Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– Claro que sí -respondí-. Significa que ya no puedo más.
Elisa se echó a reír sin alegría, como nunca la había oído reír.
– ¡Que ya no puedes más! -dijo con sorna y con tristeza a la vez-. Ojalá un día tengas que ponerte de rodillas y pedir clemencia como un ser humano, John Silver.
– ¿Y ahora qué soy? -pregunté.
Elisa no respondió. No entendía nada. ¿Por qué no decía lo que pensaba, como acostumbraba, sin rodeos? Para colmo de males, se echó a llorar.
– Pero ¿qué te pasa? -me asombré-. Admito que tal vez no lo pensé demasiado, es cierto. Pero quiero ser yo mismo. ¿No te gusto precisamente por eso? ¿Porque soy como soy? Si quieres que me vaya y os deje en paz a ti y a Dunn, me lo podrías decir en lugar de ponerte a llorar como una cría.
De poco sirvieron mis palabras, porque Elisa lloró con más desgarro.
– ¿Por qué no me puedes decir cuál es el problema? -me impacienté.
– Claro que sí -sollozó al fin-, claro que puedo. El problema es que no entiendes lo que pasa.
Al día siguiente soltamos las amarras del Dana y nos dirigimos hacia Francia. Tanto Dunn como Elisa parecían aliviados al zarpar, y puede que sólo alguna mirada furtiva recordara el día anterior. Teníamos viento de popa, y el Dana navegaba que daba gusto. La espuma salpicaba y formaba el arco iris. El sol brillaba en el salitre adherido a las rojas velas de algodón. El aire me limpió a mí y a los demás, creí, de maldades y errores.
Facheamos sin ser vistos desde Ouessant hasta que cayeron las tinieblas amigas de los contrabandistas y nos escondieron; luego, a través de Le Goulet, pasamos por Brest y remontamos el curso del río Aulne, para fondear tan cerca de Chateulin como nos fue posible debido a la marea. Apenas salió el sol izamos la bandera francesa en la popa.
– No te imaginas cuántos se dejan engañar por una cosa tan simple -dijo Dunn-. La mayoría, y sobre todo las autoridades, están tan apegados a su bandera que no se les ocurre pensar que personas como nosotros podamos cambiar de bandera según nos plazca.
Tomamos la lancha para entrar en Chateulin, aprovechando la marea para no tener que remar, como si fuera una excursión de domingo. Entramos en la taberna Le Coq y Elisa pidió vino tinto para los cinco, porque con nosotros venían dos hombres de Dunn, Edward England, irlandés de pura cepa a pesar de su sorprendente apellido, y un medio franchute, un cruce callejero, me enteré después, entre una puta francesa, y que conste que no tengo nada contra la putas, y un putero de origen inusitado. La descendencia del encuentro atendía por el nombre de Deval. Poco o nada imaginaba yo entonces qué importancia tendrían estos dos señores en mi vida posterior, tan rica en acontecimientos.
En cualquier caso, éramos un grupo bien alegre. Dunn y Elisa tenían conocidos de viajes anteriores; bretones huesudos, de cara colorada, desenfrenados, sin asomo de mal humor. Los negocios se cerraban con un apretón de manos, sin remilgos, al sonido del descorchar de las botellas y de las ostras que desaparecían por el gaznate de un sorbo. Hacían bromas y se metían con todos los que mandasen algo en este mundo; eran tan ácidos como los marineros, pero más alegres. Se relataban historias de los guardacostas, quienes intentaban darles caza tras haber sido engañados por sus maniobras ingeniosas y arriesgadas. La verdad, ¿qué cosas no oiría yo a propósito de aventuras apasionantes y de toda clase de demostraciones de desprecio a la muerte? Mejor dicho, oír sí que oía, pero para entender me veía obligado a confiar en las explicaciones que me daban Elisa, Dunn e incluso Deval.
Cargamos coñac antes de pasar primero por el arsenal de Brest con la marea baja y después por el Chenal du Four, para adentrarnos por Aber-Wrach mientras rayaba el alba y aparecían las aguas en las cuales nos había adentrado Dunn. No había nada más que rocas rosadas, islotes, escollos y arrecifes que, casi siempre, estaban escondidos bajo la marea alta. Para mis ojos cargados y doloridos de cansancio era un auténtico milagro que siguiéramos con vida, pero Dunn, noche tras noche, demostró que en lo último que confiaba era en la Providencia. Le bastaba un asomo de luz de luna, o sólo el brillo de las estrellas, la sonda, las líneas de la brújula, poca cosa más.
– ¿Cómo demonios aprendiste a navegar así? -le pregunté lleno de admiración cuando, la cuarta noche, íbamos a entrar en el río Trieux a través de una malvada olla de rompientes como brujas que brillaban por todas partes como malos presagios-. Tiene que haber alguna forma más fácil de ganarse el pan.
– Sí, seguro que sí -dijo Dunn-, si te conformas con el pan. Pero si además te quieres divertir un poco, tienes que arriesgar.
Desde luego, tenía razón. La verdad es que esta vida valía la pena. Había excitación y aventuras, astucia y traiciones, bromas y apenas nada serio, al margen del viento y el tiempo; no había más religión que volver a casa entero y además ganar unos cuartos. Era la primera vez en mi vida que me sentía libre y forjador de mi propia suerte. Era una oportunidad que no quería perder, y trabajé como una bestia para hacerme indispensable a bordo. Hacía guardias dobles para poder aprender un poco de navegación en los pasos estrechos cuando Dunn llevaba el timón, y también en las travesías más largas, cuando lo llevaba England.
– Deberías irte a dormir -me dijo England-. Tu energía nos está matando a todos. A uno como yo le entran remordimientos de conciencia.
– Ya tendré tiempo cuando me haga viejo -le contesté como se acostumbra a decir, sin tener ni idea de cómo sería entonces.
– Eres joven -señaló England, que tampoco era tan viejo-. Admite un consejo y descansa mientras puedas. Nunca se sabe cuándo tendrás otra oportunidad.
Edward England sabía de lo que hablaba. Según contaba, sus padres participaron en todas las rebeliones contra los ingleses, y por consiguiente perdieron todo lo que tenían, incluido, por así decir, su hijo adolescente, que se había cansado de la vida de prófugo y perseguido, de no pasar nunca dos noches en el mismo sitio, de no tener jamás la barriga llena, ni nadie de su misma edad con quien pasar el rato. El mismo día en que capturaron a sus padres en una cueva de Wicklow-bergen, cuando lo iban a llevar al hospicio, se escapó a Cork. Allí quiso hacerse campesino para pisar tierra firme, como decía él, en lugar del tremedal en el que había vivido desde que sus ojos vieron la luz. Pero ¿qué pasó? Como campesino, naturalmente, se quedó quieto, pero a medida que pasaba el tiempo más se hundía en el barro cenagoso y en el estiércol pestilente. Tampoco era vida para él. Temía que el ir y venir se le hubiera metido en la sangre de tal manera que le hormigueaba el cuerpo si se quedaba quieto. Así que se fue a Kinsale para hacerse pescador y gozar de la vida libre en el mar, como decían los que en el fondo no sabían lo que decían. Porque ¿no era constantemente el mismo trabajo duro en los bancos de pesca, dentro y fuera, ir y volver, no descansar nunca para variar, sino sólo porque el tiempo hacía imposible faenar? Y entonces se estaba obligado a vigilar los amarres o estar de guardia en las anclas. Aquello tampoco era vida. Fue al embarcarse con Dunn cuando pensó que valía la pena la desgracia. A bordo no había prisa, por lo menos si se utilizaba la cabeza para no meterse en líos demasiado a menudo. Al contrario, era importante dormir suficiente y estar descansado de manera que no se cometieran errores idiotas cuando se divisaba en el horizonte la gavia efe los guardacostas.
– Por eso, buen hombre -añadió England-, debes hacerme caso e irte al catre.
– Se bien hasta dónde puedo llegar -contesté.
Y yo creo que todos quedaron sorprendidos de lo que aguantaba. Nada de descanso, ni un minuto de reposo, y siempre con frases alegres, risas y bromas; así era yo, y eso se convirtió en mi sello personal. Eso y el temor que inspiraba, así toda la vida.
Cuando nos acercábamos a la entrada de Saint Malo, con el cabo Fréhel a estribor, a la luz de la luna que dibujaba los contornos, llevaba yo el timón con Dunn a un lado y Elisa al otro. Dunn ya me había explicado lo de las señales y los rumbos, y parecía que estuviera en mi examen de oficial. Y que me lleven los demonios si no emboqué sin que Dunn tuviera que corregirme ni una sola vez. El orgullo y la admiración por mí mismo no tenían límites, al menos hasta que Elisa me pusiera de nuevo con los pies en la tierra, que era en realidad el sitio que me correspondía.