. Echó un rápido vistazo al tipo sentado en la acera detrás del bote, con la cabeza vencida a un lado y los ojos cerrados. Llevaba unos tejanos raídos y una camisa a cuadros. Del cuello le colgaba un rótulo de cartón.

El chico siguió caminando como si nada. Debido a los movimientos bruscos se le había subido la camiseta, revelando una barriga hipertrófica en miniatura. Al siguiente paso, alzó la vista hacia la torre de la compañía telefónica mientras rozaba, casi por azar, la lata con la punta del pie. El golpe fue suave aunque artero, con efecto, de los que consiguen engañar al más experto de los guardametas. El bote giró un par de veces sobre su eje, se volcó y las monedas se desparramaron por el suelo. El chico no se detuvo a disfrutar del resultado de su patada, sino que echó a correr tras su madre, como corre el jugador después de marcar un gol. Así se perdió la oportunidad de leer el rótulo que colgaba del cuello del tipo con un cordel plateado, de los que se utilizan para atar ramos de flores o cajas de bombones: «Soy serbio de Bosnia y tengo hambre.»

El sonido metálico despertó al serbio de Bosnia. Como no había visto la patada del chico, se preguntó cómo se había volcado el tarro. Lo levantó y empezó a recoger las monedas. No habían ido a parar lejos, sólo una fue rodando de canto hacia la avenida Tres de Septiembre, hasta topar con un pie femenino enfundado en una sandalia. La mujer que cogió la moneda rondaría los setenta, una pieza de museo de la época en que la plaza de la Victoria era el orgullo de la burguesía ateniense. Echó una mirada iracunda a la otra mujer, aunque ésta seguía su camino indiferente a la hazaña de su hijo.

– ¡Desde luego, señora, podría enseñar a su crío a pedir perdón! -dijo en voz lo bastante alta para que la oyeran los transeúntes más cercanos, pero no la madre del crío en cuestión.

Se acercó a la lata y, en el momento de echar dentro la moneda, se fijó en el rótulo: «Soy serbio de Bosnia y tengo hambre.»

– También vosotros, hijo mío, habéis venido aquí en masa -dijo lo bastante alto para que la oyera el bosnio, pero no los transeúntes-. Serbios, bosnios, serbios de Bosnia, de Skopja, albaneses… Mendigos y guerras civiles, éste ha sido siempre nuestro destino.

El serbio de Bosnia vio con alivio que la mujer ya se alejaba. No quería llamar la atención. Sabía por experiencia que el buen mendigo debe confundirse con el entorno, como los árboles y los bancos de las aceras. Dobló las piernas, apoyó la barbilla en las rodillas y cerró los ojos. No quería parecer sano. Tampoco le interesaba parecer enfermo, un portador de gérmenes en un espacio público. Por eso se encogía y cerraba los ojos: ni sano ni enfermo, simplemente agotado y, por lo tanto, incapaz de trabajar. Su alarma interna le indicaba cuándo debía abrir los ojos para controlar lo que sucedía a su alrededor. A ese sistema lo llamaba «patrulla», y lo aplicaba repetidas veces.

1 ... 17 18 19 20 21 22 23 24 25 ... 29
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)