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Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:

Cuando Allie descubre que su marido, muerto en un duelo, había sido un criminal, resuelve intentar reparar los daños que ha causado. Su empeño la lleva de América Inglaterra, donde la esperan extraños accidentes y un romance inesperado…
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
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– Debes de estar deseándolo, ¿no es así? -preguntó Colin en tono irónico, sabiendo lo mucho que Nathan detestaba los actos sociales.

– En condiciones normales preferiría que unos patos me matasen a mordiscos, pero reconozco que estoy deseando ver cómo te las arreglas con las candidatas.

– Hablando de patos, ¿cómo están los tuyos?

– Muy contentos, gracias por preguntar.

– No estarán aquí, ¿verdad?

Nathan adoptó un aire inocente, algo que al instante despertó las sospechas de Colin.

– Claro que no -respondió en tono ofendido.

– Gracias a Dios.

– Me alegro de que no te hayan oído decir eso. Te quieren mucho, ¿sabes? Eres su tío.

– Yo no soy tío de esos patos. Ni de tu cabra comedora de botones, ni del cerdo o cordero o los demás bichos que hayas adquirido desde la última vez que te vi. Enséñame un niño, y me alegraré de adoptar el título de tío.

– Estamos en ello.

– Sí, ya me lo imagino -dijo, con un suspiro exagerado-. ¿Sabes?, si no te hubieses casado con lady Victoria, habría podido hacerlo yo y ahorrarme toda esta infernal caza de novias.

Nathan hizo una mueca.

– Yo le gusté más. Piensa que soy muy listo e insuperablemente guapo.

– La pobre muchacha debe de haber llevado una vida muy aislada, y está claro que necesita gafas. Pero, de todos modos, es encantadora. Lo menos que podía haber hecho es tener una hermana.

– Creo que hay una prima lejana en Yorkshire que no es demasiado mayor y tiene casi todos los dientes. ¿Quieres que te la presente?

– Hay setos espinosos dos pisos más abajo, justo debajo de esa ventana que tienes detrás. ¿Quieres que te los presente?

Nathan se echó a reír y le dio una palmada en el hombro.

– No tengas miedo, tu hermano está aquí. Me tomaré como una misión personal la obligación de ayudarte a encontrar a la novia perfecta.

– Que el Señor me coja confesado.

– No es necesario pedir ayuda del cielo mientras yo esté aquí. No te preocupes, tengo mucha experiencia en estos asuntos.

– ¿De verdad? No recuerdo que buscases esposa cuando apareció Victoria.

– Y sin embargo la encontré. ¿Ves lo bueno que soy?

– No podrías encontrar tu propio trasero con ambas manos y la ventaja de un mapa detallado. Ya encontraré yo a mi propia esposa, muchas gracias.

Nathan asintió despacio antes de dar un paso atrás y cruzar los brazos.

– Como es evidente que no deseas hablar de la búsqueda de tu prometida ni de la misteriosa Alexandra a la que afirmas no conocer, ¿por qué no me dices qué te preocupa?

Demonios, estaba perdiendo facultades si resultaba tan fácil adivinar sus pensamientos. Se dirigió al armario y sacó de un tirón una camisa limpia.

– Me molesta haber dormido mucho más de lo que tenía previsto, y ahora llego tarde a una cita.

– No te preocupes. Estoy seguro de que nadie más que yo, que te conozco tan bien, adivinaría que te inquieta algo. ¿Qué es?

Colin se volvió, y sus miradas se encontraron. La de Nathan se llenó de inconfundible preocupación.

– Deja que te ayude -dijo Nathan en voz baja.

Colin se sintió abrumado por el sentimiento de culpa. Aquella oferta tan simple le llegaba al corazón. Nathan le ofrecía libremente lo que él le negó cuatro años atrás, es decir, ayuda sin preguntas. Porque creía en él. Resultaba irónico y humillante, porque Colin no le hizo una oferta similar cuatro años atrás.

– Agradezco la oferta -dijo, antes de aclararse la garganta para librar a su voz de su extraño timbre áspero-. Y querría comentar una cosa contigo…

– Me parece que viene un «pero».

– Pero… por desgracia tengo una cita para la que he de prepararme ya.

– ¿Por qué no cenas con nosotros esta noche?

– De acuerdo; sin embargo, preferiría no comentar esto en casa de Wexhall. Ven a desayunar mañana y te lo contaré todo.

Nathan lo observó durante varios segundos más antes de volver a hablar.

– ¿Lo que te preocupa tiene algo que ver con la muerte de Malloran y de su lacayo?

La verdad, espero que no, pensó Colin.

– ¿Te lo ha contado Wexhall?

– Sí, pero aunque no lo hubiese hecho es el principal tema de conversación vayas a donde vayas. ¿Te inquietan esas muertes?

– Me parecen… sorprendentes. Espero saber más cuando hablemos mañana. Entonces te lo contaré todo.

Aunque era evidente que Nathan deseaba hacerle más preguntas, se limitó a asentir.

– Muy bien. Vendré a desayunar mañana por la mañana. Procura estar despierto.

– Procura guardarme unas pocas galletas y algo de chocolate. Mientras tanto, nos veremos esta noche en la cena.

– De acuerdo.

Nathan silbó para llamar a C. B., que había oído la palabra «galleta» y, creyendo que había una golosina en su futuro inmediato, saltó de la cama para trotar detrás de su amo. En cuanto se cerró la puerta tras ellos, Colin se vistió a toda prisa. Tenía que averiguar mucho más sobre madame Alexandra Larchmont y no disponía de demasiado tiempo para hacerlo antes de que ella llegase. El corazón se le aceleró al pensar en volver a verla. Volver a tocarla.

Volver a besarla.

Pero, antes de que eso sucediera, tenían que hablar. Desde luego, ella tenía que explicarle algunas cosas. Y Colin se ocuparía de que no se marchase de allí aquel día hasta haberlo hecho.

Sentada en el salón ricamente decorado de Logan Jennsen, Alex observó las cartas extendidas sobre la mesa y levantó la mirada para tropezar con sus intensos ojos oscuros, que la contemplaban con una expresión inconfundible. A diferencia de la mirada Colin, no había nada misterioso ni inescrutable en la de aquel hombre. El deseo brillaba en ella con toda claridad.

– ¿Qué futuro indican mis cartas, madame? -preguntó, inclinándose hacia delante.

La joven inspiró hondo y percibió el agradable aroma de su jabón de afeitar.

– Continúo viendo un deseo de tomar represalias, una profunda necesidad de terminar con injusticias cometidas contra usted. Una necesidad de demostrar su valía. De demostrarle a la gente, a una persona de su pasado en particular, que es una fuerza con la que hay que contar. Veo más riqueza en su futuro, pero también mucho dolor. Y profunda soledad.

– Entiendo. Dígame, ¿cree que hay una oportunidad de que pueda cambiar mi futuro, de hacer algo que evite esa profunda soledad que me predice?

– Estoy segura de que, si quiere compañía, solo tiene que decirlo y estará rodeado de gente.

– Es cierto, pero estoy más interesado en la calidad que en la cantidad. Por ejemplo, prefiero pasar el tiempo con una mujer que me interese que con una docena que me aburran. Usted me interesa, madame -dijo en voz baja, mirándola a los ojos.

Antes de que ella pudiese responder, el hombre alargó el brazo y le rozó la mejilla con la punta de un dedo. Su contacto era cálido y dulce y, aunque inesperado, nada desagradable.

– Señor Jennsen…

– Logan.

– Me siento muy halagada -dijo la joven con sinceridad-. Pero…

– Nada de peros -dijo él, sacudiendo la cabeza-. Solo quiero que sepa que la encuentro… reconfortante. Mucho más que esas perlas de la alta sociedad que me rodean. No se da importancia. Provengo de una cuna muy pobre y me siento mucho más atraído por alguien como usted, que no mira por encima del hombro ni lo recibe todo de manos de un mayordomo.

– Apenas me conoce.

– Y usted apenas me conoce a mí, algo que me encantaría rectificar.

– Algunas de esas perlas de la alta sociedad son muy agradables.

El hombre se encogió de hombros.

– Tal vez, pero yo sigo queriendo conocerla mejor.

– Logan -dijo la muchacha en voz baja-, estoy casada.

Él entornó los párpados.

– ¿De verdad? Tengo cierta experiencia con las mujeres, y usted no tiene aspecto de mujer casada.

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