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Enamorado de Gracie

Электронная книга - «Enamorado de Gracie». Краткое содержание книги:

A los catorce años, Gracie se había enamorado de chico mayor que ella, Riley. Tan grandes habían sido las locuras que había hecho para atraer su atención que ni siquiera después de tantos años la gente del pueblo de Los Lobos la dejaba olvidarse de su enamoramiento de adolescencia.
¿Y cómo podría olvidarlo si a cada momento se encontraba con Riley? El que en otro tiempo había sido el chico rebelde del pueblo había regresado buscando el respeto de los demás, pero las chispas que saltaban cada vez que se veían eran demasiado salvajes. Gracie había decidido guardar las distancias, pero cuando alguien se empeñó en arruinar la reputación de ambos, descubrieron que, a veces, el primer amor mejoraba con los años…
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– Eres muy bienvenida, siempre que prometas votarme.

– No estoy empadronada aquí.

– Eso lo podríamos cambiar.

Gracie era muy consciente de que varias personas estaban escuchando la conversación. Sabía que, sin duda, irían a informar a su madre. No le importaba.

– Me ha gustado lo que has dicho. Tienes razón en eso de que los habitantes deben definir lo que será Los Lobos en vez de dejar que lo hagan los turistas.

– Gracias

Trató de imaginarse lo que Riley estaba pensando, pero no pudo. Se excusó y se marchó. Entonces, se encontró con Zeke.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó él.

– Escuchando a tu candidato.

– Estás causando demasiada expectación -comentó Zeke mirando a su alrededor-. Probablemente deberías marcharte para que la gente se concentre en Riley y en la campaña más que en tu legendario pasado

Gracie permitió que Zeke la acompañara al aparcamiento. Antes de entrar en el coche, ella no pudo evitar abordar el problema de Alexis.

– ¿Por qué no le dices a mi hermana lo que estás haciendo? Está volviendo loco a todo el mundo y supongo que sobre todo a ti.

– No estoy haciendo nada malo.

– Pero estás haciendo algo.

– ¿Por qué es esto asunto tuyo?

– Porque tu esposa no hace más que llevarme y traerme por la ciudad siguiéndote sólo porque quiere saber qué es lo que estás haciendo.

– Muy bien. Tienes razón. Mira… No estoy haciendo nada malo. Ni la estoy engañando ni gastándome el dinero ni nada por el estilo. Te juro que sólo necesito un poco más de tiempo. Se lo diré muy pronto. Tu hermana está muy nerviosa. Yo no voy a decir que no haya estado comportándome de un modo extraño durante las última semanas, pero, antes, si tardaba cinco minutos más en el supermercado, estaba convencida de que me había fugado con la cajera.

– ¿Esa preocupación es culpa de ella o tuya?

– No lo sé. Sinceramente, amo a tu hermana más que a nada. Está loca, pero también es una mujer dulce, cariñosa y divertida. Ya lo sabes.

Aquellas palabras hicieron que Gracie se sintiera muy incómoda. No sabía cómo era Alexis.

– Bueno, ahora tengo que regresar para ocuparme de mi candidato. Gracias -dijo, tras darle un beso en la mejilla.

Gracie no estaba segura de por qué le estaba dando Zeke las gracias. Lo miró fijamente, mientras pensaba en todo lo que había dicho sobre su hermana.

Seguía teniendo la sensación de haber perdido a su familia, pero, por primera vez, consideró que, aunque se la había obligado a marcharse, ella no había regresado por deseo propio. Podría haber regresado si hubiera querido. Se había sentido rechazada por su familia, pero no se había tomado muchas molestias por recuperarlos. Era algo a tener en cuenta.

A la mañana siguiente, Gracie recogió ingredientes y moldes y se dirigió al hotel de Pam. Como cuando vio por primera vez la cocina, el corazón pareció echarle alas. Los hornos impecables, las interminables encimeras y las enormes ventanas le provocaron esa reacción.

Empezó a preparar el primer pastel y fue llenando los moldes. Entonces, los metió en el horno. Mientras ponía el tiempo de cocción, oyó que llegaba otro coche. Se asomó por la ventana y comprobó que se trataba de Pam. Como no podía escapar, decidió sonreír y esperar lo mejor.

– Hola -le dijo alegremente cuando Pam entró en la cocina-. ¿Cómo te va?

– Genial -respondió ella dejando varios muestrarios de papel pintado sobre la encimera-. Ahora estoy decorando las habitaciones, que es lo más divertido. Ayer pasé por delante del instituto. Había mucha gente esperando para escuchar el discurso de Riley.

– ¿De verdad? -comentó Gracie, fingiendo que no había estado allí-. ¿Va bien su campaña?

– Eso espero -afirmó Pam. Gracie trató de no reaccionar, pero la sorpresa debió de habérsele dibujado en el rostro porque Pam sonrió-. Lo digo en serio. De lo nuestro hace muchos años. Yo era joven y tonta y no le guardo ningún rencor. Además, Franklin Yardley me pone el pelo de punta. Acababa de ser elegido alcalde cuando yo me gradué en el instituto. Vino a dar un premio. Te juro que me dio una palmadita en el trasero cuando me lo entregó.

Gracie recordó que Jill le había contado algo muy parecido.

– ¿De verdad? Le hizo lo mismo a una amiga mía. Ella se quedó completamente planchada.

– No me extraña. Es asqueroso. A mí me habría gustado contarlo, pero me pareció que nadie me creería. Por lo tanto, mi voto va para Riley.

Pam parecía sincera. Gracie quería creerla, pero no podía hacerlo.

– No te volviste a casar.

– En realidad, prefiero estar soltera. En estos momentos estoy viendo a un hombre. Él vive en Santa Bárbara, lo que resulta perfecto. Estamos lo bastante cerca como para vernos a menudo, pero no lo tengo delante de las narices todo el tiempo. Me gusta. Llevo sola tanto tiempo que no creo que pudiera acostumbrarme a vivir con un hombre. ¿Y tú?

Gracie estaba más que dispuesta a acostumbrarse, pero el único que le hacía sentir chispas no estaba interesado en ella. Además, era el último hombre sobre la faz de la tierra con el que debería estar. Tenían objetivos muy diferentes. Tal vez Riley la encontrara atractiva y besara estupendamente, pero Gracie sabía que no era de los que sentaban la cabeza.

– Lo siento -dijo, al notar que Pam la estaba mirando muy fijamente-. ¿Qué me has preguntado?

Pam se echó a reír.

– No importa. Veo que estás distraída. Recogeré mis cosas y te dejaré en paz.

Pam recogió los muestrarios y se marchó de la cocina. Gracie se la quedó mirando muy fijamente mientras salía y se preguntó si no se habría equivocado a la hora de juzgar a Pam.

Capítulo 10

A primeras horas de la tarde, Riley estaba fuera. Había cancelado sus dos últimas reuniones con la intención de irse a dar un paseo en coche. Sin embargo, en vez de dirigirse a la costa o incluso a Los Ángeles, se había encontrado aparcado frente a la casa que Gracie tenía alquilada.

Sabía que ella estaba dentro porqué su coche estaba frente a la casa. Además, se oía música.

De pie al lado del coche, Riley pensó que había más de una docena de lugares en los que podría estar y un puñado en los que debería estar. La casa de Gracie no estaba dentro de ninguna de las dos categorías. Ella no podía ocasionarle más que problemas, pero le gustaba. Disfrutaba con su compañía y, en aquellos momentos, deseaba estar con ella en todos los sentidos de la palabra.

Se dijo que sólo quería hablar, que ella no era su tipo. Siempre había tenido mucho cuidado a la hora de elegir las mujeres con la estaba. Mujeres de usar y tirar. Gracie no era así.

Si hubiera tenido un poco de sentido común, se habría marchado. En vez de eso, se acercó a la puerta y llamó.

– Un momento -dijo ella desde el interior de la casa.

A los pocos segundos, abrió la puerta con la mejilla manchada y un paño en la mano. Llevaba el cabello recogido en una coleta. La camiseta enfatizaba sus curvas mientras que los pantalones le quedaban algo caídos. Estaba descalza e iba sin maquillar, pero Riley la deseaba con una desesperación que le impedía hablar.

– Gracias a Dios que no eres mi madre ni una de mis hermanas -comentó Gracie, con una sonrisa-. En estos momentos estoy harta de mi familia. Ni siquiera puedo decirte las cuarenta y siete maneras en las que me están volviendo loca. Entra. Tengo un pastel en el horno y tengo que darle la vuelta cada diez minutos para que se me haga uniformemente. Podría haber regresado al hotel, pero estuve allí antes. Me sorprendió tanto que ella se mostrara tan amable que tuve que marcharme. ¿Qué quieres? -le preguntó. Cerró la puerta y se dirigió a la cocina.

El movimiento de sus caderas era una tortura para Riley. Quería abrazarla y poseerla allí mismo en el recibidor. Quería quitarle la goma del cabello, arrancarle la ropa y tenerla encima, húmeda y lista, jadeando su nombre y suplicándole que le diera más.

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