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Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos

Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:

Nueve relatos, nueve casos policíacos en los que se ven involucrados inmigrantes albaneses, de países del Este o subsaharianos, en los que intervienen asesinos, sicarios, viejos racistas o camareros, que se desarrollan en Atenas, en los prolegómenos de la cita olímpica de 2004. Historias como el asesinato de tres árabes en las inmediaciones de las instalaciones olímpicas o el que comete un camarero sudanés tras ganar una quiniela muestran la cara más sórdida y grotesca de la actual sociedad griega.
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– Bueno, si has de fingir que eres bosnio, ¿por qué no buscas trabajo en la construcción? Si quieres, pregunto por ahí -se ofreció el hermano de Milena, que tenía un oficio y fue el primero en colocarse.

Pero Vasilis no quería. Aunque no le pidieran los documentos, en cualquier momento se le podía escapar algo en griego y meterse en problemas. También mendigando se veía obligado a callar la boca, aunque no tanto. A fin de cuentas, no quería que sus compatriotas capataces lo explotaran como si de verdad fuera de Bosnia.

Mientras pensaba en todo eso, trataba de decidir dónde podría ir a mendigar a partir de entonces. Imposible volver a la plaza de la Victoria, era demasiado peligroso. De repente, se acordó de un asador en la parte baja de Lénorman, que ponía mesas en el parquecito y servía comidas y cenas. Tomó la decisión y se dispuso a salir para reconocer el terreno.

– Creo que conozco un puesto estupendo -dijo a Milena en serbio.

Ella no respondió. Lo miró brevemente en silencio, tratando de contener las lágrimas. Luego lo abrazó con fuerza.

Se apostó en la esquina del asador. Enfrente estaba el pequeño parque con los bancos y los parterres. Las mesas del local ocupaban el espacio entre los parterres, cubiertas con grandes manteles de papel sujetos con unas piezas de plástico para que no se los llevara el viento.

A la hora del almuerzo había pocos clientes y nadie le hizo caso. Con los primeros comensales de la noche empezaron los problemas. Se le acercó un camarero que, con gestos y palabras, trató de explicarle que tenían trabajo y allí molestaba. Se levantó sin rechistar y fue al otro lado. Se instaló junto a la pared del edificio que estaba al otro lado del asador. Así perdía la ventaja de la esquina, pero también evitaba los líos.

El asador se llamaba Los Bistecs de Korajais. Cuando vio que se le acercaba un tipo con la camisa sudada y desabrochada, dedujo que se trataba del propio Korajais en persona.

– ¡Te hemos dicho que te largues, no que cambies de puesto! -le soltó secamente-. No te quiero cerca del local.

– Aquí no local.

– Esta es mi casa. ¿Me entiendes? No mi piso, sino el edificio entero. Las cuatro plantas son mías. Levántate y marchando.

No sabría decir si obedeció por miedo o porque el olor a sudor y a fritanga de Korajais le resultó insoportable. En todo caso, siguió insistiendo. En cuanto Korajais le dio la espalda, se dirigió al parque. Eligió un banco y se instaló en él. Tenía delante las mesas del asador, mientras los comensales se encontraban en plena cena. Notó que el estómago le hacía ruidos. Es el síndrome de Sarajevo, pensó. Tengas hambre o no, en cuanto ves un plato de comida, las tripas empiezan a protestar.

– Yannis, dale algo para que se vaya. No me gusta que me miren los hambrientos mientras como.

– Llevamos todo el día echándolo, pero no se larga.

– ¿Y a ti qué te importa? -preguntó el cliente a su mujer.

– ¿Qué quiere decir qué más da? Ya que tenemos que cargar con ellos, al menos que no nos molesten mientras comemos.

Vasilis vio que el camarero se dirigía de nuevo hacia él acompañado de Korajais, pero no se movió del sitio.

– ¿No te he dicho que te largues, imbécil?

– Aquí parque, aquí no asador.

– ¡Ahora verás! -Y empezó a tirar de él para que se levantara.

De repente, se apoderó de él la misma rabia que el día en que decidió declararse serbio de Bosnia. Asestó una patada furibunda al camarero, que dio un traspiés y derribó la mesa del matrimonio. La bandeja con la carne resbaló y cayó en el regazo de la mujer, que se puso histérica. Vasilis se alegró, porque había sido ella quien había llamado la atención sobre él.

Korajais, con la ayuda del camarero y del marido, finalmente lograron inmovilizarlo hasta que llegara la poli.

– ¡Que vuelvan todos a su país y nos dejen en paz!

La mujer conservaba intacto su ataque de histeria. Habían arrinconado a Vasilis avanzando en semicírculo, la mujer y su marido en los extremos; Korajais, el camarero y un policía formando la curva central.

– No puedo mandarle de vuelta -respondió el oficial de guardia en tono cansino-. Viene de un país en guerra y tiene estatus de refugiado político. -Se dirigió a Vasilis-. La documentación.

– No tener documentos. Refugiado político, venir clandestino.

Hablaba como todos los refugiados ilegales en casos como ése, sin mirar al representante del orden a los ojos.

– ¡Qué bien! ¡Cualquier inútil puede destrozarte el local y luego hacerse pasar por refugiado político! -exclamó Korajais fuera de sí.

– ¿Dónde lo has detenido? -preguntó el oficial de guardia al agente.

– En el parque, señor.

– ¿Tienes permiso para poner mesas en el parque?

Korajais lo miró fijamente para darle a entender lo obvio, que sobornaba a alguien, pero el oficial no se dejó impresionar.

– ¿Tienes permiso? -insistió.

– ¿Y porque no tenga permiso resulta que éste puede venir a destrozar las mesas y molestar a los clientes?

– Pon una denuncia.

– Y pasar tres años de tribunal en tribunal.

– Eso ya es cosa tuya.

Al no encontrar ayuda, Korajais se volvió hacia Vasilis:

– Con este estado de mierda que tenemos, hacéis bien en robar nuestras casas y destrozar nuestros negocios. Nos lo merecemos.

– Hemos llegado a un punto que les creo capaces de cobrar hasta de los refugiados ilegales -dijo la mujer cuando salieron al pasillo.

El oficial la oyó, pero no le hizo caso. Ya estaba acostumbrado. Miró a Vasilis.

– No hay cargos, puedes irte -le indicó.

– Tú, hombre bueno. Tú querer gente de mi país.

Ya no tenía que controlar sus palabras. El griego le salía macarrónico de forma espontánea, natural.

– Déjate de camelos y lárgate. Tienes suerte que esa bestia me cae mal. -Se refería a Korajais.

Dio las gracias por última vez y se fue.

Bajó los escalones de dos en dos. En la planta baja lo detuvo una cuarentona angustiada.

– ¿Sabe en qué piso está el oficial de guardia?

– No le entiendo, soy extranjero -le respondió en serbio.

La comisaría estaba en una calle desierta y mal iluminada. Sólo una lechería trasnochadora arrojaba un poco de luz. Sacó el rótulo maltrecho, lo alisó como pudo y volvió a colgárselo del cuello. Apoyó la espalda en la pared de la lechería y fue bajando hasta quedar sentado en la acera. Había perdido la lata, de modo que extendió su pañuelo. No pasaban coches ni autobuses, y los transeúntes eran contados, apresurados e indiferentes. Sin embargo, él se quedó allí hasta la medianoche, inmóvil, con el rótulo colgado al cuello:

«Soy serbio de Bosnia y tengo hambre.»

Sonia y Varia

Diría que anda por los sesenta y cinco, aunque podría ser más joven. La grasa y la calvicie sin duda le avejentan. Está tumbado de espaldas en la cama y yo me he sentado encima de él. Eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Si estuviera yo debajo, me aplastaría con sus ciento diez kilos de peso, pero al menos podría mirar al techo y pensar en Varna y el mar Negro. De esta manera, me libro de su peso, pero me veo obligada a mirarlo a la cara, ver las pequeñas gotas de sudor que brillan en su calva, se acumulan y se convierten en pequeños regueros que le resbalan hasta las cejas.

Está jadeando. No de placer, sino porque hace casi una hora que se afana por tener una erección.

– Tú no me ayudas -susurra con voz ronca-. No me ayudas nada.

No le contesto porque, si empezamos a hablar, pasará otra hora. Me limito a moverme un poco, para que no pueda quejarse.

– ¡Así, muy bien! -dice, agradeciendo mi engaño, y empieza a manosearme los pechos. Sus palmas, sudorosas, resbalan encima de mis pezones. Hace un último y desesperado esfuerzo, pero le abandonan las fuerzas y desiste. Sus manos caen inertes encima del colchón y permanece inmóvil, contemplando las manchas de humedad que cubren el techo como una capa de nubes. Me levanto rápidamente, por miedo a que cambie de opinión y decida intentarlo de nuevo.

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