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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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– Mira. -La niña había ido hacia ella y le mostraba su último dibujo, un manchurrón indescifrable para Leire-. Eres tú -aclaró.

– Ah. ¿Y es para mí?

Ahí Natalia dudó, y su madre habló por ella:

– Claro que sí. Se lo regalas, ¿verdad?

Leire extendió la mano, pero la niña no acababa de decidirse a soltar el dibujo.

– No -dijo por fin-. Otro. -Y corrió hacia la mesa en busca de otra de sus obras de arte-. Éste.

– Gracias igualmente. ¿Y qué es? -preguntó Leire, aunque en este caso estaba más claro.

– Una ventana. El tete es malo.

Gloria Vergés fue hacia su hija. Su mirada expresaba una honda preocupación.

– Ahora le ha dado por ahí -susurró dirigiéndose a la agente-. Supongo que tiene la sensación de que es malo porque no está.

– Es malo -repitió Natalia-. Tete malo.

– Ya vale, cariño. -Su madre se agachó y le acarició el cabello, liso y brillante-. ¿Por qué no traes tu muñeca? Estoy segura de que a…

– Leire.

– …a Leire le encantará verla. -Lanzó una sonrisa de disculpa a la agente Castro, y la niña se apresuró a obedecer.

– Lo siento -dijo la agente-. Supongo que está siendo muy complicado para ella. Para todos.

– Es horrible. Y lo peor es que tampoco sabes muy bien cómo explicárselo. Enric es partidario de decirle la verdad, pero yo no puedo…

– ¿Estaba muy unida a su hermano?

Gloria vaciló.

– Me gustaría decirle que sí, pero me temo que la diferencia de edad era demasiado grande. Marc básicamente la ignoraba, y supongo que es normal. Pero, últimamente, desde que regresó de Dublín, parecía tenerle más cariño. Y ahora ella le echa de…

Antes de que pudiera terminar, Natalia entró corriendo. De algún modo, aquel ruido infantil, tan normal en cualquier otra casa donde viviera un crío, resultó extraño. Como si el decorado perfecto se tambaleara.

– Natalia, cielo…

Pero la niña no le hizo el menor caso, y se dirigió a la mesa donde dibujaba para recoger los papeles.

– ¡Qué ordenada! -comentó Leire.

– No crea… Ahora los meterá en mi estudio. -Sonrió-. Desde que yo también voy al colé, como ella dice, le encanta dejar sus cosas en mi mesa. Voy a ver qué hace antes de que sea demasiado tarde.

Leire, a quien esa escena de maternidad devota empezaba a resultarle insoportable, decidió levantarse de la silla y esperar al inspector en el coche.

Allí la encontró Héctor, cuando salió cargado con la caja que contenía las pertenencias de Marc. Ajena a su aparición, miraba ensimismada la pantalla del móvil como si éste fuera un cuerpo extraño, algo que acababa de caer en su poder por arte de magia y que le resultaba totalmente indescifrable. Él tuvo que llamar su atención para que le abriera la portezuela trasera. La chica balbuceó una disculpa, innecesaria por otro lado, y se guardó el teléfono en el bolsillo.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó él.

– Claro. Veo que ha conseguido convencer a Castells.

El deseo de cambiar de tema era tan evidente que Héctor no insistió. Miró su propio móvil antes de entrar en el vehículo; tres llamadas perdidas: dos de Andreu y una de su hijo. Por fin. No quería responder a ninguna de ellas delante de Castro, así que decidió ir con ella hasta la plaza Bonanova y luego seguir por su cuenta.

– Lleva todo esto a comisaría. Yo tengo algunas cosas que hacer -dijo mientras subía al vehículo-. Por cierto, el portátil está roto. ¿No lo vieron el día que estuvieron acá?

Leire dudó. Ella había pasado la mayor parte del tiempo abajo, presenciando la retirada del cadáver.

– De hecho -dijo por fin-, no vimos ningún portátil. Estaba el ordenador de sobremesa en la buhardilla y se examinó para ver si Marc había dejado algún mensaje en él, algo que pudiera interpretarse como una nota de suicidio. No había nada. Y en ningún momento nadie comentó que tuviera otro ordenador.

Héctor asintió.

– Pues tenía uno. En su cuarto, supongo. -No dijo nada más, y la idea de que no se había hecho un trabajo concienzudo quedó flotando en el interior del coche. El inspector se dio cuenta de ello, así que antes de bajar, comentó-: Tampoco creo que nos aporte nada. Lo más probable sigue siendo que el chico se cayera accidentalmente. Analicemos la camiseta y veamos qué sale de ahí. Ah, y cuando sepamos algo, tendríamos que hablar con el otro chico, ese tal Aleix Rovira. Pero en comisaría. Ya estoy harto de visitar a estos niñatos en sus casas.

– Muy bien. ¿Seguro que quiere que le deje aquí?

– Sí, aprovecharé para hacer unos recados -mintió él. Y teniendo en cuenta que ya eran casi las nueve, era obvio que pocos recados podían hacerse-. Te veo mañana. -Iba a preguntarle de nuevo si se encontraba bien, pero se calló; los asuntos de Castro no eran cosa suya-. Buenas noches.

El coche se alejó, y Héctor tardó unos segundos en sacar el móvil de nuevo y devolver las llamadas de Martina Andreu. Ella contestó enseguida, aunque la conversación fue breve, marca de la casa de la subinspectora. No había nada nuevo sobre la desaparición de Ornar, aunque sí sobre la cabeza de cerdo, que al parecer había sido entregada por una carnicería cercana, que solía servirle vísceras para sus trucos siniestros. En cuanto al falso doctor, parecía haberse esfumado de la faz de la tierra y dejado sólo un rastro de sangre. Sí, no habían llegado aún los resultados, pero lo más probable era que fuera suya. Una huida precipitada o un ajuste de cuentas de alguien que se había llevado todos sus papeles, y había dejado únicamente una parte del expediente de Salgado. Lo cual, la verdad, resultaba bastante extraño. Andreu se despidió bruscamente y Héctor llamó de inmediato a su hijo, quien, para no perder la costumbre, no respondió al móvil. Necesitaba hablar con él, pensó Héctor. Después de todo un día con padres de adolescentes mimados, quería oír la voz de Guillermo, asegurarse de que todo iba bien. Le dejó un nuevo mensaje y, tras haberlo hecho, se encontró en pleno paseo Bonanova sin nada que hacer y decidió caminar un rato.

Hacía tiempo que no pisaba esa parte de la ciudad, y al verla de nuevo se asombró al comprobar lo poco que había cambiado. Más o menos todos los barrios de Barcelona habían cambiado en los últimos años, pero era obvio que la zona alta permanecía inmune a la mayoría de ellos. Ni turistas en masa, ni inmigrantes, excepto las que trabajaban limpiando en casas de la zona. Se preguntó si lo mismo sucedía en otras ciudades: la existencia de zonas impermeables, reductos que se protegían de los aires nuevos, no de forma hostil pero sí efectiva. El metro no llegaba a la parte alta de la ciudad, sus habitantes tomaban los ferrocarriles, lo que para ellos era algo distinto. Un destello esnob que a Ruth, por ejemplo, le había costado vencer. Sonrió al recordar lo horrorizados que se habían quedado sus padres cuando su única hija abandonó el tranquilo barrio de Sarria, a pocas manzanas de donde estaba él ahora, y se fue a vivir con un argentino, con un sudaca, primero a Gracia y luego, horror, ahí abajo, cerca del mar. Por mucho que hubieran cambiado tras las olimpiadas, las playas de Barcelona y sus alrededores seguían siendo destinos de cuarta fila para ellos. «Os matará la humedad», había sido el comentario de ambos. Y él sabía a ciencia cierta que su suegra tomaba un taxi cada vez que iba sola a ver a su hija y a su nieto.

Claro que la capacidad de Ruth para escandalizar a su familia no había menguado… Ahora, separada, iniciando una nueva vida con otra mujer, había alquilado un loft no muy lejos de su piso con Héctor, donde, además de vivir, tenía espacio para su estudio. «Así sigues estando cerca de Guillermo», había sido idea de ella, rompiendo los estereotipos de ex mujeres vengativas. Ruth había pedido lo justo, y él se lo había concedido sin dudarlo. En eso, como en todo, habían sido de lo más civilizados.

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