Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » El otro nombre de Laura
El otro nombre de Laura - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 79
Перейти на страницу:

Se hizo un silencio. No supo con precisión si los ruidos apenas perceptibles por la línea del teléfono eran su respiración o el viento en los cables del teléfono.

– ¿Quirke, ha dicho? -dijo al fin-. ¿Nos conocemos?

– No, no hemos tenido ocasión.

De nuevo una pausa.

– Bueno, qué demonios -dijo al fin la mujer.

Su suposición había sido correcta: era una mujer alta, ancha de hombros y de caderas, con los ojos muy negros y el cabello negrísimo, cortado de un modo dramático, recto, como el de la hija del faraón; también sus ojos tenían algo faraónico, pintados como los llevaba de líneas negras muy marcadas. Llevaba un complicado vestido de seda carmesí y unas sandalias de finas tiras de oro. Cuando abrió la puerta de entrada de la casa de Castle Avenue, echó la cabeza hacia atrás y miró a Quirke con un gesto de escepticismo, de desdén, torciendo la nariz fina, de aletas estrechas. Alzó una mano y la apoyó en el quicio de la puerta, y la manga larga de su vestido cayó para dejar al descubierto la cara interna de un brazo largo, esbelto, lechoso, bien torneado; Quirke tenía debilidad por la cara interna de los brazos de las mujeres, siempre tan pálidos, tan suaves, tan vulnerables. En la otra mano sostenía una copa de vino ligeramente inclinada. Dijo que se llamaba Kate, diminutivo de Kathryn, con k y con y. Debía de estar, calculó, en los treinta y muchos.

– Adelante -le dijo-. Total, qué más da.

La casa era grande, fea, de ladrillo rojo, tres plantas sobre un sótano con ventanas a ras de suelo, una verja negra y baja en el frente de un jardín en el que abundaban los lilos y los rosales. En el interior, en cambio, la casa había sido desmantelada por completo y remodelada de arriba abajo, de acuerdo con el estilo más moderno y más severo, todo de acero inoxidable y cristal. Kate White le condujo a lo que llamó el estar, caminando delante de él con paso perezoso, contoneándose con distinción. En la estancia eran numerosos los elementos de mobiliario blanco y anguloso, además de unas cuantas alfombras esparcidas aquí y allá y pequeñas mesas cuadradas, de cristal, en una de las cuales había un teléfono blanco, y en otra una botella de vino blanco recién abierta, con los flancos perlados de minúsculas gotas de vaho. Todo esto, Quirke lo comprendió de inmediato, estaba así dispuesto en su honor: los ojos pintados, el vestido de seda, las sandalias de oro, la botella helada de Chablis, tal vez incluso el teléfono blanco, colocado con ostentación en su pequeño pedestal.

En la pared del fondo, ocupándola casi del todo, había un inmenso ventanal. Kate White se alejó hasta allí y, con un gesto estudiado y dramático, agarró la cuerda y tiró para entornar la persiana veneciana, tras la cual se reveló un elaborado jardín con sus árboles y sus arriates de flores y sus estanques y unos senderitos que trazaban meandros, pavimentados con unos baldosines enloquecidos. Todo ello lo señaló con un gesto ampuloso, copa en mano.

– Mis necesidades son modestas, ya ve usted -dijo de un modo cortante. Volvió a la mesita y tomó con la otra mano la botella de vino-. ¿Le apetece una copa?

– No, gracias.

Lo miró extrañada.

– Caramba. Yo habría dicho que era usted amigo de beber de vez en cuando.

– Lo he sido.

– Pues lo siento, pero a mí a estas horas de la tarde ya me va bien un poco de chispa.

Volvió a llenarse la copa y le invitó a tomar asiento a la vez que se arrellanaba en un extremo del gran sofá blanco, de espaldas al jardín. Cruzó las piernas, permitiéndole entrever un muslo envuelto en una tensa media de nylon, hasta el arranque de la liga. Por la ventana vio que el sol había traspasado las nubes panzudas y que brillaban los árboles empapados.

– Bueno -dijo-. Así que usted era amigo de… como se llame.

– No, la verdad es que no exactamente.

Se lo tomó con aparente indiferencia.

– Me alegro -dijo. Él sacó el tabaco. Ella se inclinó sobre la mesita y le acercó un cenicero cuadrado, de cristal tallado-. Entonces, ¿quién es usted?

– Soy patólogo.

Ella rió con incredulidad.

– ¿Que es qué?

– Conocí… es decir, conocí hace mucho tiempo a su marido, al de Deirdre Hunt, esto es.

Ella lo miró largo y tendido antes de dar un sorbo de vino.

– ¿Y qué es exactamente lo que quiere de mí, señor…? Disculpe, he olvidado su nombre.

– Quirke -calló un momento, mirándose las manos-••. Con franqueza, señora White…

– Llámeme Kate.

– Con franqueza, no sé qué es lo que quiero.

Se le escapó otra risa, o más bien un bufido.

– Pues eso es toda una novedad, tratándose de un hombre -se le había quedado la copa casi vacía.

– ¿Usted la conoció? -preguntó Quirke-. Me refiero a Deirdre Hunt.

– En esta casa se llamaba Laura. Laura Swan -un nuevo bufido-. La que fue un patito feo.

– Su marido tenía negocios con ella.

– Eso es lo que él decía. Vaya negocio, hay que ver. Mire: al contrario que usted, él sí sabía qué quería -frunció el ceño de pronto-. Por cierto, ¿cómo ha sabido dónde vivía… dónde ha vivido hasta ahora?

– Lo busqué en el listín de teléfonos.

Se le marcó más el ceño fruncido y pareció suspicaz.

– El marido, el marido de la tal Swan, quiero decir… ¿no será él quien le envía, verdad?

– No. ¿Por qué iba a enviarme?

Se sirvió otra copa de vino; quedaba un tercio más o menos en la botella.

– Pues no lo sé. Usted dirá -dijo. En el jardín, una racha de viento sacudió los árboles, esparciendo a puñados gotas de lluvia como diamantes. Ella había vuelto a estudiarlo por encima del borde de la copa-. Así que dice que es patólogo… -dijo-. ¿Trabaja usted para la policía? -él negó con un gesto-. Pero es investigador o algo semejante, ¿no?

– No. Soy titular de una consulta de patología. Trabajo en el Hospital de la Sagrada Familia. El marido de Deirdre Hunt me llamó. Así me enteré de su fallecimiento.

Ella sonrió de pronto. Fue una sonrisa asombrosamente cándida, acomodaticia, que la transformó por un instante, dejando de ser la mujer agresiva, de mirada dura, que pretendía parecer, para convertirse en otra cosa.

– Estaba pensando, señor Quirke, que estoy aquí sentada, sola en mi casa, en plena tarde, con un perfecto desconocido, y bebiendo más vino del que debiera. ¿Le parece a usted que debería estar preocupada?

– ¿Preocupada?

– Quiero decir que tal vez podría usted intentar aprovecharse de mí, por ejemplo -volvió a esbozar la sonrisa ambigua de antes. A la vez, se le humedecían los ojos y se le fruncía la piel alrededor, de modo que daba la impresión de que estuviera a punto de echarse a llorar, cuando en realidad estaba sonriendo-. Tengo entendido que pasa a todas horas -siguió diciendo-. Una crédula ama de casa abre la puerta a un vendedor a domicilio, a un agente de seguros, según dice ser, y antes de que se dé cuenta de lo que pasa está tirada por el suelo y planta batalla en defensa de su honor. Lo que pasa es que no es una: son miles -se rió, y emitió un sonido como un gorjeo desde lo más profundo de la garganta; se adelantó y tomó la botella por el cuello para volver a llenarse la copa. Se le derramaron unas gotas de vino en el cojín blanco en que estaba sentada-. ¡Vaya! ¡Qué torpeza la mía! -dijo, y frotó las manchas y se llevó los dedos a la boca y se lamió las yemas una por una, mirándole con las pestañas entrecerradas. Bebió, se recostó en el respaldo, suspiró-. Es probable que yo empujase a esa putita a hacer lo que hizo -dijo con complacencia. Esperó a que él reaccionase, y frunció la boca cuando no vio reacción alguna-. La llamé por teléfono. Había descubierto algunas pruebas que la incriminaban: cartas, fotografías. La llamé por teléfono y le dije lo que había descubierto. Mucho me temo -de nuevo la mirada de vampiresa de película, entrecerradas las pestañas cargadas de rímel-… mucho me temo que le dije lo que pensaba y se lo dije con demasiada crudeza. Podrá usted imaginarlo. Es muy enojoso, ¿sabe usted?, que una mujer de pronto descubra que otra tiene un lío con su marido -calló y miró la copa otra vez, frunciendo los labios, parpadeando despacio. Quirke la oía respirar-. Me parece que estoy un poco borracha -murmuró con un tono de vaga sorpresa.

1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 79
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)