El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
Dio un golpecito en la fotografía de la graduación.
– La recibí justo antes de que asesinaran a Elena Solana… no, después. Es decir, no sabía que Elena estaba muerta cuando la recibí.
– La recibiste… ¿cómo?
– No estoy segura. Creo que me la colocaron. Estaba en mi bolso.
Tapell arqueó una ceja.
– El collage me lo enviaron al apartamento. Las ampliaciones son del collage. Es un retablo religioso, seguramente robado, y es posible que perteneciera a Bill Pruitt.
Tapell enarcó las cejas por completo.
– ¿William Pruitt? ¿Se lo robaron a él?
– Sí. Pero es probable que él también lo robara. Bueno, no exactamente. Es decir, tal vez lo compró sabiendo que era robado.
– ¿De qué estás hablando, Kate?
«Vale. Cálmate», se dijo.
– ¿Fui buena poli, Clare?
– Desde luego.
– De acuerdo. Entonces ten un poco de paciencia conmigo. -Kate respiró hondo-. Lo que intentaba decirte es que Pruitt tal vez tuviera el retablo y quienquiera que lo haya matado tal vez lo tenga ahora. -Sacó un cigarrillo del bolso.
– Está prohibido fumar en el edificio -informó Tapell.
Kate desmenuzó el cigarrillo en el cubo de la basura de Tapell.
– La Polaroid que acabo de recibir, la mañana siguiente al asesinato de Ethan Stein, se parece demasiado a uno de sus cuadros.
– ¿Cómo recibiste la Polaroid?
– Estaba dentro del periódico.
– Santo Dios. -Tapell negó con la cabeza-. ¿Me estás diciendo que un asesino, o seguramente tres asesinos diferentes, se está comunicando contigo? -Tapell abrió bien los ojos en señal de incredulidad.
– No. Eso no tendría sentido.
– Bueno, gracias a Dios. Temía que ya no las tuvieses todas contigo.
– Tiene que ser un solo asesino.
Tapell abrió la boca, luego la cerró y la frunció.
– ¿Tienes idea de lo que estás diciendo, Kate? No estoy al tanto de todos los detalles de estos casos, pero sí sé que el modus operandi es completamente distinto. Así que lo que dices no tiene mucha base.
– Mira, existe una posible relación entre las víctimas; Elena Solana y Ethan Stein eran artistas, y Bill Pruitt era director del consejo de administración de un museo. Podría ser un asesino. Es lo único que estoy diciendo, es una relación que incluso un periodista podría hacer.
– Por Dios, Kate. -Tapell se tiró de la piel de la nuca-. Estás sugiriendo que se trata de un asesino múltiple. ¿Te das cuenta?
Kate miró a Tapell con dureza.
– Me doy cuenta de que se han producido tres asesinatos y de que tal vez alguien esté intentando ponerse en contacto conmigo por esas muertes.
– Si eso es verdad, te ofreceré protección veinticuatro horas al día, siete días a la semana, pero… -Tapell recorrió por completo el despacho sobrio. No quería analizar lo que Kate le estaba contando, pero en el pasado las intuiciones de Kate solían dar en el clavo-. Tal vez sea un colgado. Eres un personaje público.
– Sí, ya lo he pensado. ¿Qué te han contado los de Homicidios sobre los asesinatos?
Tapell se detuvo, se apoyó en el escritorio, un poco inclinada.
– No mucho. Pero la muerte de Pruitt podría haber sido accidental.
– Quizá. Mira, Clare, no quiero dar a entender que tengo las respuestas, sólo que…, bueno, querías algo más que una intuición y este psicópata te lo está ofreciendo. Debería colaborar con los de Homicidios, asesorando o…
Tapell se hundió en la silla que había tras el escritorio.
– La posibilidad de un asesino múltiple… -Exhaló un suspiro profundo-. Por Dios. Será mejor que eches un vistazo a los expedientes.
13
Kate revistió una de las paredes del estudio de su casa con paneles de corcho de Gracious Home que le costaron cien dólares. Otros cien se los había quedado el tipo de la entrega a domicilio, que le había colocado los paneles de corcho. Podría haberlo hecho ella misma, sin duda, pero su idea era buena: repartir la riqueza.
Kate tardó apenas unos minutos en sujetar con chinchetas su colección de imágenes: la fotografía de la graduación con los párpados pintados, el collage de la Virgen y el Niño, las ampliaciones que Mert le había proporcionado, la Polaroid borrosa.
Lo estaba haciendo tal y como solía hacerlo en Astoria: fotografías, fragmentos de pruebas, notas, todo ello presentado como si de una exposición se tratara. Siempre necesitaba verlo todo. Mirar y mirar. Todavía recordaba la pared repleta de niños desaparecidos, aquellos rostros angelicales.
Pasó de una imagen a la otra. No se parecían en nada y, no obstante… Kate abrió el archivo de acordeón de cartón marrón, sacó tres carpetas color hueso con el membrete de la policía de Nueva York y las colocó en el escritorio. Recorrió con los dedos el borde de la primera carpeta. Si al menos indicaran el nombre de los casos en el exterior. No le apetecía abrir primero el de Elena.
Sin embargo, comenzaba a tener esa sensación, la adrenalina recorriéndole el torrente sanguíneo, las terminaciones nerviosas cosquilleándole, una mezcla de entusiasmo y miedo.
WlLLIAM M. PRUITT
Bien. Con este caso no tendría problemas.
Se fijó en el informe de toxicología, en el contenido del estómago de Pruitt: una mezcla embriagadora de drogas y alcohol. ¿Pruitt? Nunca habría imaginado que consumiera drogas. ¿Era suficiente para que se ahogara en la bañera? La hora de la muerte se había establecido entre la medianoche y las cuatro de la mañana.
Junto con el informe había un sobre repleto de asombrosas fotografías en color; Pruitt muerto en la bañera desde todas las perspectivas posibles. Un par de primeros planos de la cara: la boca desencajada por la desesperación, un cardenal en el mentón. Kate las sujetó en la pared con un alfiler, retrocedió unos pasos, avanzó, pasó de una fotografía a la otra. Había algo que no encajaba… ¿Qué era?
¿Qué es lo que tenía Pruitt en la mano?
Kate observó la fotografía con la lupa.
«¿Una factura de la tintorería?» Qué extraño.
No sabía cómo interpretar aquello.
Abrió la siguiente carpeta.
ETHAN STEIN
CAUSA DE LA MUERTE: DESANGRADO. RASTROS DE CLOROFORMO EN LOS ORIFICIOS NASALES Y LABIOS DE LA VÍCTIMA.
FIBRAS EN LA NARIZ.
TOXICOLOGÍA: pendiente.
Kate se imaginaba un trapo mojado en somníferos sobre la cara de la víctima, aunque no estaba muy preparada para las fotografías. El suelo del estudio era un mar rojo, al artista desnudo, boca abajo, con la pierna levantada hacia atrás, o lo que quedaba de la misma -parecía un palo ensangrentado-, la mitad del pecho de Stein también era de un rojo granate, y el músculo que se veía parecía un bistec de la carnicería. «¿Y eso es hueso?», se preguntó.
Kate recobró el equilibrio y apoyó una mano en el borde del escritorio para sostenerse. Recorrió el informe con la vista: «La pierna derecha de la víctima y el pectoral derecho, desollados.»
«¿Desollados?» Se obligó a mirar las fotografías de nuevo. La cara de Ethan Stein era una máscara de dolor insoportable. «Santo cielo. ¿Desollado… vivo?» El informe no lo especificaba, aunque la grave hemorragia -el corazón seguiría latiendo a toda velocidad- tal vez lo indicara.
¿Por qué semejante brutalidad?
Kate sujetó con alfileres las truculentas fotografías de la escena del crimen de Stein junto a las de Pruitt, y reparó en el drástico cambio de luminosidad: la mitad del cuerpo destrozado de Stein bañado en luz, la otra sumergida en la oscuridad.
Se detuvo de nuevo: había algo en aquella escena que también le resultaba familiar. Pero ¿qué era?
De acuerdo. La carpeta de Elena. Kate no podía seguir retrasando el momento.