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Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:

Cuando Allie descubre que su marido, muerto en un duelo, había sido un criminal, resuelve intentar reparar los daños que ha causado. Su empeño la lleva de América Inglaterra, donde la esperan extraños accidentes y un romance inesperado…
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
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Demonios, quería devorarla. Lo invadió una desesperación abrasadora, distinta de todo lo que había experimentado en su vida, forzándolo a reprimir el impulso irrefrenable de levantarle las faldas sin más ceremonias y enterrarse dentro de ella; una reacción humillante y confusa, porque siempre había dominado sus acciones y reacciones. Además, se consideraba un hombre de cierta finura. Sin embargo, con un solo beso la joven lo había despojado de su control, dejándolo casi tembloroso, ardiendo con un deseo y una lujuria desconocidos para él que no estaba seguro de poder contener durante mucho tiempo.

No obstante, no podía detenerse… aún. No mientras sus dedos siguiesen explorando la seda de su cabello. No mientras la piel de la joven emanase aquel cautivador aroma de naranjas. No mientras su boca tentadora encajase con tanta perfección contra la suya.

Más cerca… Diablos, la necesitaba más cerca. En aquel momento. Sin interrumpir el beso, la tomó en brazos y la depositó sobre sus rodillas. Un profundo gemido vibró en la garganta de Colin cuando las curvas de la muchacha se aposentaron contra él, con la cadera presionando contra su erección. Abrió las piernas con la esperanza de aliviar el palpitante dolor, pero el movimiento solo sirvió para inflamarle más.

Desapareció todo concepto del tiempo y del espacio, dejando a su paso solo ardiente deseo y desesperada necesidad. Sin pensar, le arrancó las horquillas del cabello y las dejó caer con descuido en el suelo del carruaje. Pasó los dedos a través de las largas madejas de seda, liberando el leve aroma de naranjas cuando los mechones cayeron sobre la espalda y los hombros de la muchacha para envolverles en una nube sedosa de fragantes rizos.

Alex gimió y cambió de posición. Su cadera se deslizó contra la tensa erección de Colin, y otro gemido se alzó en la garganta de este. Diablos. Le parecía estar desmontándose, a un ritmo frenético que cobraba impulso con cada segundo que pasaba.

Una vocecita razonable se abrió paso a través de la niebla de deseo que lo devoraba, advirtiéndole que se lo tomase con calma, que pusiera fin a aquella locura, pero él apartó la advertencia de su mente y bajó una mano por la espalda de Alex hasta llegar a sus nalgas, apretándola con mayor firmeza contra él, mientras con la otra mano exploraba la piel satinada de su cuello. Sus dedos rozaron el delicado declive y luego descendieron para explorar la redondez de sus senos en el punto en que se encontraban con la tela del vestido. Suave… Ella era increíblemente suave. Y, demonios, él estaba tan increíblemente duro, y la deseaba tanto…

El carruaje se detuvo con una sacudida, arrancándolo de la nube sensual que llenaba su mente. Colin levantó despacio la cabeza, la miró y contuvo un gemido. La muchacha tenía los ojos cerrados, y de sus labios separados, húmedos e hinchados por el beso, salía el aire entre jadeos. Con el cabello en desorden por culpa de sus manos impacientes, parecía descontrolada, excitada y más deseable que cualquier mujer que hubiese visto jamás. La mirada de Colin descendió un poco más y se quedó clavada en la visión de su propia mano apoyada en el pecho de ella. Abrió los dedos despacio, cautivado por lo oscura y áspera que resultaba su piel contra la pálida delicadeza de la de Alex. El corazón de la joven latía fuerte y frenético contra su palma, a un ritmo que coincidía con el suyo.

La mirada de Colin erró de nuevo hasta su rostro, recorriendo todos aquellos rasgos imperfectos que resultaban tan… perfectos. Incapaz de refrenarse, dejó que sus dedos temblorosos siguieran el mismo camino que su mirada, rozando el mentón, las suaves mejillas y la breve pendiente de la nariz, para acabar dibujando la atractiva forma de la boca. Los párpados de Alex se abrieron, y Colin se encontró mirándola a los ojos aturdidos.

El deseo lo arponeó con fuerza, junto a otro sentimiento que parecía posesividad. Algo que susurraba en su mente «esta mujer me pertenece». Alex levantó la mano que tenía apoyada en el pecho de él y despacio, con gesto vacilante, le pasó las puntas de los dedos por la frente, apartándole un mechón de pelo. Ante aquel sencillo ademán, combinado con la mirada de asombro que brillaba en sus ojos, el corazón de Colin dio un vuelco.

Tomó su mano y le dio un breve beso en la palma enguantada.

– Hemos llegado.

Alex parpadeó varias veces y luego, como si le hubiesen arrojado un jarro de agua fría, se enderezó de golpe mientras el pánico llenaba sus ojos.

– ¡Madre mía! Yo… Oh, ¿qué he hecho?

La joven se apartó de él y se llevó las manos a los cabellos, que le caían sobre los hombros. Empezó a buscar sus horquillas con gesto frenético, y Colin la agarró de las manos.

– Cálmate -dijo con suavidad-. Te ayudaré a recoger las horquillas.

Pero, antes de que pudiese hacerlo, ella apartó las manos como si quemasen y agarró su bolso.

– Tengo que irme -dijo, alargando el brazo para abrir la puerta.

– Espera -dijo Colin, sujetándole la mano.

Alex se volvió hacia él con los ojos llenos de angustia y una inconfundible expresión de enojo. Colin no supo si aquel enojo se dirigía hacia sí misma, hacia él o hacia ambos.

– ¿Qué espere? ¿A qué debo esperar, señor? ¿A poder avergonzarme todavía más?

– No has hecho nada de lo que avergonzarte.

Un sonido de amargura cruzó sus labios.

– ¿No lo he hecho? ¿No lo hemos hecho ambos?

– No veo por qué.

Alex levantó la barbilla.

– ¿Tiene usted la costumbre de besar apasionadamente a mujeres casadas?

– No. Nunca he besado a una mujer casada.

Su mirada exploró la de ella, deseando con todas sus fuerzas que le dijese que seguía sin haberlo hecho.

– ¿Tienes tú la costumbre de besar apasionadamente a otros hombres? -añadió, en vista de que la muchacha permanecía en silencio.

Alex lo miró desolada, y luego su mirada se endureció.

– No. Yo… nunca lo he hecho. No sé qué me ha pasado. Solo sé que no volverá a suceder, no puede volver a suceder. Le pido mis más sinceras disculpas. Pienso olvidar que ha ocurrido y le sugiero que haga lo mismo.

Sin más, la muchacha abrió de un tirón la puerta del carruaje y salió como alma que lleva el diablo. Como la noche anterior, Colin esperó a que volviese la esquina y luego abandonó el carruaje. Dio instrucciones a su cochero para que volviese a casa y la siguió por las calles oscuras. Su rostro reflejaba el dolor que sentía en el muslo al seguir el ritmo rápido de ella. Tras asegurarse de que llegaba a su edificio, permaneció entre las sombras, observando la ventana de la tercera habitación del segundo piso. Al cabo de menos de un minuto vio el resplandor de una vela y supo que estaba sana y salva.

Se quedó allí varios minutos más y, cuando se disponía a marcharse, intuyó que lo observaban. Colin sacó el cuchillo de la bota. Palpando la hoja, recorrió la zona con la mirada, pero no vio nada fuera de lo común. La sensación se desvaneció y su instinto le dijo que quien le contemplaba en silencio, fuera quien fuese, se había ido. Sin dejar de palpar la hoja, con los sentidos afilados, se dirigió deprisa a su casa.

Llegó a su mansión sin novedad, y tan pronto como cerró a sus espaldas se apoyó contra la puerta de roble y se frotó el muslo dolorido mientras las palabras de la muchacha resonaban en sus oídos: «Pienso olvidar que ha ocurrido y le sugiero que haga lo mismo… no volverá a suceder, no puede volver a suceder».

Él no era un echador de cartas, pero sabía que la joven se equivocaba. Ella no olvidaría aquel beso, ni él tampoco. Demonios, ahora sabía qué se sentía al ser alcanzado por un rayo. El sabor y el contacto de ella estaba grabado de forma permanente en su mente, al igual que su respuesta hacia él. Y, por imprudente que pudiera resultar, sin duda volvería a ocurrir.

Ya se encargaría él de eso.

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