Un Romance Imposible
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
Capítulo 8
Morenas de Inglaterra, ¡alégrense! En la fiesta de lord y lady Newtrebble, la popular y siempre acertada madame Larchmont le echó las cartas a cierto vizconde que busca esposa, y la tarotista predijo que la mujer destinada para ese buen partido que es lord Sutton será una belleza de cabello oscuro. Una terrible decepción para las bellezas rubias de esta temporada, pero está claro que tendrán que poner sus ojos en otra parte. Ahora queda una pregunta en el aire: ¿Quién es esa dama morena con la que se casará lord Sutton?
De la página de sociedad del London Times.
La joven caminaba despacio hacia él. El ruido de sus pisadas quedaba amortiguado por la gruesa alfombra Axminster de su dormitorio, y sus caderas oscilaban con un ritmo sinuoso que aceleraba la respiración de él y lo paralizaba. La expresión de la muchacha ya no era impasible, y su intención resultaba inconfundible. Unos ojos oscuros del color del chocolate fundido brillaban con una luz maliciosamente sensual, y una media sonrisa de sirena curvaba las comisuras de sus gruesos labios. Su fina bata de color aguamarina flotaba alrededor de ella como una columna de seda de delicado brillo ribeteada con encaje marfil que a cada paso ofrecía burlones atisbos de las curvas voluptuosas que se hallaban debajo. El cabello le caía sobre los hombros y por la espalda hasta la cintura como una brillante cascada de espesos y brillantes rizos oscuros.
La muchacha se detuvo cuando les separaba una distancia inferior a la longitud de un brazo. Alargó las manos y las apoyó en el pecho desnudo de él, arrancándole un suave gemido de placer.
– Alexandra…
Colin trató de alcanzarla, pero le pareció que tenía un peso encima y no podía moverse. Con una seductora sonrisa, la joven se puso de puntillas, levantó el rostro y…
Le lamió la mejilla.
Frustrado, intentó moverse una vez más, desesperado por tocarla y besarla, pero unas manos invisibles le inmovilizaban los hombros. Ella le recompensó con otro húmedo lametón en la mejilla. Estaba claro que necesitaba unas cuantas lecciones sobre el arte de besar. Colin tenía toda la cara mojada y, por Dios, también pegajosa…
Con un gemido, abrió los ojos, y se encontró mirando un negro hocico fofo y unos ojos de color marrón oscuro muy abiertos.
– ¿Qué demonios…?
Sus palabras se vieron interrumpidas por el golpe de una gran lengua canina húmeda contra su barbilla.
– ¡Maldita sea!
Colin hizo una mueca de asco y trató de levantar el brazo para secarse la cara, pero el peso del monstruoso perro tumbado sobre su pecho lo inmovilizaba. Unas patas del tamaño de bandejas clavaban sus hombros en la cama.
De repente cayó en la cuenta y entornó los párpados. A continuación movió la cabeza sobre la almohada para evitar otro entusiasta beso perruno. A cambio, le arrojaron una lluvia caliente de aliento canino, seguido de un profundo y áspero ladrido.
– C. B. -murmuró, dedicándole una mirada enojada al enorme mastín de Nathan-. ¿Cómo puñetas has llegado aquí?
– Ha entrado conmigo -sonó la voz profunda y familiar de Nathan, cerca de la ventana-. Por si no te has dado cuenta, está exultante de alegría por verte.
Colin volvió la cabeza -la única parte de su cuerpo que podía mover- y parpadeó ante la brillante luz del sol que entraba a raudales por la ventana.
La oleada inicial de felicidad al ver a su hermano quedó muy restringida por la carga que le aplastaba los pulmones y le clavaba al colchón.
– Por si no te has dado cuenta -masculló entre dientes-, esta bestia pesa al menos un quintal.
Sus palabras se vieron recompensadas con otro golpe de lengua canina contra el cuello. Colin volvió a dedicarle a C. B. una mirada de cólera.
– ¡Para!
C. B. le miró con gesto de reproche y luego pareció sonreírle.
– Un poco más de un quintal -dijo Nathan.
Otro beso perruno mojó el mentón de Colin.
– ¡Que el diablo se lo lleve! ¡Para!
Con un fuerte empujón, consiguió salir de debajo del aplastante peso del perro y sentarse. A continuación transfirió su cólera a su hermano.
– Su aliento no huele precisamente a flores, ¿sabes? ¿Qué le das de comer?
– Su último tentempié ha sido esa bota -dijo Nathan, indicando el escritorio con un gesto de la cabeza.
Colin siguió la mirada de su hermano y apretó la mandíbula al ver el cuero destrozado.
– Esas eran mi par favorito.
– No te preocupes, solo ha mordisqueado una de ellas.
– ¡Qué puñetera suerte!
– Como recordarás, C. B. significa «Come Botas».
– No es probable que lo olvide, viendo el recuerdo que dejó la última vez en mis botas nuevas.
Nathan se apartó del alféizar de la ventana, donde tenía apoyadas las caderas, y se acercó a la cama.
– Ya era hora de que despertases. Te decía en mi carta que tenía previsto llegar hoy y llevo media hora esperando.
– ¿No se te ha ocurrido esperar en el salón?
– ¡Madre mía, había olvidado lo gruñón que te pones cuando te acabas de despertar!
– No soy gruñón. Es que estoy… sorprendido. Y cubierto de baba de perro que huele a bota -dijo mientras se pasaba los dedos por el pelo-. ¿Qué hora es?
– Casi las dos. Uno se pregunta qué estuviste haciendo anoche para agotarte tanto -dijo Nathan con una sonrisa-. ¿No estás contento de verme?
Colin trató de mantener su gesto ceñudo, pero no lo consiguió del todo.
– Sí que me alegro. Simplemente habría estado más contento de verte dentro de una hora, cuando estuviese despierto, con la mente despejada y vestido.
Después de coger su batín de seda de los pies de la cama -evitando por poco otro golpe de la lengua de C. B. -se puso la prenda, se ató el cordón y se levantó.
– Me alegro de verte, hermano.
Nathan estrechó su mano, y durante unos segundos Colin miró a su hermano a los ojos mientras lo invadía una emoción incontenible. A pesar de sus intereses diferentes, habían crecido muy unidos, un vínculo que se hizo aún más fuerte cuando asumieron el peligroso deber de espiar a los franceses para la Corona. O que se hizo más fuerte hasta que Colin cometió un terrible error y estuvo a punto de perder a Nathan.
El mismo sentimiento de culpa y remordimiento que experimentaba Colin cada vez que pensaba en ello lo asaltó de nuevo, seguido primero de un impulso de gratitud, pues Nathan le había perdonado que creyese que había traicionado a su país, y a continuación de la vergüenza que seguía sintiendo porque Nathan nunca dudó de él, ni siquiera cuando tuvo buenas razones para hacerlo. No, a diferencia de él, cuando su honradez se puso en duda, la confianza de Nathan en él fue absoluta. Inquebrantable. Incondicional.
Colin siempre se consideró un hombre inteligente. Un hombre de honor, íntegro y leal. Pero aquella noche horrible cuatro años atrás, la noche en que le dispararon, fueron puestas a prueba esas cualidades de las que tanto se enorgullecía, y fracasó en todas ellas. Nueve meses atrás, Nathan regresó a Cornualles por primera vez desde aquella noche, dándole a Colin la oportunidad de reparar su quebrada relación. Aunque Colin subsanó su error y ambos resolvieron sus desavenencias, una parte de él seguía sintiendo que no había hecho lo suficiente, que no merecía el perdón de su hermano. Una cosa era segura: no tenía intención de repetir jamás aquel error.
Ambos se movieron a la vez para abrazarse y darse unas palmadas en la espalda. Colin parpadeó varías veces para limpiar sus ojos de la inexplicable humedad que se reunía allí. Por el amor de Dios, tenía que informar a Ellis de que su dormitorio necesitaba ventilarse. Demonios, apenas podía tragar con todo aquel polvo en la garganta.
Cuando se separaron, Colin observó a su hermano -que parecía igual de afectado por el polvo- durante varios segundos. Luego se aclaró la garganta y, en un intento de aligerar el aire henchido de emoción, sonrió.