Un Romance Imposible
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
Menos de cinco minutos después, Alex estaba sentada frente a Colin dentro de su lujoso carruaje. Los gruesos cojines de terciopelo la acogían con deliciosa suavidad, y sus ojos se cerraron mientras suspiraba complacida.
– ¿Mejor que un coche de alquiler? -dijo la profunda voz de él, divertida.
Alex abrió los ojos de golpe. Colin estaba reclinado en el asiento de enfrente, mirándola desde las sombras. Su boca esbozaba una media sonrisa.
– Un poco -dijo ella, en el mismo tono ligero que él había utilizado.
Aunque la muchacha, severa, se recordó que aquel atisbo de lujo era pasajero, estaba decidida a disfrutar de sus pocos momentos de comodidad.
Sin embargo, era difícil sentirse cómoda del todo con la perturbadora mirada de lord Sutton posada en ella, por no mencionar la fatalidad predicha por la tirada de él y la posible amenaza para sí misma del asesino de voz áspera.
El silencio se prolongaba entre ellos. ¿Sentía él la misma corriente subterránea de tensión? Alex necesitaba advertirle lo que había visto en sus cartas, pero Colin parecía preocupado. Agitado. La joven decidió romper el hielo antes de sacar a colación el tema que ocupaba su mente.
– ¿Cómo le ha ido esta noche?
En lugar de responderle con una respuesta cualquiera, Colin pareció considerar seriamente la pregunta.
– Ha sido una noche pesada y poco memorable. ¿Y a usted?
La muchacha sintió la tentación de decir lo mismo pero, aunque la noche se le había hecho pesada, para ella sí había sido memorable, y toda la culpa era de él. Bueno, de él y de haber tenido muy cerca hacía solo unos momentos a alguien que sin duda deseaba mandarla al otro barrio.
– Para mí la noche ha sido… interesante -dijo.
– ¿Cómo es eso?
– Me gusta conocer personas, averiguar cosas de ellas a través de sus cartas.
– La envidio. Tal vez debería dedicarme a echar las cartas. Me temo que no me resulta nada interesante eludir a madres casamenteras o tratar de conversar con sus hijas bobas e insulsas.
Colin se inclinó hacia delante, y Alex se quedó sin aliento ante su repentina proximidad. Menos de un metro separaba su rostro del de ella, una distancia que parecía demasiado escasa y al mismo tiempo excesiva.
Con los codos apoyados sobre sus piernas separadas, el hombre entrelazó las manos y la miró con ojos en los que brillaba un atisbo de malicia.
– Aunque agradezco su convincente afirmación (que, por cierto, me ha costado una fortuna) de que la mujer destinada para mí tiene el cabello oscuro, habría preferido algo un poco más concreto. Algo, lo que fuese, que me evitase la molestia de hablar del tiempo con otra manada de muchachas soltando risitas. ¿Es que ninguna puede mantener una conversación remotamente inteligente? -dijo, sacudiendo la cabeza.
– Seguramente se ponen nerviosas en su presencia, señor.
– ¿Nerviosas?
– Supongo que entenderá que a una mujer joven e inexperta le intimide un hombre como usted.
Colin enarcó una ceja.
– La verdad es que no. ¿Y qué es, para ser exactos, un hombre como yo?
– No quiere entenderme, señor. Su posición en la sociedad basta por sí sola para dejar mudas a muchas personas, y no digamos ya a una muchacha. Sobre todo si va acompañada de una madre casamentera y desea causarle buena impresión.
– No parece que a usted le intimide, ni que se quede muda en mi presencia. Algo que me ha costado mucho dinero esta noche.
– Pero yo no soy una joven inexperta empeñada en causarle buena impresión, señor.
– La verdad, desde el punto de vista de mis fondos, que disminuyen a toda velocidad, es una lástima.
Colin inclinó la cabeza y pareció observar las manos enguantadas de Alex, quien sintió el impulso de ocultarlas bajo los pliegues de su vestido. Luego, el hombre levantó los ojos y la inmovilizó con una mirada llena de seriedad.
– Entonces ¿un hombre como yo es alguien con un título nobiliario?
– Sí.
– Entiendo. ¿Y eso es todo? ¿Nada más?
Colin esperaba su respuesta con todos los músculos tensos, diciéndose que no le importaba nada lo que ella opinase. Que, si ella solo lo veía como un título nobiliario y nada más, le daba absolutamente igual.
Un destello de malicia anidó en los ojos de Alex.
– Está buscando que le regalen los oídos, y de forma descarada.
¿Sí? Demonios, no lo sabía. No tenía costumbre de hacer eso pero, claro, nunca se había sentido tan perturbado en presencia de una mujer.
– No busco que me regalen los oídos -dijo, tras reflexionar-, sino simplemente saber a qué se refiere. Por supuesto, si resulta que pretende regalármelos, pues mejor.
– ¿Y si resulta que no pretendo regalárselos?
– De todos modos me gustaría saberlo. Por supuesto, eso podría disminuir sus posibilidades de sacarme otro soberano en breve plazo.
La joven esbozó una sonrisa.
– En ese caso, me refería a un hombre con su porte distinguido, su inteligencia imponente, su buena apariencia.
Colin enarcó las cejas.
– ¿Solo buena?
– Por supuesto, he querido decir su imponente apariencia.
– Creía que era mi inteligencia lo que le parecía imponente.
– Al igual que su apariencia.
– Hace dos segundos, mi apariencia le resultaba solo buena.
La muchacha sonrió.
– Pero de una forma imponente.
La mirada de Colin descendió hasta los labios curvados de la joven, y de pronto pareció que no había aire en el carruaje. El deseo de tocarla que llevaba acechándolo toda la noche amenazó con dominarlo. Colin unió las manos para contenerse porque sospechaba que, si cedía, un solo contacto no sería suficiente.
Lord Sutton decidió que su mejor recurso era cambiar de tema.
– Me ha dicho que aceptaba mi oferta de acompañarla a su casa porque deseaba comentar algo conmigo.
La diversión se desvaneció de los ojos de la muchacha, y Colin la echó de menos al instante, aunque habría debido alegrarse de su desaparición pues le resultaba demasiado atractiva y tentadora. Pero, diablos, Alex no era menos atractiva ni tentadora sin ella. Tal vez si le echase un saco sobre la cabeza… pero no, aún podría ver sus voluptuosas curvas. Un saco de cuerpo entero… eso necesitaba. Para cubrirla de pies a cabeza. Y si resultaba que el saco ocultaba su seductor aroma de naranjas, mejor aún.
– Deseaba comentar su tirada.
Aquellas palabras lo arrancaron de su ensimismamiento.
– ¿Ah, sí? ¿Cuál? ¿La de esta tarde, que me ha costado una pequeña fortuna, la de esta noche, que me ha costado una fortuna mayor, o la de mañana, que temo acabe costándome una fortuna mayor aún?
– La de esta noche. Debido a la presencia de lady Newtrebble, no le he dicho todo lo que he visto -explicó Alex, mientras sus dedos enguantados tiraban de los pliegues de su vestido-. Me temo que las cartas revelan las mismas cosas preocupantes que he visto esta tarde, señor. La falsedad, la traición y el engaño. La enfermedad, el peligro y la muerte -acabo, en un susurro.
– Entiendo.
Colin la observó durante unos segundos. Aunque la expresión de Alex no revelaba nada, su actitud era de sincera preocupación. Un escalofrío de desazón recorrió la espalda del hombre. Su intuición llevaba un tiempo diciéndole que se enfrentaba a las mismas cosas que la joven había visto en las cartas. ¿Podía haber alguna verdad en aquello, o era solo un truco de salón y una coincidencia?
Colin sacudió la cabeza. Demonios, estaba dejándose llevar por la imaginación. Aquella mujer era lista, y él había hecho mal en subestimarla. Si le predecía un futuro de color rosa, sus sesiones llegarían a su fin. Al predecir cosas terribles, sin duda esperaba mantenerlo interesado, lo suficiente para continuar pagando sus escandalosas tarifas.
– Dado que estamos de acuerdo en que las mujeres dicen una cosa y quieren decir otra, ¿debo interpretar que «falsedad, traición y engaño» significa en realidad que voy a recibir grandes sumas de dinero y a encontrar a la mujer de mis sueños?