La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Incluso la nacionalidad de Joseph era un misterio. Por razones que s�lo �l sab�a, Robert afirmaba que era portugu�s. Otro insist�a en que Joseph era un superviviente armenio del genocidio cometido por los turcos; s�, hab�a visto una pel�cula sobre el asunto. Pauly, que era jud�o, aseguraba que Joseph era �Uno de los Nuestros�, pero Pauly ten�a la costumbre de decir esto �ltimo de todo quisque. Por esto, durante cierto tiempo, y con el solo fin de irritar a Pauly, consideraron que Joseph era �rabe.
Pero jam�s preguntaron a Joseph de d�nde era, y cuando intentaron acosarle para que dijera a qu� se dedicaba, Joseph se limitaba a contestar que hab�a viajado mucho, pero que ahora se hab�a asentado. Lo dec�a de tal manera que casi parec�a que se hubiera retirado.
Pauly, siempre m�s valeroso que los otros, le pregunt�:
-��Y cu�l es tu empresa, Joseph? Bueno, quiero decir, �por cuenta de qui�n trabajas?
Con cautela, Joseph contest� que en el fondo no cre�a que realmente tuviera una empresa. Y antes de contestar se toc� pensativamente la visera de la gorra de golf. No, ahora ya no ten�a una empresa. Le�a un poco, negociaba un poco, recientemente hab�a heredado alg�n dinero, y esto le induc�a a pensar que, t�cnicamente hablando, era un trabajador aut�nomo. Si, era un aut�nomo. Esta era la expresi�n correcta.
S�lo Charlie qued� insatisfecha. Se le puso roja la cara y dijo:
-�Somos un par�sito, �verdad Joseph? Leemos, comerciamos, gastamos dinero, y de vez en cuando vamos a una isla griega sexy, para gozar de los correspondientes placeres. �No es eso?
Con una sencilla sonrisa, Joseph asinti� a las palabras de Charlie. Pero Charlie no qued� contenta. Charlie perdi� la compostura y se pas� de rosca:
-��Y se puede saber qu� diablos lees? S�lo pregunto esto. �Y en qu� negocias? Supongo que puedo preguntar, �verdad?
Joseph asinti� silenciosamente, lo cual s�lo sirvi� para provocar todav�a m�s a Charlie. Ocurr�a simplemente que aquel tipo era demasiado veterano para quedar afectado por los sarcasmos de Charlie. Esta pregunt�:
-��Vendes libros? �En qu� clase de bolsillos metes los deditos?
Joseph tard� en contestar. Si, pod�a hacerlo. Sus largos momentos de meditaci�n eran ya populares entre la familia, y se les conoc�a como las �Cautelas de tres minutos de Joseph�. Poniendo �nfasis en la interrogante, Joseph dijo:
-��Meter los dedos? �Meter los dedos? Charlie, ser� muchas cosas, pero no ladr�n.
Acallando las risas de los dem�s, Charlie los interpel�:
-��Es que no veis, imb�ciles, que este hombre no puede estar ah� sentado, sin hacer nada, en un vac�o, y, al mismo tiempo, negociar? �Qu� hace? �Cu�l es su oficio?
Charlie se reclin� desmadejadamente en la silla, y dijo: -�Oh Dios! �Cretinos!
Y Charlie renunci� a seguir luchando, adquiriendo el aspecto de estar agotada y de ser una viejecita, lo cual pod�a conseguir en menos que canta un gallo.
Cuando nadie hab�a acudido todav�a en auxilio de Charlie, Joseph dijo muy amablemente:
-��No crees que es muy aburrido hablar de estas cosas? Yo dir�a que el dinero y el trabajo son las dos cosas que venimos a olvidar a Mikonos, �no crees lo mismo, Charlie?
Con rudeza, Charlie repuso:
-�Lo que yo digo es que esto es m�s aburrido que hablar con un gato.
De repente, algo estall� en la personalidad de Charlie. Se puso en pie, solt� una exclamaci�n entre dientes y, reuniendo las fuerzas precisas para despejar toda incertidumbre, atiz� un pu�etazo a la mesa. Era la misma mesa a la que estaban sentados cuando Joseph apareci� milagrosamente con el pasaporte de Al. Ahora, el mantel de pl�stico resbal�, y una botella vac�a de limonada, que utilizaban para cazar avispas, fue a caer al regazo de Pauly. Charlie solt� una larga cadena de palabrotas, lo cual dej� a todos un poco avergonzados ya que, en presencia de Joseph, moderaban su lenguaje. Charlie acus� a Joseph de ser un saco de hipocres�as y perversiones, de ir a la playa para intentar dominar a unos muchachos a quienes doblaba en edad, y de buena gana le hubiera acusado tambi�n de robar viviendas y tiendas de Nottingham, York y Londres, pero no lo hizo debido a que no estaba muy segura, y tem�a quedar en rid�culo ante sus amigos. Ninguno de los presentes supo con certeza hasta qu� punto Joseph hab�a comprendido las palabras de Charlie. Esta hab�a hablado con voz ahogada y furiosa, y utilizando su acento m�s populachero. Ahora bien, en el rostro de Joseph s�lo vieron la expresi�n propia de estudiar cuidadosamente a Charlie.
Despu�s de su habitual pausa dedicada a meditar, Joseph pregunt�:
-�Bueno, �qu� es lo que quieres saber exactamente, Charlie?
-�Para empezar, �tienes un nombre, supongo?
-�Vosotros me lo disteis. Es Joseph.
-��Cu�l es tu nombre verdadero?
Se form� un triste silencio en todo el restaurante, e incluso aquellos que amaban sin reservas a Charlie, como, por ejemplo, Willy y Pauly, sintieron que su lealtad hacia ella quedaba sometida a una dura prueba. Por fin, como si lo hubiera seleccionado entre una amplia lista, Joseph contest�:
-�Richthoven, lo mismo que el aviador pero con uve. Joseph, como si la idea le gustara, repiti� sonoramente: -Richthoven. -Luego dijo-: �Es que este nombre me convierte de repente en una persona diferente? Y, por otra parte, si soy tan perverso como dices, �a santo de qu� vas a creerme?
-�Y antes de Richthoven, �c�mo te llamas? �Cu�l es tu nombre de pila?
Antes de decidirse, Joseph hizo otra pausa:
-�Peter. Pero me gusta m�s Joseph. �Que d�nde vivo? Vivo en Viena. Pero viajo. �Quieres mis se�as? Si quieres te las dar�, s�, porque desdichadamente no me encontrar�s en el list�n telef�nico.
-��Eres austr�aco?
-�Charlie, por favor� Digamos que soy un ser de razas cruzadas, con or�genes europeos y orientales. �Te basta con esto?
En estos momentos, el grupo ya estaba acudiendo en auxilio de Joseph, murmurando avergonzadamente:
-�Charlie, �por el amor de Dios!� Vamos, vamos, Charlie� No imagines que est�s en la plaza de Trafalgar, ahora�
Pero Charlie ya no pod�a parar. Alarg� el brazo por encima de la mesa y chasc� los dedos debajo de las narices de Joseph. Los chasc� una vez y luego otra, de manera que todos los camareros y todos los clientes de la taberna se fijaron en el espect�culo. Charlie dijo:
-��El pasaporte, por favor! Anda, cruza mi frontera. T� fuiste quien encontr� el pasaporte de Al, pues bien, ahora quiero ver el tuyo. Fecha de nacimiento, color de los ojos, nacionalidad� �D�melo!
Primero, Joseph mir� los dedos extendidos de Charlie, dedos que, en aquella postura, ten�an una fea expresi�n de intromisi�n. Luego, Joseph levant� la vista a la congestionada cara de Charlie, como si quisiera saber a ciencia cierta cu�les eran sus intenciones. Por fin, Joseph sonri�, y esta sonrisa fue para Charlie como una leve y lenta danza sobre la superficie bajo la que se ocultaba un profundo secreto, una sonrisa que tentaba a Charlie con sus presunciones y sus omisiones.
-�Lo siento, Charlie, pero mucho me temo que nosotros, los seres de raza mezclada, tenemos una enraizada renuencia, me atrever�a a decir una renuencia hist�rica, a que nuestra identidad quede definida en papelitos. Tengo la seguridad de que t�, en cuanto a persona progresista, compartes mi sentimiento.
A continuaci�n, cogi� la mano de Charlie, le cerr� cuidadosamente los dedos con la otra mano, y la devolvi� al lado de Charlie.
La semana siguiente, Charlie y Joseph comenzaron su viaje por Grecia. Lo mismo que otras propuestas felices jam�s fue estrictamente formulada. Anteriormente, Charlie se hab�a apartado totalmente de su grupo, y se dedicaba a ir a la ciudad a primera hora de la ma�ana, cuando a�n no hac�a calor, y matar el d�a en dos o tres tabernas, entregada a tomar caf� y a aprenderse de memoria sus parlamentos en Como gust�is, que aquel oto�o iba a representar en el oeste de Inglaterra. Un d�a tuvo la impresi�n de que la estaban observando, alz� la vista y vio a Joseph en la otra parte de la calle, saliendo de la pensi�n en que Charlie hab�a descubierto que viv�a: Richthoven, Peter, habitaci�n 18, solo. M�s tarde, Charlie se dijo a s� misma que fue por pura y simple coincidencia el que ella se sentara en aquella taberna, precisamente en la hora en que Joseph sol�a salir de la pensi�n para ir a la playa. Joseph, al ver a Charlie, se acerc� a ella y se sent� a su lado. Charlie le dijo: