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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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– Sí -confirmó Georgia-. Sigue con eBay. No aceptes ningún sustituto. -Probó un poco de vino, se lamió los labios y luego continuó-. ¿Y todo esto es porque su hermana se suicidó? ¿Por qué piensa ella que tuviste la culpa? ¿Te reprocha algo que escribiste en alguna de tus canciones? ¿Es como cuando aquel muchacho se mató después de escuchar a Ozzy Osborne? ¿Has escrito alguna letra que diga que el suicidio está bien, o algo por el estilo?

– No. Ni tampoco lo hizo Ozzy.

– Entonces, no comprendo por qué está tan enfadada contigo. ¿Os conocéis de alguna manera? ¿Conocías a la muchacha que se suicidó? ¿Te escribió descabelladas cartas de admiradora?

– Vivió conmigo por un tiempo. Como tú -confesó Jude.

– ¿Como yo? ¡Oh!

– Tengo noticias sensacionales para ti, Georgia: yo no era virgen cuando te conocí. -Su voz le parecía distante y extraña a él mismo.

– ¿Cuánto tiempo vivió aquí?

– No sé. Ocho, nueve meses. Desde luego, más de la cuenta.

La chica pareció reflexionar sobre el último comentario de Jude.

– Llevo viviendo contigo unos nueve meses.

– ¿Y qué?

– ¿Me he quedado más tiempo de lo debido? ¿Nueve meses es el límite? ¿Entonces llega el momento de buscar un coño nuevo? Dime, ¿era rubia y decidiste que había llegado el momento de acostarse con una morena?

Él apartó las manos de la guitarra.

– Me daba igual que fuera rubia. Era una loca, por eso la eché. Supongo que no se lo tomó bien.

– ¿Qué quieres decir con eso de que era una loca?

– Quiero decir que era una maniacodepresiva. Cuando estaba maniaca, era una amante espectacular. Cuando estaba depresiva, daba demasiado trabajo.

– ¿Tenía problemas mentales, y tú la abandonaste?

– No había compromiso alguno de llevarla de la mano el resto de sus días. Como tampoco lo tengo contigo. Te diré otra cosa, Georgia, si tú crees que nuestra historia terminará con un «y vivieron felices para siempre», entonces te has metido en el cuento de hadas equivocado. -A medida que hablaba se daba cuenta de que había encontrado la manera de herirla y deshacerse de ella. En ese momento comprendió que había llevado inconscientemente la conversación hacia ese preciso punto. Volvió a rondarle la idea de que herirla lo suficiente como para que se marchara, aunque fuera por poco tiempo, una noche, unas horas, podría ser la última cosa buena que hiciera por ella. Ofenderla era sinónimo de salvarla.

– ¿Cómo se llamaba la muchacha que se mató?

Quiso decir «Anna», pero dijo «Florida».

Georgia se puso de pie con rapidez, tanta que se tambaleó y dio la impresión de que podía caerse. Jude pudo haber extendido la mano para tranquilizarla, pero no lo hizo. Era mejor que se sintiera herida. La cara de la chica se puso blanca y se trastabilló hacia atrás. Lo miró, perpleja y herida…, y luego sus ojos se entornaron, como si estuviera enfocándole el rostro.

– No -dijo respirando suavemente-. No conseguirás que me vaya. Sé que es lo que buscas. Puedes soltarme toda la mierda que quieras, pero me quedaré, Jude.

Con cuidado, dejó el vaso que tenía en la mano en el borde del escritorio. Se apartó de él y luego se detuvo en la puerta. Giró la cabeza, pero no pareció poder mirarlo directamente a la cara.

– Voy a dormir un poco. Y tú te vienes también a la cama. -Era una orden, no un ruego.

Jude abrió la boca para responder y descubrió que no tenía nada que decir.

Cuando Georgia dejó la habitación, apoyó delicadamente la guitarra contra la pared y se puso de pie. Su pulso se aceleró, las piernas estaban inestables. Eran las manifestaciones físicas de una emoción que tardó un poco en identificar. Estaba muy poco acostumbrado a la sensación de alivio.

Capítulo 17

Georgia no estaba allí. Eso fue lo primero que notó. Se había ido, y todavía era de noche. Soltó aire, y con ello creó una nube de vapor blanco en la habitación. Empujó la única sábana delgada que le cubría, y salió de la cama. Luego se abrazó a sí mismo, víctima de un breve acceso de temblores.

La idea de que ella estuviera levantada y vagando por la casa le alarmó. Todavía tenía la cabeza confusa por el sueño. La temperatura de la habitación no debía estar muy lejos de los cero grados. Sería razonable pensar que Georgia había ido a ver qué ocurría con la calefacción, pero Jude sabía que no era así. Ella también había dormido mal, dando vueltas y hablando entre sueños. Desvelada, podría haberse levantado para ver la televisión, pero tampoco creía que eso fuera lo ocurrido.

Estuvo a punto de llamarla a gritos, pero lo pensó mejor. Se acobardó ante la posibilidad de que no contestara, de que su llamada fuese respondida por un intenso silencio. No. Nada de gritar. Nada de dar vueltas de un lado a otro. Sintió que si salía corriendo del dormitorio y recorría la casa a oscuras, llamándola, inevitablemente le dominaría el pánico. Además, la oscuridad y el silencio del dormitorio le horrorizaban. Se dio cuenta de que le daba miedo ir a buscarla, le aterrorizaba lo que pudiera estar esperándolo al otro lado de la puerta.

Mientras permanecía allí, inmóvil, percibió un murmullo gutural, el ruido de un motor en marcha. Dirigió su mirada al techo. Estaba iluminado con una luz blanca como el hielo. Eran los faros de algún vehículo que apuntaban desde abajo, desde el sendero de entrada. Se escuchó el ladrido de los perros.

Jude se dirigió a la ventana y descornó la cortina.

La furgoneta aparcada delante de la casa había sido azul alguna vez, pero tenía por lo menos veinte años y era evidente que nunca la habían repintado en ese tiempo, por lo que se había desteñido hasta adquirir un extraño color ahumado. Era un Chevy, un vehículo de trabajo. Jude había desperdiciado dos años de su vida con una llave inglesa en la mano en un taller de automóviles, cobrando 1,75 dólares por hora, y se dio cuenta por el murmullo profundo y violento del motor encendido de que tenía un peso grande bajo el capó. La parte delantera era agresiva y amenazante, con un ancho parachoques plateado que parecía el protector bucal de un boxeador. Había un refuerzo metálico sobre la parrilla delantera. Lo que en un primer momento había confundido con los faros era en realidad un par de reflectores agregados al protector metálico, que lanzaban dos rayos de intensa luz que brillaban en la noche. La furgoneta se alzaba más de un metro del suelo, sobre cuatro neumáticos de gran tamaño. Era un vehículo diseñado para recorrer caminos inundados, para moverse por las huellas abiertas entre los arbustos espesos del sur profundo, en lo más inaccesible de los pantanos. El motor estaba en marcha. No había nadie en la furgoneta.

Los perros se lanzaban contra la pared de tela metálica de la caseta, con un estrépito regular, aullando como locos al vehículo vacío. Jude miró hacia la entrada, en dirección al camino. Los portones estaban cerrados. Había que conocer un código de seguridad de seis dígitos para poder abrirlos.

Era el vehículo del muerto. Jude lo supo en el preciso momento en que lo vio. Tuvo una certeza total y tranquila. Su siguiente pensamiento fue: «¿Adonde vamos, viejo?».

Sonó el teléfono, junto a la cama. Jude dio un respingo y soltó la cortina. Se volvió y miró. El reloj colocado junto al teléfono marcaba las 3:12. El teléfono sonó otra vez.

Jude se dirigió a él, caminando de puntillas, rápidamente, sobre las frías tablas del suelo. Lo miró. Sonó por tercera vez. No quería responder. Tenía la certeza de que era el muerto, y no quería hablar con él. Jude no quería escuchar la voz de Craddock.

– Mierda -dijo, reponiéndose, y descolgó-. ¿Quién es?

– Hola, jefe. Soy Dan.

– ¿Dánny? Son las tres de la mañana.

– Oh. No sabía que fuera tan tarde. ¿Estaba dormido?

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