Un Romance Imposible
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
Tres horas después, tras echar el tarot por última vez esa noche, Alex seguía pensando en lord Sutton, como había hecho mientras les echaba las cartas a más de una docena de invitados. Y mientras escuchaba con atención todas las voces que flotaban a su alrededor, preguntándose si volvería a oír el áspero susurro del estudio de lord Malloran, nada segura de desear oír de nuevo esa voz. Porque, si la oía, ¿qué haría entonces?
Desde que Colin se perdió entre la multitud, Alex se había obligado a mantener su atención centrada en las personas que se sentaban frente a ella, sin permitir que su mirada vagase en busca de él. De todos modos, aquel hombre ocupaba cada rincón de su mente, cosa que en sí ya era bastante perturbadora. Pero aún la desestabilizaba más la forma en que lo hacía, la desconcertante dirección de sus pensamientos.
Su pelo… parecía tan espeso y brillante que le apetecía tocarlo. ¿Qué sensación produciría pasar los dedos entre aquellos oscuros mechones sedosos?
Y sus ojos. Tan verdes. Tan frustrantes e impenetrables.
Y sin embargo tan atractivos cuando brillaban con una nota de humor. ¿Qué aspecto tendrían llenos de deseo?
¿Llenos de deseo por ella?
Un pensamiento peligroso que Alex había apartado de su mente incontables veces.
Sin embargo, tan pronto como alejaba el recuerdo de sus ojos, se encontraba pensando en sus anchos hombros, en la forma fascinante en que llenaba su chaqueta y sus pantalones negros de etiqueta. Sus brazos parecían tan fuertes… ¿Qué se sentiría al ser abrazada por ellos?
Y luego estaba su boca… aquella boca atractiva y masculina cuyos labios atraían su mirada como un festín a un hombre hambriento. ¿Qué tacto tendrían aquellos labios bajo las puntas de sus dedos? ¿Suave? ¿Firme? ¿Ambos? ¿Qué sensación daría el roce de su boca contra la de ella? Que Dios la ayudase. Quería saberlo. Con desesperación. Y mucho se temía que, si se le ofrecía la oportunidad de averiguarlo, no sería capaz de resistirse.
Todos sus impulsos y anhelos, toda la curiosidad femenina que había reprimido con rigor hasta entonces parecían ahora a punto de estallar, como una fruta demasiado madura que rompiese su piel. Por primera vez, deseó liberarse de su título de madame, dejarse arrastrar por sus fantasías con el hombre que las había inspirado desde el momento en que lo vio en Vauxhall cuatro años atrás.
Un sonido de disgusto surgió en su garganta, y Alex apretó los labios para contenerlo. Como debía contener aquellos pensamientos tortuosos y ridículos, y aquellas preguntas inadecuadas e imposibles cuyas respuestas jamás conocería. Sin embargo, mientras su sentido común le decía eso, imágenes sensuales de él continuaban bombardeándola, lo que la fastidiaba mucho. No deseaba albergar tales pensamientos acerca de ningún hombre, pero si iba a hacerlo, ¿por qué, por qué tenía que ser con ese hombre en particular, un hombre al que nunca podría tener, que no era adecuado para ella de ninguna forma concebible, al que nunca podría tocar o besar?
Muy molesta consigo misma, recogió sus naipes. El último consultante había abandonado la mesa hacía vanos minutos, y ella se quedó sentada allí como una idiota, suspirando embobada por un hombre situado tan por encima de su nivel social que daba risa.
Tras envolver sus cartas en la pieza de seda de color bronce, bajó el brazo por debajo del largo mantel de damasco blanco en busca de su bolso. Al no encontrarlo, se inclinó más y levantó la tela para atisbar bajo la mesa. Cuando vio el bolso fuera de su alcance, se estiró aún más hacia el suelo. Sus dedos acababan de rozar el cordón de terciopelo cuando oyó un áspero susurro.
– Me temo que eso es imposible -decía.
Alex se quedó paralizada. Se le erizó todo el vello de la nuca, y un escalofrío recorrió su espalda. Reconocía esa voz. Jamás la olvidaría. Se levantó enseguida con el corazón desbocado. Un grupo de personas pasaba junto a la mesa, seguramente hacia el vestíbulo, para marcharse. Eran cuatro hombres y dos mujeres, todos miembros conocidos de la alta sociedad. Mientras pasaban, se fijó en otro grupo formado por tres hombres, situado a unos tres metros. Y en un trío de mujeres cerca de ellos. De nuevo, todos eran respetables miembros de la aristocracia. En las proximidades había también dos lacayos que recogían las copas vacías de los invitados que se marchaban. Alex escuchó con atención, pero ninguna de las voces era el áspero susurro. Quien había hablado, fuera quien fuese, estaba ahora en silencio o había recuperado una voz normal.
¿De qué grupo procedía la voz? No estaba segura de querer saberlo. Aquella persona planeaba matar a alguien la semana siguiente, y con toda probabilidad era responsable de la muerte de lord Malloran y de su lacayo, seguramente debido a la nota que había escrito ella. Alex no deseaba convertirse en un cadáver. Pero la única forma de detener aquello era averiguar quién era el asesino. Antes de que alguien más muriese. Es decir, ella.
Aunque la invadía el pánico, tenía que averiguar quién había hablado. Se puso en pie y metió las cartas en su bolso a toda prisa. Luego se volvió para alejarse de la mesa. Y tropezó contra algo sólido. Algo sólido que olía a ropa limpia con una pizca de sándalo. Algo que la agarró de los brazos y se puso a hablar.
– Si chocar conmigo va a convertirse en una costumbre, he de decir que prefiero la intimidad del jardín a un salón lleno de gente.
El corazón de Alex latió con fuerza y, para su horror, en lugar de apartarse o al menos quedarse inmóvil, acercó la nariz a la pechera de lord Sutton y volvió a respirar su aroma. Por espacio de varios segundos, se sintió segura, por primera vez en su vida. Como si estuviese envuelta en unos brazos fuertes y protectores. Una idea descabellada que apartó de su mente al instante.
Mareada por la combinación del aroma de Colin y el calor de las manos masculinas que bajaban por sus brazos, tuvo que obligar a sus pies a dar un paso atrás. Cuando lo hizo, sus miradas se encontraron. El hombre seguía cogiéndola de los brazos, y a Alex le resultaba difícil respirar mientras continuaban mirándose. Entonces él frunció el ceño.
– ¿Qué sucede? -preguntó.
– Pues… nada.
Colin se le acercó mientras sus dedos la apretaban con más fuerza.
– Algo sucede. Está pálida y temblorosa.
Alex notó el peso de una mirada que no era la de él, y de nuevo se le erizó el vello de la nuca. La joven observó a la gente situada cerca de la mesa, pero nadie la miraba.
Colin también miró a su alrededor, recorriendo con la vista el grupo cercano antes de volver los ojos hacia ella.
– ¿La ha molestado alguien?
La joven percibió con claridad la gélida amenaza bajo sus palabras serenas, y por un instante descabellado experimentó una emoción femenina desconocida. Lord Sutton parecía dispuesto a pelearse con cualquiera que se atreviese a decirle a ella algo desafortunado. Como si pretendiese protegerla de cualquier daño…
Un impulso de enojo contra sí misma interrumpió el ridículo pensamiento. Él no haría semejante cosa. ¿Por qué iba a arriesgarse siquiera a arrugarse la chaqueta por ella? Y, aunque así fuese, ella no necesitaba que nadie la protegiese ni se pelease por ella. Le había ido muy bien sola durante todos aquellos años. Se sintió aún más irritada por permitir que su angustia se notase tanto. Recobrando su autocontrol, Alex levantó la barbilla y dio un paso atrás. Los dedos de Colin se separaron de sus brazos, pero sus ojos perspicaces no abandonaron los suyos ni un momento.
– Nadie me ha dicho nada, señor. Pero, aunque así fuese, no veo por qué tendría que preocuparse usted.
– ¿No?
– No. Soy muy capaz de defenderme si la ocasión lo requiere. Si estoy pálida, es solo porque me siento cansada. Me resulta agotador echar las cartas tantas veces en una sola sesión.
– ¿Es fatigoso comunicarse con los espíritus?
La joven ignoró su tono seco.
– Lo cierto es que sí.
– Entonces, vamos a llevarla a casa, por supuesto.