Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Nadie llora al muerto
Nadie llora al muerto - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 65
Перейти на страницу:

Nick Deveney cogió una manzana pequeña y terrosa de una caja y la limpió en su manga. Cuando entraron en la minúscula tienda sonó la campanilla y la chica de detrás del mostrador levantó la mirada de la revista.

– ¿En qué puedo ayudarlos? -preguntó. En su suave voz había reminiscencias escocesas. El cabello rubio y liso enmarcaba una cara de aspecto frágil que los miraba seriamente, como si su pregunta hubiera sido algo más que una frase memorizada. Debajo de las mangas cortas de su top de punto los brazos eran delgados y parecían desprotegidos. Debía de tener la misma edad que Lucy Penmaric y le hizo pensar a Kincaid en su ex mujer.

La tienda olía levemente a café y chocolate. A pesar de su tamaño parecía bien surtida y había hasta un pequeño congelador lleno de cenas congeladas de buena calidad. Mientras Deveney le daba a la chica la manzana para que la pesara y buscaba efectivo en sus bolsillos, Kincaid abrió su bloc de notas. Cuando finalizaron la transacción Kincaid sustituyó a Deveney en el mostrador.

– Estamos buscando a Madeleine Wade, la propietaria. ¿Está aquí?

– Sí -dijo la chica sonriendo tímidamente-. Madeleine está arriba en su estudio, pero no creo que tenga ningún cliente ahora.

– ¿Cliente? -repitió Kincaid, preguntándose desconcertado si la comerciante llevaba una doble vida como prostituta del pueblo. Había visto combinaciones más extrañas.

La chica dio un golpecito en una tarjeta que había pegada con celo en el mostrador. En una caligrafía pulcra había escrito REFLEXOLOGÍA, AROMATERAPIA Y MASAJES y debajo, CONCERTAR CITA, y un número de teléfono.

Finalmente informado, Kincaid dijo:

– Ya veo. Toda una empresaria, ¿no?

La chica lo miró sin comprender por un momento, como si su vocabulario fuera demasiado complejo, y luego ordenó:

– Simplemente vayan por el lado y llamen al timbre.

Kincaid se inclinó con algo más de determinación sobre el mostrador y aventuró:

– Debes de estar a punto de acabar la escuela, ¿no?

Se puso roja hasta las raíces y susurró:

– Pasé los exámenes de secundaria el año pasado, señor.

– ¿Entonces conoces a Lucy Penmaric?

Pareció que encontraba esta pregunta menos intimidante porque contestó en voz más fuerte:

– La conozco, claro, pero no salimos juntas, si es lo que pregunta. Ella nunca se ha relacionado demasiado con los chicos del pueblo.

– Es algo estirada, ¿no? -preguntó Kincaid, invitándola a que le hiciera confidencias. Deveney, mirando distraídamente las postales mientras masticaba su manzana, parecía ignorar la conversación.

La chica hizo una mueca y se apartó el cabello de la cara.

– No diría eso. Lucy es simpática, simplemente no se relaciona con nadie.

– Peor para ella teniendo en cuenta lo que ha pasado -dijo Kincaid-. Imagino que le iría bien tener una amiga justo ahora.

– Sí -respondió. Y añadió, con el primer indicio de curiosidad que había mostrado en todo este rato-: Entonces, ¿son de la policía?

– Así es, señorita. -Deveney se unió a ellos llevando en alto el corazón de la manzana-. Y nos harías un gran favor si pudieras tirar esto en la papelera. -Le guiñó el ojo y ella volvió a ruborizarse, pero cogió la manzana de buen grado.

Gallito, pensó Kincaid. Le dio las gracias a la chica y ella le sonrió agradecida. Cuando llegó a la puerta se volvió hacia ella.

– Por cierto, ¿cómo te llamas?

Se lo dijo en un susurro:

– Sarah.

– Ésa no llega a ingeniera espacial -bromeó Deveney cuando salieron de la tienda.

– Diría que es tímida, no estúpida. -Kincaid evitó un charco cuando doblaron la esquina-. Y opino que es peligroso subestimar a la gente, aunque he de decir que yo lo he hecho más de una vez. -Pensó otra vez en Vic, en las veces que ella había llegado a casa de mal humor, amenazando con teñirse el pelo de oscuro para no tener que probar su inteligencia a todo el que conocía. Pensaba ahora que aunque la había comprendido, había sido tan culpable como los zoquetes que él había criticado. No la había tomado en serio y luego ya fue demasiado tarde.

– Tiene razón. -Hizo una mueca ante la leve reprobación-. Trataré de tener una actitud más abierta.

La puerta lateral estaba en realidad al final de unas escaleras exteriores. A Kincaid le pareció que la escalera había sido añadida recientemente, quizás en el proceso de convertir la planta baja de la casa en una tienda. Tanto la barandilla como la puerta estaban esmaltadas de blanco. Al llamar al timbre murmuró:

– Debe de ser una bruja buena. El color es el correcto.

La puerta se abrió justo cuando las últimas palabras salían de su boca. Madeleine Wade, mirándolos inquisitivamente, dijo:

– ¿Sí? -Kincaid, cohibido, se sonrojó tan penosamente como Sarah. Mientras a Deveney se le trababa la lengua haciendo las presentaciones, Kincaid examinó la ropa de la mujer, una blusa verde musgo y rosa con pantalones del mismo color verde. Su elegante media melena era de color platino que el comisario sospechó que se debía más al arte que a la naturaleza. Miró a todas partes excepto su cara, hasta que pudo controlar la suya propia. Madeleine Wade era dueña de una enorme nariz ganchuda, como sacada de la caricatura de una bruja de cuento.

Sonrió, como consciente de su incomodidad.

– Entren, por favor -dijo mientras apuntaba hacia el salón-. Su voz era grave, casi masculina, pero agradable-. Siéntense y les ofreceré algo de beber. Me temo que no consumo productos cafeinados, de modo que tendrán que conformarse con las infusiones -prosiguió mientras se dirigía a la pequeña cocina contigua a la sala de estar. Aunque no podía ver su cara, Kincaid creyó notar un leve tono de deleite en su voz.

Él y Deveney dijeron a coro:

– Está bien. -Luego Deveney hizo una mueca de asco.

Kincaid dijo entre dientes y con picardía:

– Ensanche sus horizontes, hombre. Le hará bien. -Luego miró a su alrededor con interés. Se dio cuenta de que podía oír una música muy suave pero no logró ubicar el sonido. Al menos supuso que era música, porque consistía en sonidos tintineantes que se repetían en pautas rítmicas, como un móvil de piezas de metal moviéndose al ritmo de variaciones matemáticas.

El piso tenía un encanto más cómodo que caprichoso. Tan sólo la mesa de masaje en un extremo del salón indicaba el uso de esta habitación para su empresa. Un mantel de alegre estampado cubría la mesa, lo que suavizaba su aspecto clínico, y el escritorio de pino en la pared más lejana mostraba una colección de peluches así como aceites, lociones y un montón de suaves toallas.

Kincaid se dirigió al final de la habitación donde la ventana con dos profundas jambas daba a la fachada de la tienda. Sonrió al ver las cortinas, hechas de la misma tela que cubría el sofá y la mesa de masaje. Sobre un fondo alegre de lunares blancos y rojos retozaban unos animales de granja dibujados en estilo primitivo. Encontró que la combinación era extraña y a la vez fascinante. Al inspeccionar las cortinas de cerca se dio cuenta de que los lunares rojos eran irregulares, como si hubieran sido pintados con los dedos, y los perros y las ovejas en concreto parecían los que había visto en reproducciones de pinturas rupestres.

En la repisa izquierda de la ventana había una serie de botellas con tapón de corcho de las más variadas formas y tamaños, llenas de líquidos de tonos que iban del oro verdoso más pálido al rico ámbar. En algunas flotaban hierbas y todas lucían graciosos lazos de rafia.

En la otra repisa había un geranio rojo en una maceta de terracota y un gato color naranja enroscado en un cojín donde daba el sol. Cuando Kincaid frotó suavemente una hoja de geranio entre sus dedos liberando el aroma acre y picante, el gato se revolvió, pero no abrió los ojos.

1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 65
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)