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Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:

Cuando Allie descubre que su marido, muerto en un duelo, había sido un criminal, resuelve intentar reparar los daños que ha causado. Su empeño la lleva de América Inglaterra, donde la esperan extraños accidentes y un romance inesperado…
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
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– Cualquiera diría que me has echado de menos.

En un abrir y cerrar de ojos regresó la vieja camaradería entre ellos, como si solo hubiesen transcurrido siete minutos y no siete meses desde la última vez que se vieron.

Nathan se encogió de hombros.

– Puede que un poco.

– Se te ve feliz -dijo Colin.

– Lo soy, y toda la culpa es de Victoria.

– Es evidente que te sienta bien la vida de casado.

Los ojos de Nathan mostraron una expresión que Colin solo pudo calificar de embobada. Sintió una mezcla de felicidad y envidia hacia su hermano que le produjo un nudo en el estómago.

– Muy bien -convino Nathan, mientras dedicaba a Colin una mirada de evaluación que hizo que este se sintiese como uno de los pacientes de su hermano-. En cambio, tú pareces… cansado.

– Vaya, gracias -dijo en tono seco-. Tal vez porque dormía a pierna suelta hace solo medio minuto.

Un aroma familiar llamó su atención, y Colin husmeó el aire mientras su estómago rugía en respuesta. Miró la mesa ovalada de cerezo situada junto a la ventana, donde había estado Nathan, y observó la taza y el plato de porcelana.

– Te he traído una taza de chocolate y un plato de galletas -dijo Nathan, siguiendo su mirada.

Colin se acercó a la mesa y miró el interior de la taza, que solo contenía los posos de una bebida oscura, y luego la media docena de migas que salpicaban el plato azul marino de porcelana de Sèvres. Diablos. Algunas cosas nunca cambiaban entre hermanos.

– Eso veo. Te daría las gracias si hubieras conseguido guardarme un poco.

– Habrías podido tenerlo todo de haber estado despierto -dijo Nathan con una sonrisa nada arrepentida, antes de coger entre los dedos una de las pequeñas migas y metérsela en la boca-. No olvides ese famoso refrán que nos enseñó la cocinera cuando éramos niños: Oveja que duerme bocado que pierde.

– Eso parece -murmuró Colin en tono sombrío-. Eso me hace esperar con ilusión la próxima vez que eches una siesta. Te sugiero que duermas con un ojo abierto.

Nathan murmuró algo que no sonó muy halagador.

– Como no dabas señales de despertarte, y el chocolate se estaba enfriando, me he sentido en la obligación de asegurarme que el duro trabajo de la cocinera no cayese en saco roto -dijo-. Ya sabes lo responsable que soy.

– Sí, para ti todo son obligaciones.

– Y, por supuesto, no se puede disfrutar como es debido del chocolate sin mojar galletas, que, por cierto, acababan de salir del horno. -Nathan se pasó la mano por el estómago-. Estaban deliciosas de verdad. Quería guardarte la última, pero te alegrará saber que se la he dado a C. B.

– ¿Y por qué debería alegrarme saber eso?

– Porque las galletas son lo único que le ha impedido mordisquear tu otra bota.

– Excelente, porque una sola bota sin mordisquear me resulta muy útil. ¿Cómo es que no se te ocurrió darle la galleta antes de que se comiese la primera bota?

– Estaba ocupado.

– ¿Ah, sí? ¿Qué hacías, aparte de beberte mi chocolate y comerte mis galletas?

– Escucharte -dijo Nathan sonriendo-. ¿Quién es Alexandra?

Colin se tensó por dentro, pero después de unos años de práctica no le resultaba difícil mantener una expresión impasible.

– No tengo ni idea.

Y era cierto. En realidad no sabía quién era. Todavía.

Nathan enarcó una ceja.

– Seguro que sí, porque te ha inspirado un gemido muy lujurioso. Alexaaandraaa -susurró con voz de falsete, parpadeando y llevándose las manos al pecho en un gesto dramático.

Dios, ¿de verdad creyó haber echado de menos a aquel hermano menor tan irritante?

– Estoy seguro de que solo estaba roncando -dijo en tono glacial-, o tal vez el ruido procediese de tu perro, que estaba destrozando mi bota.

C. B. resopló desde la cama, sobre cuya colcha se hallaba reclinado en toda su enorme gloria canina. Relamiéndose, miró a Colin a los ojos, y este hubo de reprimir una sonrisa. Luego suspiró. Aquel perro era un peligro para los zapatos, Pero no se podía negar que era un encanto. Aunque nunca lo reconocería ante Nathan. Ni hablar. Si lo hiciese, le encajaría una docena de cachorros mordedores de botas.

– No, eras tú -insistió Nathan-. Puede que no roncases, pero desde luego estabas muerto para el mundo. ¿Te acostaste tarde?

– Lo cierto es que sí.

– ¿Por Alexandra?

Una imagen de ella excitada y recién besada atravesó su mente, dejando un rastro de calor a su paso.

– No sé de qué hablas -dijo mientras se acercaba a grandes zancadas a su lavabo para eliminar el saludo de C. B. y escapar a las dotes de observación de Nathan-. ¿Dónde está Victoria? -preguntó, cogiendo la toalla del toallero de latón y mirando la puerta con intención-. Seguro que tu esposa echa de menos tu compañía, y también la de tu perro.

– En absoluto -dijo Nathan en tono despreocupado, ignorando la indirecta-. Victoria ha ido de compras a Bond Street con su padre a remolque, mientras sacan brillo a su casa en preparación de la fiesta que va a organizar. Tal como mencionaba en mi nota, Victoria tiene previsto ayudarle, hacer de anfitriona. A estas horas deben de haber visitado todas y cada una de las sombrererías y joyerías de Bond Street -añadió, estremeciéndose con una mueca-. Mejor él que yo. Incluso ver cómo roncas es preferible a ir de tiendas. Y ahora que por fin estás despierto, ardo en deseos de averiguar qué ha precipitado ese repentino deseo de tener esposa, una búsqueda, por cierto, en la que Victoria está decidida a ayudar.

Colin se encogió de hombros.

– Yo no lo llamaría repentino. Llevo toda la vida sabiendo que es mi obligación casarme y engendrar a un heredero. Pensaba que tú te alegrarías más que nadie de que por fin me ponga manos a la obra.

– Y así es. Ya es hora de que decidas sentar la cabeza y engendrar a esos herederos que garanticen que el puñetero título no recaiga sobre mí en caso de que estires la pata antes de tiempo.

Sí, y por desgracia eso me dice el instinto que pasara, pensó Colin. Nathan bromeaba, por supuesto, pero sin querer había puesto el dedo en la llaga, algo para lo que poseía mucha habilidad. Colin consideró por un instante la posibilidad de sincerarse con Nathan, pero descartó la idea porque no le pareció un buen momento. Aunque tenía toda la intención de comentar sus preocupaciones con Nathan -que comprendería mejor que nadie la necesidad de escuchar a la intuición-, aquel no era el momento ni el lugar, sobre todo porque había dormido demasiado y ahora tenía prisa.

– Supongo que siento curiosidad por saber qué te ha empujado por fin a mover el trasero -dijo Nathan-. ¿Por qué ahora?

– ¿Y por qué no?

– Respondes una pregunta con otra pregunta.

– Uno de tus propios hábitos molestos, si mal no recuerdo.

– Además, tratas de cambiar de tema. Así que volveré a preguntártelo: ¿Por qué ahora? -Nathan lo miró a los ojos-. ¿Estás bien?

Colin se pasó una mano por el pelo con gesto impaciente.

– Estoy perfectamente. Mi decisión ha sido impulsada en parte por ti.

– ¿Por mí?

– Sí. Por ti y por nuestro padre, ambos disfrutando de la felicidad marital. Eso ha hecho que me diese cuenta de que voy siendo mayor y ya es hora de cumplir con mi deber.

– Entiendo. Entonces ¿has escogido ya a tu prometida?

– Imposible. Llegué a Londres hace solo unos días.

– Tiempo más que suficiente para reducir al menos la lista de candidatas a un número manejable. ¿Alguna dama en particular que destaque en tu mente?

Otra imagen de ojos de color chocolate y brillante cabello oscuro surgió en su mente.

– Hay varias posibles candidatas -dijo en tono vago-. Por la noche tendré más oportunidades, porque asistiré a la fiesta de lord y lady Ralstrom.

– Victoria y yo también.

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