La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Estas palabras fueron suficientes. Charlie qued� impresionada y sorprendida por el poder que ejerc�a sobre Joseph, precisamente en un instante en que cre�a que no ten�a poder alguno sobre �l. Les sirvieron sus bebidas y mientras sorb�a limonada, Joseph pregunt� a Charlie si hab�a visto muchos restos hist�ricos en Grecia. Fue una pregunta de car�cter extremadamente general, y Charlie la contest� con la equivalente indiferencia. Al y ella hab�an estado en Delfos para ver el templo de Apolo, dijo. Esto era cuanto hab�a hecho. Se abstuvo de decir a Joseph que Alastair hab�a cogido una combativa borrachera en el barco, que el viaje hab�a sido un fracaso, y que, despu�s, Charlie hab�a pasado largas horas leyendo gu�as acerca de lo que hab�a visto. Pero Charlie tuvo la aguda intuici�n de que Joseph ya sab�a que as� hab�a sido.
Hasta el momento en que Joseph suscit� el tema del billete de avi�n de Charlie para volver a Inglaterra, �sta no comenz� a sospechar que Joseph albergaba ciertas intenciones t�cticas tras su simple curiosidad. Joseph le pregunt� si pod�a ver el billete en cuesti�n. Despu�s de encoger con indiferencia los hombros, Charlie se lo mostr�. Joseph lo cogi� y estudi� cuidadosamente los particulares del billete. Por fin, Joseph dijo:
-�Bueno, la verdad es que puedes servirte perfectamente de este billete desde Tesal�nica. Oye, �por qu� no dejas que llame a un agente de viajes que es amigo m�o, para que te lo modifique en este sentido? En este caso, podemos hacer el viaje juntos.
Joseph dijo estas palabras cual si fueran la soluci�n que los dos hab�an estado buscando afanosamente.
Charlie nada dijo, absolutamente nada. Tuvo la impresi�n de que, en su fuero interno, cada uno de sus elementos estuviera luchando con todos los dem�s. La ni�a luchaba contra la madre, la fulana luchaba contra la monja. Sent�a que las ropas le produc�an un roce picante, sent�a la espalda ardiendo, pero de todas maneras, nada dijo.
Joseph explic�:
-�Dentro de una semana tengo que estar en Tesal�nica. Podemos alquilar un coche en Atenas, y luego viajar hacia el norte durante un par de d�as. �Te parece?
El silencio de Charlie en modo alguno impresion� a Joseph, quien a�adi�:
-�Si lo planeamos bien, podemos evitar las aglomeraciones, si esto es lo que te preocupa. Y, al llegar a Tesal�nica, puedes coger el avi�n con destino a Londres. Si quieres incluso podemos turnarnos en la conducci�n del autom�vil. Todos me han dicho que conduces muy bien. Como es natural, ser�s mi invitada.
Charlie dijo:
-�Naturalmente.
-�En este caso, �por qu� no lo hacemos?
Charlie pens� en todas las razones que hab�a preparado en vistas a este momento o a otro parecido, y pens� tambi�n en todas las fr�as y desalentadoras frases a las que recurr�a cuando hombres mayores le hac�an proposiciones. Pens� en Alastair, en lo aburrido que era estar con �l en cualquier sitio, salvo en la cama, y en lo aburrido que incluso esto lleg� a ser en los �ltimos tiempos. Pens� en el nuevo cap�tulo de su vida que se hab�a prometido a s� misma. Pens� en el triste per�odo de fregoteos y comidas frugales que le esperaba cuando se encontrase de nuevo en Inglaterra, con todos sus ahorros gastados, per�odo que Joseph le hab�a recordado, ya intencionadamente, ya por casualidad. Una vez m�s, Charlie mir� de soslayo a Joseph, y no vio en su expresi�n rastro de s�plica alguno. S�lo vio un ��Por qu� no?�, y nada m�s. Charlie record� el nervudo y poderoso cuerpo de Joseph, trazando su solitaria estela en el mar. Una vez m�s: ��Por qu� no?� Record� el contacto con su mano, y la extra�a nota de reconocimiento en su voz: �Charlie, mucho gusto.� Y la simp�tica sonrisa que apenas hab�a vuelto a esbozar desde entonces. Y tambi�n record� cu�n a menudo hab�a pensado que, si alguna vez Joseph se lanzaba, las consecuencias ser�an tremendas, lo cual, se dijo Charlie, era lo que la hab�a atra�do hacia Joseph, m�s que cualquier otra cosa.
Mientras beb�a con la cabeza baja, Charlie murmur�.
-�No quiero que mi grupo de amigos se entere. Tendr�s que arregl�rtelas para que as� sea. Se morir�an de risa.
A estas palabras, Joseph repuso que se ir�a el d�a siguiente por la ma�ana y que lo dispondr�a todo:
-�Naturalmente, si quieres que tus amigos no sepan nada�
Charlie dijo que esto era, exactamente, lo que quer�a.
Bueno, pues en este caso, dijo Joseph en un tono de voz igualmente pr�ctica, har�a lo que acababa de decir. Charlie no pudo decidir si Joseph ten�a esa clase de mentalidad o si lo hab�a previsto todo de antemano. De todas maneras, le agradeci� su precisi�n y claridad, aun cuando, luego, Charlie se dio cuenta de que hab�a dado por supuestas estas cualidades.
-�Tus amigos y t� ir�is en barco hasta el Pireo. El barco atraca a �ltima hora de la tarde, aun cuando esta semana probablemente se demorar� por culpa del tr�fico industrial. Poco despu�s de que el barco entre en el puerto, dir�s a tus amigos que quieres ir de viaje sola, vagando a tu antojo, por la pen�nsula, durante unos d�as. S�, ser� una decisi�n tomada repentinamente, una de estas decisiones por las que eres famosa. No se lo digas con anticipaci�n, ya que entonces se pasar�n todo el d�a intentando disuadirte.
Despu�s de un breve silencio, Joseph a�adi� con la autoridad propia de quien est� habituado a ejercerla:
-�No les des demasiadas explicaciones, ya que esto es un claro s�ntoma de no tener la conciencia tranquila.
Antes de que hubiera tenido tiempo de meditar sus palabras, y recordando que Alastair, como de costumbre, hab�a gastado el dinero de los dos, Charlie dijo:
-�Sup�n que no tenga ni un dracma.
Charlie lament� no haberse mordido la lengua. Y si Joseph le hubiera ofrecido dinero en aquellos instantes, Charlie se lo hubiera arrojado a la cara. Pero Joseph pareci� darse cuenta de ello. Joseph dijo:
-��Saben que no tienes ni cinco?
-�Claro que no.
-�En este caso, la historia que vas a contarles es inatacable.
Y como si estas palabras dejaran zanjado el asunto, Joseph se meti� en el bolsillo de su chaqueta el billete de avi�n de Charlie. Esta, bruscamente alarmada, chill�:
-��Eh, dame eso!
Pero fue un chillido en sordina, aunque por poco. Joseph dijo: -Una vez te hayas desembarazado de tus amigos, coge un taxi y ve a la plaza Kolokotroni.
Joseph deletre� el nombre de la plaza, y a�adi�:
-�Te costar� unos doscientos dracmas.
Esper� a ver si este �ltimo gasto pod�a ser un problema, pero result� que no lo era. Charlie ten�a todav�a ochocientos dracmas, aunque no lo dijo a Joseph. Joseph repiti� el nombre de la plaza y comprob� que Charlie se lo hab�a aprendido. Causaba cierto placer someterse a la militar eficiencia de Joseph. Junto a la plaza hab�a un restaurante con terraza. Joseph le dijo el nombre -Di�genes-, y se permiti� un comentario humor�stico: un nombre muy hermoso, uno de los mejores de la historia, y, a su juicio, el mundo necesitaba m�s Di�genes y menos Alejandros. El la esperar�a en el Di�genes. No en la terraza sino en el interior, que era fresco e �ntimo. Repite, Charlie: Di�genes. Con absurda pasividad, Charlie as� lo hizo.
-�Al lado de Di�genes est� el Hotel Par�s. Si por alguna circunstancia imprevista no puedo acudir a tiempo, dejar� una nota en la conserjer�a del Hotel Par�s. Pide por el se�or Larkos. Es un buen amigo m�o. Si necesitas cualquier cosa, dinero o lo que sea, mu�strale esto al se�or Larkos y te proporcionar� lo que le pidas.
Joseph entreg� una tarjeta a Charlie, y a�adi�:
-��Recuerdas todo lo que te he dicho? Naturalmente, no en vano eres actriz. Esto te permite recordar palabras, ademanes, n�meros, colores, todo.
Charlie ley�: �Richthoven Enterprises, Export.� Y, a continuaci�n el n�mero de un apartado de correos, en Viena.
Al pasar ante una tienda de souvenirs, Charlie, que se sent�a maravillosa y peligrosamente viva, compr�, para regal�rselo a su maldita madre, un mantel de labor de punto, y, pensando en su venenoso sobrino Kevin, compr� un gorro griego, con borla. Luego compr� una docena de tarjetas postales, que dirigi� al viejo Ned Quilley, su in�til agente teatral de Londres, en las que escribi� c�micos mensajes, con la intenci�n de avergonzar al agente ante las remilgadas se�oras que trabajaban en su oficina. En una de ellas escribi�: �Ned, Ned, te voy a hacer todos los papeles.� En otra escribi�: �Ned, Ned, �es posible que una mujer ca�da se hunda?� Sin embargo, en otra tarjeta postal escribi� con toda seriedad, y en ella le dec�a que estaba pensando seriamente en demorar su regreso a Inglaterra, con la finalidad de poder visitar con detenimiento la Grecia continental. Haciendo caso omiso de los consejos de Joseph, en el sentido de no hablar o decir demasiado, Charlie explic� a su agente: �Ya es hora de que tu Charlie supere un poco sus niveles culturales, Ned.� Cuando Charlie se dispon�a a cruzar la calle con el fin de echar las postales al buz�n, experiment� la extra�a sensaci�n de estar siendo observada por alguien. Sin embargo, cuando Charlie dio media vuelta sobre s� misma, para mirar hacia atr�s, dici�ndose que probablemente ver�a a Joseph all�, a su espalda, vio �nicamente a aquel muchacho hippy, con el cabello del color del lino, el muchacho a quien le gustaba unirse a la familia de actores con la que Charlie hab�a vivido hasta el momento, y que estuvo presente en las gestiones efectuadas por Alastair para salir de Grecia. El muchacho con el cabello del color del lino caminaba cansinamente detr�s de Charlie, con los brazos ca�dos y adelantados, igual que un gran simio. El muchacho vio a Charlie, y levant� muy despacio el brazo derecho, agitando la mano en un gesto que recordaba la figura de Cristo. Charlie le contest� agitando el brazo, y con una sonrisa en los labios. Llevada por un estado de humor ben�volo, Charlie se dijo que aquel muchacho hab�a emprendido un mal �viaje�, viaje de drogas, y que se encontraba en tal estado que no pod�a regresar al punto de partida. Charlie ech� al buz�n las tarjetas postales, una a una, y, entretanto, pens� que quiz� debiera hacer algo para ayudar al muchacho con el cabello del color del lino.