El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
– ¿Qué cree que pasó, señor Castells? -preguntó en voz baja.
Se tomó su tiempo para responder. Como si arrancar las palabras fuera un esfuerzo.
– Pudo caerse. No se lo niego. Pero en los accidentes hay a veces un componente de desidia, de indiferencia.
Héctor asintió.
– No creo que Marc tuviera arrestos ni motivos para suicidarse, si es eso lo que está pensando. Y lo que parece temer Joana, aunque no lo diga. En cambio, creo que era lo bastante inconsciente, lo bastante irreflexivo, como para hacer una tontería. Por el simple hecho de hacerla. Para impresionar a esa niña o sentirse más hombre. O simplemente porque le daba igual. Tienen casi veinte años y siguen jugando como si fueran niños, como si no hubiera límites. Nada importa, todo está bien, piensa en ti mismo; ése es el mensaje que les hemos transmitido. O que hemos permitido que les inculquen.
– Entiendo lo que quiere decir, pero al parecer Marc había vuelto de Dublín más adulto… ¿o no?
Castells asintió.
– Eso creí yo también. Parecía haber madurado. Tener un objetivo claro en la vida. O al menos eso decía. Yo ya había aprendido a que con él había que esperar a ver hechos, no palabras.
– ¿Mentía?
– De una forma distinta a la de muchos, pero sí. Por ejemplo, la expulsión del colegio, esa historia del vídeo colgado en internet.
– ¿Sí?
– Al principio pensé que era una muestra más de la falta de respeto que impera ahora; la falta de sensibilidad, de pudor incluso. Por ambas partes: la del chico que se masturba en un lugar público y la del que lo graba y lo comparte con el mundo entero. Asqueroso de principio a fin.
Aunque veía diferencias cualitativas entre ambas conductas, Salgado no dijo nada y esperó; Castells no había terminado.
– Sin embargo, una vez pasado todo, cuando el asunto ya parecía olvidado, un día Marc vino a verme aquí, al despacho. Se sentó en esa misma silla donde está usted ahora y me preguntó cómo había podido creerle capaz de algo así.
– El mismo lo había confesado.
– Eso le dije. -Sonrió con amargura-. Pero insistió, casi con lágrimas en los ojos. «¿De verdad crees que lo hice?», me preguntó. Y no supe qué responderle. Cuando se fue lo estuve pensando. Y lo peor es que no llegué a ninguna conclusión.
Mire, inspector; no le he engañado respecto a Marc. Era perezoso, apático, consentido. Pero a la vez, por todo eso, a veces pienso que era incapaz de cometer un acto tan cruel. Podía haberse burlado de ese chico, mejor dicho, haber permitido que se burlaran de él, pero creo que nunca habría humillado a alguien a sangre fría. Eso no era propio de él.
– ¿Quiere decir que cargó con la culpa de otro?
– Algo así. No me pregunte por qué. Intenté hablar con él, pero se cerró en banda. Y, ¿sabe una cosa? Mientras lo enterrábamos, me maldije una y otra vez por no haberle dado la satisfacción de decirle que no, que en realidad no le creía capaz de haber cometido un acto tan deshonroso.
Se produjo un silencio que Héctor respetó; podía no estar de acuerdo con ese hombre, pero una parte de él lo comprendía. Para Enric Castells todo en la vida tenía un responsable, y se había adjudicado el papel de culpable en el accidente de su hijo. Por eso rechazaba todo tipo de investigaciones; para él no tenían ningún sentido.
– ¿Sabe una cosa, inspector? -prosiguió Castells, en voz más baja-. Cuando recibimos la llamada el día de San Juan a primera hora de la mañana, supe que había pasado algo terrible. Creo que es lo que todos los padres tememos: una llamada en plena noche que te parte la vida en dos. Y de un modo u otro había estado esperando que eso sucediera, rezando para que no pasara. -Héctor apenas podía oírle entonces, pero súbitamente su interlocutor volvió a su tono normal-. Ahora tengo que decidir qué hacer con esta nueva mitad de mi vida. Tengo una esposa maravillosa y una hija a la que debo cuidar y proteger. Así que es momento de replantearse muchas cosas.
– ¿Va a entrar en política? -preguntó Salgado, recordando lo que Savall le había dicho.
– Es posible. No me gusta este mundo en el que vivimos, inspector. La gente puede considerar que ciertos valores son caducos, pero lo cierto es que no hemos logrado sustituirlos por otros. Tal vez no sean tan malos al fin y al cabo. ¿Es usted religioso?
– Me temo que no. Aunque ya sabe lo que dicen: «En las trincheras no hay ateos».
– Es una buena frase. Muy descriptiva. Los ateos piensan que no dudamos, que la fe es como un yelmo que no nos deja ver más allá. Se engañan. Pero es en momentos como éste cuando las creencias religiosas cobran su verdadero sentido, cuando uno siente que existe una tabla a la que aferrarse para seguir nadando en lugar de rendirse y dejarse llevar por la corriente. Eso sería lo más fácil. Pero no espero que lo entienda.
La última frase llevaba consigo un matiz despectivo que Héctor prefirió pasar por alto. No tenía la menor intención de discutir sobre religión con un creyente convencido que acababa de perder a su hijo. Castells esperó unos instantes y, al ver que el inspector no añadía nada, cambió de tercio.
– ¿Puede decirme por qué quiere llevarse las pertenencias de Marc? ¿Hay algo en ellas que pueda serles útil?
– Sinceramente, no lo sé, señor Castells. -Se extendió un poco más en el detalle de la camiseta manchada y sus sospechas de que esa noche algo había pasado entre los chicos. No quería darle mucha importancia, pero al mismo tiempo sabía que el padre de la víctima tenía derecho a estar informado-. En cuanto al portátil, el móvil y demás objetos… no creo que saquemos nada concluyente, pero nos ayudará a completar la investigación. Son como los diarios de antaño: correos electrónicos, mensajes, llamadas. Dudo que haya nada en ellos que sirva para aclarar lo que pasó, aunque no está de más echarles un vistazo.
– Me temo que poca información van a sacar de su portátil… Apareció roto.
– ¿Roto?
– Sí. Supongo que tal vez se cayó al suelo. La verdad es que no me di cuenta hasta cuatro o cinco días más tarde.
De algún modo, Enric Castells se sintió de repente incómodo, así que se levantó de la silla, dando por terminada la entrevista. Sin embargo, ya en la puerta, se volvió hacia el inspector.
– Llévese las cosas de mi hijo si quiere. Dudo que le aporten alguna respuesta, pero cójalas.
– Se las devolveremos cuanto antes. Le doy mi palabra.
La mirada de Castells llevaba incorporado una leve indignación.
– Son sólo objetos, inspector -dijo fríamente-. De todos modos, le ruego que si necesita algo más se ponga en contacto conmigo en mi despacho. Gloria está muy preocupada por la niña. Natalia es pequeña, pero lo percibe todo; ha estado preguntando por su hermano y es muy difícil explicarle a una cría lo que ha pasado de forma que lo entienda.
Héctor hizo un gesto de asentimiento y le siguió hacia el pasillo. Castells avanzaba, con los hombros rectos y la espalda erguida. Cualquier rastro de debilidad se había esfumado al cruzar la puerta. Volvía a ser el señor de la casa: firme, equilibrado, seguro de sí mismo. Un papel que, Héctor estaba seguro, tenía que resultar agotador.
Mientras tanto, Leire había permanecido sentada en el salón, observando cómo Natalia realizaba dibujo tras dibujo ante la perpetua admiración de su madre. El padre Castells se había ido poco después de que Enric y el inspector se encerraran en el despacho del primero, y ella, una vez confiscada la camiseta manchada, se había sentado en una silla, a esperar a que salieran. Por un momento se imaginó así, encerrada en casa una tarde de verano contemplando los progresos artísticos de un niño o una niña, y la idea la horrorizó. Por enésima vez desde que la noche anterior se hizo la fatídica prueba, trató de imaginarse con un bebé en brazos, pero su cerebro no conseguía formar la imagen. No, las personas como ella no tenían hijos. Eso, y la independencia económica, era la base de su vida, tal y como la concebía. Tal y como le gustaba. Y ahora, sólo por culpa de un descuido, todo su futuro se tambaleaba. Al menos, se dijo con cierta satisfacción, el tipo había merecido la pena… Por desgracia, ése no pertenecía a los chicos del Cola-Cao, y valoraba su libertad tanto como ella. Libertad relativa, pensó, ya que era esclavo de un trabajo que le hacía viajar por todo el continente.