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Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos

Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:

Nueve relatos, nueve casos policíacos en los que se ven involucrados inmigrantes albaneses, de países del Este o subsaharianos, en los que intervienen asesinos, sicarios, viejos racistas o camareros, que se desarrollan en Atenas, en los prolegómenos de la cita olímpica de 2004. Historias como el asesinato de tres árabes en las inmediaciones de las instalaciones olímpicas o el que comete un camarero sudanés tras ganar una quiniela muestran la cara más sórdida y grotesca de la actual sociedad griega.
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– No problem. Mucho trabago… Cansado… -le digo para consolarle-. Venir otro día, ir mejor.

Se vuelve para mirarme, pero yo sólo veo sus párpados, esos pequeños globos en forma de plátano que le cubren los ojos por completo.

– Claro -replica-. Y yo te pagaré la próxima vez. Lo que faltaba, que una búlgara me time.

No sé si callarme o ponerme a gritar, y opto por el silencio. Pretende quedarse con el dinero, por daños y perjuicios. Si protesto, me dará una paliza por cinco mil miserables dracmas. Me consuelo pensando que abajo, en el bar, tendrá que vérselas con Andreas, el jefe. Él se queda con la pasta gorda y no permitirá que se le escape.

– Andreas me ha engañado esta noche -dice, como si me hubiera leído el pensamiento-. Eres sólo fachada, en la cama eres un paquete.

Se va y lloro la pasta perdida. De los cuarenta mil que vale el servicio, Andreas se queda con treinta y cinco y me da los cinco restantes. Y de éstos aún me quita la mitad por la ropa que me compra, por el alquiler que debo pagarle, por la luz que gasto, por el agua que utilizo para lavarme…

Me visto rápidamente para bajar al bar y buscar el siguiente cliente pero, antes de llegar a la puerta, alguien la abre desde fuera. En el umbral aparece Andreas con sus dos matones.

– Nada más llegar ya tengo que aguantar tu mierda. -Me fulmina con una mirada tenebrosa, que desmiente la tranquilidad de su voz-. Aún no había entrado en el local cuando se me echó encima ese gordo.

– Yo no hacer nada… Él no poder.

– Él no tiene que poder. Tú has de poder. Sois las corderitas ilegales de Bulgaria las que habéis de tener la carne tierna, no el cliente que os compra.

Sus dos matones avanzan un paso con una sonrisilla en los labios y sé la que me espera. Miro detrás de mí.

No puedo saltar por la ventana, quedaría tan inútil para ellos como para mí misma. Andreas se ha apostado en la puerta y me corta la salida. La mesa plegable tiene unas patas inclinadas que me impiden esconderme. Sólo queda la cama. Me subo de un salto y me enrosco como un feto, dejando sólo la espalda desprotegida. Mantengo la vista fija en la almohada, no veo nada, pero oigo sus risas y siento la lluvia de golpes. Al menos, en la cama me libro de las patadas, pienso con satisfacción, cuando de pronto una mano me agarra del pelo y me levanta la cabeza mientras otras dos empiezan a abofetearme. Después, las cuatro manos me agarran a la vez y me tiran al suelo. Ahora es el turno de los zapatos de punta, que se clavan indiscriminadamente en mis costillas, en mi espalda, en mis espinillas. Sólo se libra mi cara porque, si me la destrozan, ya no les serviré de nada.

Muerdo los labios con fuerza y me trago la sangre. Sé que no me pegan porque haya fallado. Me pegan porque soy la única que todavía no había recibido ninguna paliza; de hecho estaban buscando un pretexto para dármela.

Se cansan y paran, jadeando. Me quedo enroscada en el suelo, no levanto los ojos para mirarlos. Lo sé gracias a Nina. «Cuando dejen de pegarte, no les mires nunca. Tu mirada les irrita y entonces vuelven a empezar.»

Oigo la voz de Andreas.

– Ve a maquillarte, que estás horrible y vuelve dentro de una hora. Ah, y si me montas otra vez el numerito, te meto una sobredosis y saldrás por la tele.

Oigo que la puerta se cierra detrás de ellos. Me apoyo en la cama y consigo levantarme. No sé qué duele más, el cuerpo o la rabia. Rabia por la paliza no merecida, rabia por Andreas, que sólo me da cinco mil dracmas y encima me quita la mitad. Rabia porque se quedó con mi pasaporte y me tiene bien atrapada.

La casa es un viejo edificio de dos pisos, en una callejuela detrás de la plaza Kumunduru. En la planta baja hay un almacén. En el primer piso vivimos tres chicas, Varia, Nina y yo, una en cada habitación. Varia es de Rusia; Nina, de Rumania.

No hay luz en las escaleras, pero he aprendido a subir a tientas. Busco la pared en la oscuridad y me apoyo en ella porque, cada vez que pongo el pie en un escalón, el dolor se me clava en las costillas y me deja paralizada. Me acerco tropezando hasta mi puerta y oigo la voz de Varia que susurra:

– Sonia… Sonia…

Me vuelvo, pero no veo a nadie, sólo un haz de luz que sale de la puerta de su habitación. Me doy cuenta de que me está llamando desde el interior. No tengo ganas de contarle mi dolorosa historia, sólo quiero acostarme al menos media hora y descansar un poco, antes de maquillarme los moratones y volver al bar. Pero hay lazos entre Varia y yo, lazos entre dos desesperaciones idénticas, y no puedo fingir que no la he oído.

Habrá visto mi sombra por la rendija y abre un poco más la puerta.

– ¿Qué pasa? ¿No trabajas esta noche? -le pregunto en ruso.

El ruso era mi pesadilla en el colegio. No entendía de qué me iba a servir y me parecía una tontería estrujarme los sesos para aprenderlo. «¡Hagas lo que hagas, necesitarás saber ruso!», decía la profesora, que me tenía mucha simpatía. Y, mira por dónde, resulta que tenía razón.

– Entra -dice Varia.

Pero tampoco ahora me abre del todo la puerta. Espera a que me cuele por la rendija y la cierra enseguida.

Si no la hubiera cerrado, habría dado media vuelta para salir corriendo. En medio de la habitación está tendido Kostas. Tiene el brazo derecho extendido y sus dedos rozan la pata de la mesa. El izquierdo está doblado, con la mano cerrada en puño. Mantiene la mirada fija en el brazo izquierdo, como si quisiera admirar el volumen de sus bíceps, aunque se lo impide el cuchillo que tiene clavado en el corazón. Se trata de un simple cuchillo con mango de madera, de los que se encuentran en todas las cocinas.

– ¡Le he matado! -dice Varia-. Lo encontré sentado a la mesa, cenando. En cuanto me vio entrar, se levantó y empezó a pegarme…

Empieza a temblar, las palabras salen como sollozos, atropelladas. Debido a su agitación, por un lado, y a mi ruso deficiente, por el otro, me pierdo la mitad de lo que dice. De todas formas, no importa. Ya me sé la historia. Varia tuvo la mala suerte de toparse con Kostas cuando llegó a Atenas. Se hicieron novios y se fueron a vivir juntos, pero también la obligaba a atender clientes. Y para colmo era celoso. Cada vez que ella volvía de una cita, le daba una paliza.

– Nada más llegar, empezó a pegarme. «¡Todas las rusas sois unas putas!», gritaba. «Cuando los comunistas se apoderaron de Rusia, vinisteis a Grecia para prostituiros. Y ahora que ha caído el comunismo, venís a hacer de putas.» -Calla, porque la voz le sale ronca, como si tuviera un ataque de asma, y tiene que recuperar el aliento-. No quería matarle -dice al final y se echa a llorar-. Vi el cuchillo encima de la mesa y lo cogí para amenazarle. No sé cómo he podido clavárselo.

La suerte del principiante. Le ha dado justo en el corazón. Me quedo mirando fijamente a Kostas cuando oigo un golpe sordo y me doy la vuelta. Varia se está dando cabezazos contra la pared. Corro hacia ella y la abrazo.

– ¡No hagas eso! -le digo. Como si pudiera hacer otra cosa.

– Kostas escondía heroína en casa.

Enseguida comprendo lo que eso implica. Si encuentran la heroína, dirán que lo ha matado por la droga. Cualquiera convence a un tribunal de que lo ha matado porque era celoso y la pegaba. ¿Quién va a tener celos de una emigrante ilegal rusa?

– ¿Dónde guardaba la heroína?

– En la cocina. Entre el arroz y los macarrones. Parece azúcar.

Entro en la cocina y encuentro el paquete justo donde me ha dicho Varia. Lo levanto por una punta y me lo guardo en el bolso.

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